¿Cómo es posible que en esta región del mundo, la más civilizada del orbe, se manifiesten posturas xenófobas frente al extranjero que huye del monstruo de la guerra; y que, ante a la tragedia de los cientos de personas que día a día mueren en las aguas del mediterráneo, simplemente Europa voltee hacia otro lado como si no pasara nada?

“La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero no se masacran”.
Paul Valery

Una imagen recorre el mundo, la imagen del niño sirio Aylan Kurdi, que apareció ahogado en una playa de Turquía. Tras la aparición de esta fotografía desgarradora, se levantaron voces de indignación y coraje frente a la irresponsabilidad europea de no asumir su papel humanitario de asistir a los migrantes que huyen de sus países de origen, producto de las guerras civiles o por la gravedad de la situación económica. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, llegó a decir en la reunión del G-20 que “los que se ahogan en el mar no son sólo los refugiados, sino nuestra humanidad. Son nuestros valores los que se están ahogando en el Mediterráneo”. Este llamado a la humanidad del presidente turco, se enmarca en la tradición histórica de Europa, la tierra de la ilustración, la tierra donde se gestó la invención de la filosofía, la razón, la lógica, la ciencia, la investigación, la política, el derecho. La cuna de la civilización del hombre. ¿Cómo es posible que en esta región del mundo, la más civilizada del orbe, se manifiesten posturas xenófobas frente al extranjero que huye del monstruo de la guerra; y que, ante a la tragedia de los cientos de personas que día a día mueren en las aguas del mediterráneo, simplemente Europa voltee hacia otro lado como si no pasara nada? La imagen de Aylan Kurdi vino a poner sobre la mesa la política migratoria europea. Una política que se vino a asemejar a la de su socio estadounidense con las medidas duras en la deportación.

No obstante, en la muerte de Aylan Kurdi existen otros responsables directos, más allá de las causas accidentales que provocaron que terminara en las aguas del mediterráneo.
En Siria se vive desde principios del 2011, una guerra civil entre facciones religiosas (chiítas y sunitas). La guerra vino a consumarse con la primavera árabe en el 2010, ese movimiento social que terminó con el régimen dictatorial en Túnez, Egipto y Libia. El movimiento se extendió a Siria, pero Assad –el gobernante dictador chiíta- decidió enfrentar ferozmente a los rebeldes y se inició con ello una guerra civil que se mantiene hasta ahora. Desde el 2011 a la fecha, en la guerra han tenido lugar ataques con misiles y armamento pesado, hasta el uso de armas químicas por parte de Assad. Más de sesenta mil personas murieron en los dos primeros años del conflicto.

Por otra parte, la guerra civil en Siria se enmarca igualmente en un escenario geopolítico. Assad es apoyado por Irán, un país –como señala Rolf Siegel- con tradición chiíta, por Rusia y la organización político-religiosa Hezbolla, en El Líbano. Por su parte, los rebeldes son apoyados en términos financieros y logísticos por EEUU, Arabia Saudita y Qatar. Estos dos últimos países –con una tradición musulmana sunita-, operan el apoyo a los rebeldes con el propósito de contener el alcance de la línea musulmana chiíta en el Medio Oriente. En este sentido, la guerra civil en Siria se enmarca en un plano político-religioso, pero Rusia y los Estados Unidos atienden objetivos geopolíticos al orquestar alianzas para mantener sus intereses energéticos en la región.

Este último aspecto es lo que ha extendido el conflicto por más de cinco años. Y, al mismo tiempo, ha generado una crisis humanitaria. A decir del Alto Comisionado para los refugiados de la ONU, “…para el 2013 casi 6 millones de sirios -algo más de una cuarta parte de la población- han tenido que huir de sus hogares por la guerra”.

Al niño Aylan Kurli no lo terminó ahogando las aguas del mediterráneo, sino los intereses político-religiosos de las facciones Chiítas y Sunitas de su país y los intereses geopolíticos de las grandes potencias. Como él, más de un millón de niños han abandona Siria en lo que va del conflicto armado y muchos como él también han muerto en el mediterráneo.
Con Aylan Kurdi murió también su hermano de 5 años y su madre. Sobrevivió al naufragio solamente su padre Adbulá Kurdi, quien había pagado 4 mil euros por llegar en una balsa, junto con nueve personas más, a una isla griega llamada Kos.

La salida a esta tragedia humana por la que están viviendo los sirios pasa por detener la guerra en este país, así de simple. Como lo dijo un niño sirio en la estación del tren de Budapest: “Los sirios necesitan ayuda ahora. Sólo detengan la guerra en Siria y nosotros no venimos a Europa. Sólo eso. ”. No estoy tan convencido de que esto se puede llevar a cabo. Hay bastantes intereses en juego alrededor de Siria y a algunos actores participantes no se les da la diplomacia.

Sin embargo, tras la aparición de la foto de Aylan, los europeos se miraron al espejo y les dio vergüenza. Por ello, las acciones de asilo se han multiplicado, y desde El Papa hasta algunos Jefes de Estado Europeo, han manifestado su convicción a favor del auxilio de los migrantes. Porque al final no hablamos de refugiados sino de seres humanos y esa distinción semántica en esta tragedia humanitaria la vino a generar Aylan, quien murió casi al nacer –con apenas tres años-, pero permanecerá por siempre como símbolo de la tragedia que puede provocar el hombre en aras de alcanzar los absolutos de un libro sagrado o los absolutos del poder político.

1 Una postura similar asumió Europa con el despertar político de la sociedad de Túnez, Egipto y Libia en la llamada “Primavera Árabe” del 2010. Frente a los reclamos de democracia, la sociedad de estos tres países pedían el apoyo de Europa, la cuna de la democracia occidental, pero Europa privilegió sus intereses económicos, y no extendió apoyo alguno a las sociedades inconformes. En ese sentido, Europa justificó el statu quo y renunció a hacer valer los valores históricos que le dieron forma como civilización. Más de algún ciudadano europeo manifestó abiertamente en la prensa escrita, el repudio que le daba ser un ciudadano europeo.