Tengo recelo hacia la vejez; ese estado biológico donde el cuerpo tiende a la fragilidad y la fragilidad al miedo. En la vejez, como en la niñez, vivir requiere de otros. Y no siempre en los otros se encuentra el auxilio. Quizá ese sea mi principal temor: la dependencia. No obstante, hay quien señala que la vejez es un estado luminoso del hombre. Sobre todo si la ocupación son las letras. En México tenemos en Elena Poniatowska y Gabriel Zaid algunos ejemplos de esa luminosidad. Elenita nació en 1932 y sigue produciendo artículos periodísticos, novelas, imparte conferencias y levanta su voz en marchas para reclamar justicia hacia los grupos sociales más desprotegidos. Por su parte, Gabriel Zaid nació en 1934 y sigue escribiendo para la revista Letras Libres y es miembro del Colegio Nacional. Ambos sobrepasan los 80 años, pero mantienen un ritmo de trabajo no propio de su edad.

¿En dónde está la clave? A decir de Enrique Krauze, la clave está en la actitud ante la edad. Cita de su entorno a un amigo que a los 97 años nada un kilómetro diario; otro que a los 92 juega tenis y dirige un famoso club. Uno más que está por cumplir los 90, y participa en triatlones con nietas, recorre 25 kilómetros en bicicleta cada fin de semana. Este último –señala Krauze- afirma que: “La vida es así: si dejas de pedalear te derrumbas”. En el mismo sentido, nos dice Krauze, Gabriel Zaid afirma que la clave es tener proyectos, mirar hacia adelante. No se tiene tiempo para pensar en la muerte cuando se tiene enfrente una tarea que realizar. Y sí, Octavio Paz escribió seis extraordinarios ensayos pasados los 76 años. El último, “Vislumbres de la India” lo escribió a los 85; e imaginó con el lente de la poesía, “el amor, el sexo y el erotismo” a los 79 años, en la “Llama doble”.

En mi entorno existen muy pocos ejemplos de ese tipo. Acá observo que los sesenta pesan sobremanera y los setenta abruman como perenne fantasma. Los pasos son con cuidado y los diálogos orbitan entre la medicina y los achaques constantes de la enfermedad. La situación es más grave si se añade la inseguridad médica y alimentaria. No es entonces un estado de vejez solamente, sino de indefensión. Krauze –a partir de una mirada a su entorno- asegura que “la vejez ya no es lo que era”. En mi caso, mi perspectiva va en sentido contrario. Mi entorno –salvo algunas excepciones- se presenta a la vejez como un estado donde la esperanza anida a retazos y la incertidumbre tiene carta de naturalización.

Por otra parte, el poeta Juan Colón asegura que los cincuenta, es la edad en la que él quisiera permanecer por siempre. “Desde aquí –nos dice- el horizonte ya está definido, las aguas turbias ya se perciben en su profundidad y quietud”. La juventud, señala el autor, aconseja siempre la prisa y no se detiene uno a escuchar los murmullos de la vida. La paradoja de los hermanos Max sintetiza este estado: “Hacia dónde vamos, pregunta un hermano al otro (…). No lo sé –contesta-; pero vamos a prisa, así llegaremos pronto”. A los cincuentas, asegura Colón, ha “encontrado unos colores, unos matices, unas composiciones de la vida antes insospechadas, y es dulce; es la pulpa del silencio”.

En mi caso me sitúo en los albores de los cuarenta, y la prisa que señala Colón todavía es materia prima de mi cotidianidad. No obstante, hay una distancia importante respecto al Cadillac que uno conduce en los veintes. A esta edad, la pausa ya es principio, sobre todo porque se tiene que “escuchar el cuerpo”, como diría Krauze. Este asoma las primeras enfermedades y la cotidianidad se transforma. De ahí que desde los albores de los cuarenta, la vejez no sea futuro, sino una vuelta a la esquina.

Hay que decir, sin embargo, que recelo de la vejez, mas no de la muerte. Esta es, en muchos de los casos, materia prima para mis escritos. La vejez es otra cosa; es temor ante la fragilidad y abandono de la fuerza. Lo bueno es que lo mío no es un temor generalizado. Si fuese así, seguro ya se habría inventado un fármaco para esconder el temor. No obstante, hay algo que quizá sea más doloroso que la vejez misma, y es la ausencia de imaginación. La vejez nunca es una línea límite en el ser humano. La decadencia no está en el cuerpo, sino en las ideas. Ser viejo y no vivir imaginando, eso sí es una tragedia.

La interpretación que hace un servidor bien puede contradecir el punto de vista del lector. Empero, la vida es tan enigmática y tiene tantas lecturas que bien podríamos preguntarnos con Clotaldo –personaje de Calderón de la Barca (“La vida es un sueño”)-: “¿Qué confuso laberinto es éste, donde no puede hallar la razón el hilo?”. Y no se puede hallar el hilo, porque “cuando, en tan oscuro abismo, es todo el cielo un presagio, y es todo el mundo un prodigio”.