ed84 / Mendicidad forzada / Diálogo

Nuestra sociedad mexicana cada día está más sometida a la esclavitud moderna: trabajar para tener y comprar, más que ser; enfrentar menor protección civil ante el incremento de la agresión de la delincuencia; vivir un mundo materialista, por encima de la espiritualidad; dejar de ser personas para transformarnos en trabajadores-productores de ganancias que otros disfrutan  y, sobre todo, la translocación de valores, donde lo trascendente va dejando de importarnos.

«Descubrieron que tenía ingresos superiores a los trescientos pesos diarios en solo cuatro horas de trabajo, que se elevaban a setecientos en días de mayor tráfico vehicular, ganando más que un operario de cualquier fábrica o trabajador del comercio de La Laguna.»

Nos concentramos en defendernos de la maldad que nos amenaza constantemente: el robo ya no se presenta en lugares aislados, por la noche, con menos testigos o el descuido de los moradores de casas y vigilantes de negocio; ahora, es a la luz del día, en lugares públicos y sin temor a las fuerzas policiacas, -¿asociados?- indefensos y desconsolados, sin esperanza de regresar a los tiempos de paz y tranquilidad.

Violar sexualmente, asesinar por unos pesos, atacar a quien se cruce en el camino de los criminales, es pan de cada día; la respuesta de las autoridades es demagógica, haciendo evidente su incapacidad y hasta la mala fe, cuando en vez de cuidarnos nos entregan al mundo de lo ilícito. Resultado: desesperanza sentida, miedo y hasta rencor.

Entre esas vejaciones, se presenta una muy dolorosa: la agresión a la formación humana de niños y adolescentes, caso del incremento de la mendicidad forzada, promovida por negligencia y estimulada con la falta de oportunidades.

Existe un grupo en Perú, llamado «Educadores de la Calle», dedicado a atender a los mendigos que se atraviesan en cruceros retando al tráfico vehicular; esos que aparecen en lugares públicos extendiendo la mano y lo peor: sufriendo de agresión  y explotación sexual. 

Los peruanos tienen un lema que define sus propósitos: «Tu dinero nos condena a la mendicidad»; saben que al permitir la vagancia y la mendicidad, están promoviendo la universidad del vicio.

Hace algunos años, un grupo de estudiantes de la UAL, realizó un trabajo de investigación y siguieron a algunos mendigos de la calle, alguno de ellos, un mayor de edad que con bordón en mano pedía dinero y amenazaba con golpear autos si no le correspondían. Descubrieron que tenía ingresos superiores a los trescientos pesos diarios en solo cuatro horas de trabajo, que se elevaban a setecientos en días de mayor tráfico vehicular, ganando más que un operario de cualquier fábrica o trabajador del comercio de La Laguna.

Dar limosna a los menores es el camino para crear adultos de la calle; y ¿cómo no?, si el salario que pueden percibir en una larga y agotadora jornada de trabajo puede representar solamente el diez por ciento de los ingresos mendigando.
Ellos, al crecer y dejar de despertar conmiseración, se verán desentrenados para enfrentar la vida, quedándoles como única alternativa robar o algo peor.

También en México, D.F., ya reaccionó una pequeña parte de la sociedad y se formó otra asociación denominada ¿Y quien habla por mi?, dirigida por María Ampudia González, quien manifiesta un decidido interés por encontrar paliativos en el caso del abuso de menores.

Ella se sensibilizó al conocer los relatos desgarradores de las niñas violadas y obligadas a prostituirse y denuncia que, al menos seis mil niños están siendo victimizados y transformados en mercancía de tráfico infantil o de órganos y que tres millones trabajan sin remuneración y en condiciones que definitivamente dañan su salud.

Otras estadísticas refieren que 20 mil menores son sometidos a la trata de blancas y que México es el segundo país que más lucra con ellos, representando un movimiento de dinero solo menor al del tráfico de drogas.

Para nadie es desconocido el abuso cometido con las mujeres indígenas llamadas «Marías», distribuidas en diferentes puntos de la ciudad para que pidan limosna o vendan alguna chuchería para luego ser recogidas y abusadas al quitarles el producto de su mendicidad diaria. Algunas más, las vemos con pequeños en brazos, enredados en rebozos, probablemente dopados para que «no den lata», robándoles su infancia, buscando lástima de los transeúntes.

Como Usted puede comprender, al permitir la vagancia o la mendicidad, aún, la supuesta actividad del subempleo en menores, favorecemos su degradación y pagaremos el precio cuando crezcan y no sepan más que mendigar y al no recibir lo pretendido busquen cómo obtener ingresos en actividades fuera de la ley; al menos, molestar a las damas en los cruceros de las ciudades con miradas indiscretas y hasta actitudes amenazantes.

Sabemos que poco harán las autoridades, porque no pueden, no quieren o no les genera ganancia política y sí egresos de sus castigadas arcas; nosotros deberemos comprender la dimensión del problema y actuar en consecuencia.

Como dicen los peruanos: el dinero que les damos, los condena a la mendicidad. Sé que es difícil de asimilarlo, pero igualmente es cruda realidad. ¿O… qué piensa?.