Se dice que no se puede planear el futuro sin considerar el presente y que éste no puede ser entendido sin antes comprender el pasado. Por ello es menester analizar el llamado periodo del “Porfiriato”

El pasado mes de julio se cumplieron cien años de la muerte de uno de los personajes más polémicos e iconográficos de la historia mexicana; nos referimos a José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, quien fuera Presidente de México durante el periodo de 1876, tras la Revolución de Tuxtepec en la cual participó en contra del gobierno de Sebastián Lerdo de Tejada, a 1911 año en el que tuvo que renunciar debido a la Revolución encabezada por Francisco Madero en contra de su gobierno.

La conmemoración de ese centenario es un momento propicio para la reflexión de la cosa pública que impera en el México contemporáneo con referencia al México porfiriano de cien años atrás. Las recientes reformas estructurales llevadas a cabo a través del llamado “Pacto por México” hicieron que muchas de las proclamas, ideales y logros post revolucionarios hayan perdido vigencia e incluso fenecido, así como, muchos otros ideales y demandas se hayan robustecido, aunque no precisamente debido al citado pacto, sino a consecuencia del robustecimiento de un pensamiento liberal globalizado que inevitablemente ha permeado en nuestro sistema político y de gobierno interno, al grado de propiciar la caída del presidencialismo, la instauración de una alternancia de gobierno, así como, una participación más activa de la sociedad civil a través de las asociaciones ciudadanas no gubernamentales.

Se dice que no se puede planear el futuro sin considerar el presente y que éste no puede ser entendido sin antes comprender el pasado. Por ello es menester analizar el llamado periodo del “Porfiriato” a la luz del legado de “Don Porfirio” a cien años de su muerte para después entender nuestro presente y estar en posibilidades de construir nuestro futuro.

De acuerdo al concepto más generalizado, el “Porfiriato” es el periodo histórico durante el cual estuvo en el ejercicio de gobierno y poder el General Porfirio Díaz, mismo que comprende 35 años en el que se realizaron múltiples transformaciones, principalmente económicas, que construyeron la llamada “paz porfiriana”, la cual fue el basamento de una estabilidad política que contribuyera a la consolidación del Estado-nación mexicano con grandes desigualdades que promovieron una alta concentración de tierra, el desarrollo de vías férreas que conectaran al país y promovieran el desarrollo nacional, la explotación de los recursos petroleros y el impulso de una industria textil y minera que hiciera de México un país exportador. Esto en beneficio, principalmente, de intereses capitalistas extranjeros que hicieron grandes negocios y amasaron grandes fortunas a costa del trabajo, esfuerzo y vida de muchos mexicanos en un estado de pobreza y explotación tal, que a la postre sería el caldo de cultivo de una nueva convulsión social que propiciara el derrocamiento del llamado “Porfiriato”.

Hacia finales del siglo XIX hubo una crisis económica mundial que ocasionó caída de los precios de la plata, mineral utilizado por México como patrón principal en la balanza comercial con sus pares internacionales, lo que ocasionó una distorsión en las exportaciones, que como ya lo comentamos era una de las principales actividades económicas de México; por lo que ello impactó negativamente el precio del peso mexicano con respecto a otras monedas internacionales provocando su depreciación y consecuentemente el aumento del precio de los productos de consumo interno del país, que ocasionó a su vez una erosión del salario de los trabajadores que empezaron a organizarse y a presionar a través de huelgas; muchos de éstos perdieron sus empleos como consecuencia de la crisis y muchos otros tuvieron que emigrar a los estados del sur del país vecino al norte.

El descontento social mexicano en los albores del siglo XX fue ocasionado principalmente por los factores antes citados; sin embargo, los grandes beneficios y ganancias de los capitalistas extranjeros, así como, el empoderamiento gubernamental de una élite denominada “los científicos”, fue la gota que derramó el vaso. Los denominados “científicos” eran un grupo de políticos, intelectuales y hombres de negocios mexicanos que pertenecían al círculo más cerrado del ‘porfirismo’, buscaban una aplicación científica del gobierno y un desarrollo científico del país, a través de políticas basadas en la teoría positivista de Augusto Comte, quien sustentaba su filosofía en la razón y la ciencia como instrumentos esenciales para instaurar el orden social, alejado de las teorías humanistas de la ilustración promovidas por Voltaire y Rousseau.

Los llamados “científicos” eran un grupo de capitalinos puros, alejados de la vida provinciana que se infiltraron en el mundo de las finanzas públicas buscando consolidar una oligarquía tecnócrata acorde a su pensamiento positivista, lo cual contribuyó al descrédito del Presidente Díaz, toda vez que mientras la población en general sufría los estragos de la crisis, altos precios, bajos salarios, desempleo y explotación; el citado grupo de los “científicos” gozaba de los beneficios de la política financiera porfirista, amasando grandes fortunas y haciendo grandes negocios desde su función gubernamental. El máximo exponente de esta corriente positivista dentro del gobierno de Díaz fue José Yves Limantur, quien fuera secretario de hacienda dentro del periodo de 1892 a 1911.
Hoy tras cien años de la muerte de “Don Porfirio” existe dentro de la clase política mexicana un grupo de “neo científicos”, hoy llamados tecnócratas, en el círculo más cerrado del poder, quienes ocupan los cargos más importantes en el gobierno, principalmente en aquellas áreas que tienen que ver con las finanzas públicas y el desarrollo económico, desde donde promueven y aplican políticas públicas tendientes a resolver los problemas nacionales con una óptica empírica, técnica o científica. Esta tecnocracia ha traído consigo desigualdad, desempleo, conflictos y manifestaciones sociales, así como, concentración de poder y riqueza, explotación de recursos nacionales en manos extranjeras y una depreciación de la moneda nacional galopante, realidad que contrasta con la narrativa gubernamental.

“Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”. (Cicerón).