Esto pudiera conducirnos a dos escenarios posibles en el próximo proceso electoral: por un lado, estaríamos ante un fenómeno de depresión social, con apatía de la población, que al no encontrar opciones viables, optaría por la abstención o la anulación del voto

El elector goza del sagrado privilegio de votar por un candidato que eligieron otros.
Ambrose Bierce

Las elecciones para diputados federales, también llamadas elecciones intermedias están a la vuelta de la esquina, cerca muy cerca. Sin embargo se percibe un ambiente ciudadano desencantado, frio, ausente, agobiado por un lado, por los impactos inmisericordes de las llamadas reformas estructurales (laboral, educativa y energética), que nomás no se reflejan en los bolsillos de los trabajadores, los cuales ven día con día la pérdida significativa de su poder adquisitivo. Y por otro lado, estamos aturdidos por las erráticas políticas estatales y municipales que continúan trasladando los costos financieros de la mega-deuda a la ciudadanía coahuilense. Aunado al ascenso de los niveles de inseguridad pública, tanto por las acciones del crimen organizado como por los delitos del orden común. Si a esto le agregamos los altos niveles de desempleo y de subempleo asociado a la falta de inversiones en la región, y a la contracción de la actividad económica regional, francamente nos encontramos con un panorama bastante desolador, donde no se vislumbran salidas positivas en el corto y mediano plazo.

Esto pudiera conducirnos a dos escenarios posibles en el próximo proceso electoral: por un lado, estaríamos ante un fenómeno de depresión social, con apatía de la población, que al no encontrar opciones viables, optaría por la abstención o la anulación del voto, al identificar a los partidos en general, con la permanencia y consolidación del sistema de corrupción, de falsedades, manipulación y de exclusión social. Esto, obviamente favorecería a los partidos grandes, sobre todo al partido oficial, que con el voto duro y su estructura probada en mil batallas, vería favorecida su permanencia y su continuidad con las actuales políticas de austeridad y recesión, en detrimento de los ciudadanos. Pero por otro lado, pudiéramos estar también en un escenario diferente donde pudieran converger las diversas organizaciones de la sociedad civil, las ONG´s, los grupos estudiantiles y sindicales, los partidos progresistas, y los ciudadanos para impulsar políticas y proyectos de interés público, tendientes a incidir en los diferentes ámbitos de representación política para construir opciones de desarrollo alternativas para la región, basadas en el respeto a la dignidad de las personas.

Es decir políticas públicas que promuevan el empleo, la recuperación del poder adquisitivo, la educación, la seguridad pública, el acceso a los servicios de salud de calidad, el derecho a la vivienda digna, el acceso a espacios deportivos y recreativos, y el acceso a la cultura desburocratizada. Pensar en la implementación real de nuevas formas de participación ciudadana, que están pendientes en la agenda nacional y local, como son la revocación de mandato, el plebiscito, la iniciativa popular, las candidaturas ciudadanas sin tantos obstáculos burocráticos, el referéndum, la transparencia, la rendición de cuentas, los presupuestos participativos, la igualdad de género, etc. Pasar del desencanto ciudadano por esta “sui generis” democracia mexicana, a la organización y participación social que rebase los viejos dilemas del abstencionismo, o de la anulación del voto.

Recuperar la esencia de las experiencias de las luchas sociales del pasado inmediato, que permitieron abrir grietas al antiguo régimen semi-autoritario, e iniciaron este proceso inacabado de transición a la democracia, como lo fueron las luchas de los mineros, ferrocarrileros, maestros, médicos, estudiantes, obreros y campesinos. Es indudable que la alternancia política en el año 2000 fue un elemento fundamental en este proceso de transición a la democracia. Sin embargo, sabemos que la democracia va más allá de los procesos electorales, la democracia es un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.

En los regímenes democráticos la legalidad y legitimidad política de los gobiernos se sustenta en principio en el sufragio, es decir en las garantias y derechos de los ciudadanos para votar y ser votados. Por lo cual el sufragio es un derecho constitucional que ejercido a plenitud, y con reglas claras y equitativas permite el fortalecimiento de la democracia. La democracia en teoría es el poder o gobierno del pueblo, desafortunadamente en nuestro país, las experiencias negativas que hemos tenido los ciudadanos a lo largo de los años en los procesos electorales, nos indican que aún estamos muy lejos de ser un país plenamente democrático. La crisis de legitimidad y de credibilidad en las instituciones públicas que atravezamos en la actualidad, tiende a reflejarse de manera casi directa en las elecciones, donde el fantasma del abstencionismo o del voto nulo se repite circularmente.

Y es que además los años pasan, los gobiernos locales, estatales, nacionales, y los representantes a los congresos locales y nacionales también, y los lacerantes problemas que padece la ciudadanía cotidianamente, como el desempleo, la inseguridad, la pobreza, la violencia, la corrupción, el deterioro del medio ambiente, etc., nomas no se resuelven ni se aminoran. Para constatar nuestro negro devenir económico, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) acaba de publicar el estudio denominado Panorama temático laboral: transición a la formalidad en América Latina y el Caribe, en cuyo informe nos señala para México que: “…(el) 58 por ciento de la PEA está en la economía informal en diversas modalidades. Incluso hay quienes se ubican en el llamado “subempleo del desempleo”, esto es, quienes laboran contratados por un patrón también informal.”

Y el informe nos clarifica nuestra posición nada grata de ser un país lider de ciudadanos informales en América Latina y el Caribe. La OIT nos dice: “México, seguido de Guatemala, Honduras, El Salvador y Perú son los cinco países de América Latina con las mayores tasas de informalidad del continente, En nuestro país ante la crisis y la falta de empleo formal se multiplican día con día los puestos de venta callejera, cada vez más ciudadanos inician negocios en sus domicilios y un número creciente de personas desempleadas ofrecen sus servicios por cuenta propia y deambulan vendiendo productos o les ofrecen a sus familiares y amigos.”
(http://www.jornada.unam.mx/2015/02/23/politica/005n1pol)

El analista Victor Flores Olea, en un artículo reciente para la Jornada denominado ¿Votar o no votar?, nos describe un debate con sus alumnos de la UNAM sobre el dilema que enfrentan los guerrerenses en los próximos comicios, y que guardando las debidas proporciones lo tenemos los coahuilenses. Flores Olea nos dice: “Por supuesto, más alla de la cuestión planteada, un elemento común de la discusión era la profunda desconfianza de unos y otros, de tirios y troyanos, ante las instituciones y poderes públicos, a quienes ven, en todos los niveles , con un gran desapego y desconfianza. Y pienso que, en el fondo, este es el gran problema o la gran crisis que atravieza México. La primera cuestión a resolver en nuestro país, en estos tiempos tan dificiles, es precisamente la de resolver desde la raíz la cuestión de la confianza (al menos una confianza mínima, que se ha perdido) acerca de las autoridades.” (http://www.jornada.unam.mx/2015/02/23/opinion/025a1pol)

Bonita democracia mexicana sumergida en el descrédito, la desconfianza, la desigualdad, la corrupción y el autoritarismo. Factores que nos enfrentan al viejo dilema de ¿Votar o no Votar? Pero, esperemos optimistamente, que a pesar de todo, el próximo proceso electoral nos sirva de algo, y que los ciudadanos coahuilenses sopesen racionalmente las opciones políticas, sus propuestas, su plataforma política, y sobre todo su congruencia entre el decir y el hacer, entre el verbo y la práctica, entre la politiquería y la política.