“El cultivo de algodón había ido extendiéndose tanto desde los días de míster Brittingham, que las fábricas de jabón solo podían asimilar una parte de las semillas sobrantes

Saúl Rosales nos habla de la introducción y expansión algodonera en La Laguna, tanto por sus condiciones climáticas, geográficas y sociales, así como por la confluencia de dos ríos. Saúl nos dice: “La tierra anegada, fecundada por los ríos Nazas y Aguanaval, con su desgarramiento, paría no solo el algodón germinal de una nueva época rústica caracterizada por el monocultivo, sino también el que originaría el nacimiento consecutivo de núcleos urbanos que, como la superficie cultivada con el algodonero, crecerían aceleradamente. Torreón sería el polo poblacional más vigoroso de ellos, o más bien, el que monopolizaría el brío de los habitantes de la comarca y de la inmigración estacional que solo venía al empleo de temporada” ”. (Saúl Rosales, “Brevísima…, págs. 25-26).

El estadounidense de Saint Louis, Missouri, John Brittingham, hombre emprendedor, investigó las propiedades del algodón e instaló con éxito en La Laguna una gran planta productora de jabones. Mr. Brittingham observó que las plantas despepitadoras separaban de la fibra las capsulas del algodón, ya que la semilla obstaculizaba el proceso del hilado, desechando miles de toneladas de ésta. Egon Kisch nos cuenta: “Pero llego míster Brittingham y ofreció 15 pesos por tonelada del inútil y peligroso desecho. El negocio era ventajoso para los plantadores algodoneros de Torreón, y sobre todo para míster Brittingham. En Estados Unidos habría tenido que pagar solamente por la semilla del algodón, o sea por la materia prima, doce veces más de lo que en México le costaba el jabón ya elaborado”. (Egon E. Kisch, Descubrimientos…, pág. 78)

Los derivados del algodón pronto atrajeron a otros negociantes extranjeros a La Laguna, como es el caso de los inversionistas franceses de La Societé Centrale de Dynamite, que pronto obtuvieron el monopolio de la dinamita en México. Ellos instalaron su fábrica cerca de Torreón, en el poblado hoy conocido como Dinamita. Egon Kisch nos señala: “¿Por qué cerca de Torreón, precisamente? Porque Torreón era, en primer lugar, el centro algodonero y, en segundo lugar, la sede de la industria del jabón. Del aceite extraído de la semilla del algodón, no solo se obtiene el ácido butírico para el jabón, sino también la glicerina para la nitroglicerina. Para convertirse en dinamita transportable, la nitroglicerina necesita mezclarse con un producto adicional, que es a su vez algodón bajo cierta forma, el cual, combinado con el salitre y el ácido sulfúrico, da la piroxilina.” (Egon E. Kisch, Descubrimientos…, pág. 79).

Las metamorfosis del antiguo algodón lagunero fueron múltiples; Egon E. Kisch nos relata con su peculiar estilo que le valió el mote de “reportero furioso”, o el de “reportero dialectico”, algunos otros usos peculiares del algodón. Kisch nos dice: “El cultivo de algodón había ido extendiéndose tanto desde los días de míster Brittingham, que las fábricas de jabón solo podían asimilar una parte de las semillas sobrantes. El resto se acumulaba y formaba montañas enormes. Hasta que un buen día, los italianos dieron en la idea de añadir, sigilosamente, a su aceite de oliva el aceite extraído de la semilla del algodón. Los primeros ensayos dieron resultados positivos y, en vista de ello. Italia importaba más y más semilla de algodón, cargamentos enteros de ella”. (Egon E. Kisch, Descubrimientos…, pág. 81).

