"El deber es pues una restricción al “Yo”, al ser, a lo inmaterial, a lo imperecedero. El cual es impuesto, repetimos, por un ente superior y metafísico llamado sociedad; el cual define sus valores con una moralidad pasajera, la cual somete nuestra voluntad personal, interna, virgen, trascendente y auto teleológica por una voluntad social, multitudinaria, global pero intrascendente e impuesta".

El ser humano se distingue de otras especies principalmente por el reconocimiento de sí mismo con respecto a otros seres de su misma especie pero como un ente único e irrepetible, un ente auto teleológico que se impone a sí mismo los fines a alcanzar a lo largo de su existencia, así como, en la mayoría de las ocasiones los medios para alcanzarlos. El ser humano tiene moralidad, característica de la cual adolecen las otras especies que coexisten con la raza humana, esto es, el ser humano fija dentro de la concepción de su propia existencia una escala de valores bajo los cuales somete su conducta y actuar para alcanzar aquellos fines auto impuestos y lograr el fin último de su existencia, que en la mayoría de los casos es la felicidad propia.

Para designar a un ente individualizado de la raza humana utilizamos la denominación “persona”, palabra que etimológicamente deviene del vocablo latín “personae”, mismo que era utilizado para designar a los actores enmascarados que desarrollaban los dramas teatrales griegos, quienes adoptaban tantas personalidades como máscaras para representar y darle vida a los múltiples personajes. De hecho se afirma que el verdadero origen de la palabra persona viene de la denominación que se le daba a la máscara que utilizaba el actor para darle vida a los diversos personajes que representaba, esto es, una mezcla de individualidad y distinción de cada personaje con relación al roll social que desarrollaba en la trama de la obra.

En el ser está el “Yo”. Este “Yo”, que por una parte me reconoce, me identifica y me diferencia del resto, de los demás, de todos; reconociéndome único. También es el ente fundamental que al margen de individualizarme, me limita o me impulsa, esto es, en el plano metafísico es mi conciencia, mi guía, mi Virgilio según Dante Alighieri. Ese “Yo” interno, es quien decide lo que debe y lo que no debe exteriorizarse de mi ser material, físico, tangible y perecedero. Ese “Yo” tiene voluntad propia al margen de mí como ente social sometido a la voluntad ajena del lugar, tiempo y sociedad en la que existo y coexisto con otros congéneres. Ese sometimiento de la voluntad del “Yo” es el deber, condicionado por la moralidad social y las escala de valores axiológicos que le damos a nuestras acciones en un lugar y tiempo determinados influenciados por la sociedad que nos rodea.

El deber es pues una restricción al “Yo”, al ser, a lo inmaterial, a lo imperecedero. El cual es impuesto, repetimos, por un ente superior y metafísico llamado sociedad; el cual define sus valores con una moralidad pasajera, la cual somete nuestra voluntad personal, interna, virgen, trascendente y auto teleológica por una voluntad social, multitudinaria, global pero intrascendente e impuesta. Sin embargo, este sometimiento no es fatal, al contrario, de no limitar nuestra voluntad no podríamos coexistir, socializar, vivir, convivir, sobrevivir, desarrollarnos, ayudarnos mutuamente. Marco Tulio Cicerón afirmaba que sólo un loco o un sabio podían vivir fuera de la sociedad, en el exilio permanente y voluntario. Aristóteles afirmaba que el hombre separado de la sociedad, era un Dios o una bestia. El resto de nosotros que ni dioses ni bestias somos, debemos aprender a convivir con las demás personas de nuestra especie, con otros animales que no lo son, así como, con otras especies y que nos complementan.

La situación se complica cuando los conceptos de “ser” y “deber” tienen que conjugarse, fusionarse, amalgamarse y materializarse en el mundo real, de los hechos no de las ideas. El deber-ser es el problema ético por excelencia en donde el ser, el “Yo” tienen que unificarse con el “deber”, con la obligación impuesta en contra de la voluntad interna, con la voluntad de otros, de otro; la sociedad. Una voluntad de la cual formamos parte como entes sociales, el “zoon politikon” aristotélico.

El deber-ser es el lugar donde se libra la batalla entre lo que quiero y lo que debo, entre la libertad y la imposición. En este lugar la ética es el campo de batalla, la ética es la parte de la filosofía que atiende el valor de la conducta; entiéndase no el hacer, y sí el obrar según Aristóteles. Este lugar es en donde luchan los fines auto impuestos por el ser humano, por la persona, por el ser, por el “Yo” contra los fines ajenos, sociales; sin embargo, cualquiera de éstos pueden tener una muy variada naturaleza; ya que pueden fundarse en un valor absoluto o uno relativo. Los valores absolutos son aquellos que se persiguen por sí mismos, esto es, que siempre son deseables por sí mismos y no por otra cosa, no son el instrumento o vínculo por virtud del cual alcanzamos algo más sino que son nuestra finalidad, el fin último, la felicidad. Por otra parte, aquellos valores y bienes que son relativos sólo nos ayudan, algunas veces, a obtener el bien y valor absoluto, esto es, son los instrumentos por medio de los cuales alcanzamos lo absolutamente deseable, lo que vale por sí mismo, el bien supremo, nuestra la felicidad.

El ser nos identifica, nos individualiza, nos humaniza; el deber nos limita pero nos socializa, nos amalgama con los demás y; el deber-ser nos construye, nos dirige a la superación, al desarrollo como entes individuales pero sociables por naturaleza.