"Juárez observó que la opinión general sugería que los clérigos eran respetados por el saber que se les atribuía: “Esta circunstancia, más que el propósito de ser clérigo, para lo que sentía una instintiva repugnancia, me decidió a suplicarle a mi padrino […] para que me permitiera ir a estudiar al Seminario”. Durante ese tiempo se desarrolló el movimiento de independencia de México"

Apuntes para mis hijos, de Benito Juárez, es un texto que dejó retratada la difícil época del México de la post independencia. No es sólo un relato autobiográfico del indio zapoteco, sino también un legado del pensamiento juarista para su descendencia y para la memoria histórica del país. Es un breviario que subraya la importancia de leer, aprender y contribuir al bien común, como medios para transformar la vida de los seres humanos.

Los estudiosos del acervo documental de Juárez (1806–1872) no logran ponerse de acuerdo sobre la fecha en la que fueron escritos los Apuntes, pero coinciden en la probabilidad de haber sido al final de su vida, lo que explicaría que hayan quedado inconclusos. En todo caso, es un valioso material de referencia y testimonial, que describe los primeros cincuenta y un años de vida del Benemérito de las Américas y que comenta acontecimientos importantes de la vida nacional del siglo XIX.

Los ejemplos que observó Juárez en las personas que sabían leer, escribir y hablar el idioma castellano, despertaron en él “un deseo vehemente de aprender […] en una época en que tan poco o nada se cuidada de la educación de la juventud”. En su natal San Pablo Guelatao no había escuela, y la instrucción pública en aquellos tiempos se encontraba en franco rezago. Sólo pudo tener acceso a la educación formal cuando se trasladó a la capital de Oaxaca, donde aprender de memoria el catecismo del padre Ripalda era parte de la instrucción primaria.
Juárez observó que la opinión general sugería que los clérigos eran respetados por el saber que se les atribuía: “Esta circunstancia, más que el propósito de ser clérigo, para lo que sentía una instintiva repugnancia, me decidió a suplicarle a mi padrino […] para que me permitiera ir a estudiar al Seminario”. Durante ese tiempo se desarrolló el movimiento de independencia de México.

Tras el derrocamiento del Primer Imperio Mexicano de Agustín de Iturbide se proclamó la República y entró en vigor la Constitución de 1824, en la que se incrustaron contraprincipios como la intolerancia religiosa y los fueros de las clases privilegiadas, muy alejados de los ideales de libertad y progreso que ansiaban los republicanos. La nueva Carta Magna fue “una transacción entre el progreso y el retroceso, que lejos de ser la base de una paz estable y de una verdadera libertad para la Nación, fue el semillero fecundo y constante de las convulsiones incesantes que ha sufrido la República y que sufrirá todavía mientras que la sociedad no recobre su nivel, haciéndose efectiva la igualdad de derechos y obligaciones entre todos los ciudadanos y entre todos los hombres que pisen el territorio nacional, sin privilegios, sin fueros, sin monopolios y sin odiosas distinciones […] “.

En Oaxaca se verificaron sucesos análogos a los de la nación. Con el triunfo del Partido Liberal, el Congreso local dictó leyes para favorecer a “aquella sociedad que estaba dominada por la ignorancia, el fanatismo religioso y las preocupaciones”. La medida más importante fue establecer en 1827 el Instituto de Ciencias y Artes, un colegio civil independiente de la tutela del clero, que rivalizaba con el Colegio Seminario Conciliar: “… el clero conoció que aquel nuevo plantel de educación, donde no se ponían trabas a la inteligencia para descubrir la verdad, sería en lo sucesivo […] la ruina de su poder basado sobre el error y las preocupaciones, [por esto] le declaró una guerra sistemática y cruel, valiéndose de la influencia muy poderosa que entonces ejercía sobre la autoridad civil, sobre las familias y sobre toda la sociedad”.

La agitación social persistió muchos años más. La clase política, pese a enarbolar la bandera de la libertad, se extraviaba conducida por sus ambiciones o intereses: “Se hallaba todavía el clero en pleno goce de sus fueros y prerrogativas, y su alianza estrecha con el poder civil le daba una influencia casi omnipotente. El fuero que lo sustraía de la jurisdicción de los tribunales comunes le servía de escudo contra la ley y de salvoconducto para entregarse impunemente a todos los excesos y a todas las injusticias”.
Sobre la relación del Estado y la iglesia, Juárez sostenía: “Los gobiernos civiles no deben tener religión porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían fielmente ese deber si fueran sectarios de alguna”.

Los Apuntes de Juárez ayudan a comprender la vida histórica de México y su intrincada relación con la Iglesia católica; revelan los ideales que más adelante impulsaron las Leyes de Reforma y la Constitución de 1857, en la que se introdujo el principio de tolerar el ejercicio de otros cultos, después de que el romanismo tuvo la ventaja incomparable del monopolio absoluto durante más de tres siglos.