Los gringos pronto se dieron cuenta que los italianos les estaban dando “gato por liebre” (aceite de algodón mesclado con aceite de oliva) en sus importaciones. Por lo cual -de acuerdo a Kisch- mandaron a sus espías a Trieste, emporio en la producción de aceite de oliva italiano, y descubrieron que para quitarle al aceite del algodón su indeglutible sabor e incorporarlo después al aceite de oliva, los italianos trataban al aceite de las semillas del algodón con sosa carbonatada y lo sometían luego en el vacío a la acción del vapor, perdiendo el sabor característico, y ahora si se podía mezclar con él la solera del aceite de oliva, sin que fuera posible distinguirlo de este. Ante tal descubrimiento Kisch nos dice que: “Surgieron en Estados Unidos fábricas gigantescas de aceite ante las que palidecían las italianas. Y, mientras en los tiempos de crisis se quemaba la fibra de algodón, las semillas de este mantenían su cotización firme como materia prima para la fabricación de aceite”. (Egon E. Kisch, Descubrimientos…, pág. 82).

Más estas historias de las transmutaciones fantasmagóricas del algodón no se terminan, Kisch, nos relata el descubrimiento de otras utilidades de la planta. “…los línters, o sea los pelillos diminutos que cubrían la semilla, los cuales no eran aprovechables para el hilado, y además echaban a perder el aceite. Era necesario retirar y limpiar cuidadosamente esta pelusilla, y después de desprendida, tirarla. (…) Los línters son una fuente de celulosa con posibilidades de aplicación, que difieren entre sí tanto como las medias de señora y las materias explosivas, el relleno de colchones y la seda artificial”. (Egon E. Kisch, Descubrimientos…, pág. 82).

Saúl Rosales, al contextualizar el mundo de los potenciales negocios en el reino del algodón con los creadores reales de la riqueza nos advierte: “En ese marco de necesidades y apetencias ajenas, peones y jornaleros de La Laguna, ínfima categoría social de los trabajadores del campo, surgidos de las entrañas y los jacales de la ahistoricidad para, en explotadora paradoja, hacer la historia del reino del algodón, salían a roturar tierras para expandir el reino del algodón. Barbechar-cultivar-cosechar, barbechar-cultivar-pizcar era su ritmo”. (Saúl Rosales, Brevísima…, pág. 29).

En un folleto publicado por la Administración de Trabajos y Progreso (WPA) en 1937, se describe detalladamente al campesino jornalero recolector de algodón de esta forma: “El piscador de algodón, equipado con un costal largo de lona que arrastra con el muslo derecho y sostiene gracias a un cinto encima del hombro izquierdo, pisca con las dos manos. Si el algodón está bien desarrollado las cinco bolas de algodón están muy y pueden ser piscadas con un sólo y rápido movimiento de mano. Una vez que las manos han juntado una buena cantidad de bolas de algodón, la mano izquierda se las pasa a la derecha y de ahí al costal. Cuando el costal está lleno o muy pesado para el hombro del piscador, se lleva a la pesa y una vez pesado se vacía en la carreta o se apila en enormes mantas blancas (…) Dicen las malas lenguas que los mejores piscadores de algodón eran los braceros de “La Laguna”. No piscaban, según cuentan, sino que arrasaban con el algodón. Cuando los rancheros llegaban al Centro de Contratación de Braceros primero escogían a los de “La Laguna” y después, si era necesario, a los que eran originarios de otros lugares”. (http://www.farmworkers.org/palgodon.html).

Carlos Castañón nos explica la importancia social que tuvo el algodonero como fuente de empleo e ingresos –precarios- en La Laguna, así como de los requerimientos para su producción basados en un uso extensivo e intensivo de las aguas del Nazas. Castañón nos dice: “El algodón como cultivo social necesitó de la canalización de las aguas del Nazas y por lo tanto de una gran cantidad de mano de obra para sembrar y recolectar el algodón, al mismo tiempo los canales principales y las acequias requerían de la limpieza anual. Las hierbas y sedimentos tenían que eliminarse, y si había un daño aparente de erosión, los bordes tenían que reforzarse”. (Carlos Castañón Cuadros, Una perspectiva hidráulica de la historia regional: economía y revolución en el agua de La Laguna, Buenaval N° 3, pág. 15, UIA Laguna).