ed93 / VERTIENTES  La existencia  como encrucijada del ser humano

La vida se instala en los rincones de la cotidianidad, ahí se mece, ahí duerme. Somnolienta parpadea a retazos, y solamente presta atención cuando la cálida voz recurre al verso que intenta crear el mundo en la luz de la oscuridad. La vida es eso, una cinta que transcurre en cámara lenta porque se vive en repetición de escenas; no se tiene guión. Sólo algunas líneas generales de un libreto traspasado por generación.

No hay extraños atuendos en el guión, porque la “normalidad” se apropia del paisaje. Al contrario, prolifera el sentido de la forma como culto inmaculado de la imagen. De vez en cuando se trompican los sucesos, pero luego de un tiempo la linealidad recobra el sentido del tiempo y del espacio.

Si Edgar Allan Poe intentaba salvarse así mismo a través de la literatura contenida en sus cuentos, algunos pretendemos hacerlo husmeando en las formas que nos contienen en el libreto.

En la cotidianidad no somos porque nos es vedado ser. Nuestra existencia es molde petrificado. La transgresión de ese molde es “anormalidad mal intencionada”, y por lo tanto, no aspiramos a ser uno, terminamos siendo todos sin distingo.
En la invariabilidad del paisaje, hasta el indigente como metáfora del árbol, se aparece al doblar la esquina. No se mueve, a pesar de la circunstancia del sol. Y su inmovilidad alimenta en sentido inverso la idea del “cambio”; las aguas del ayer, son las mismas en las que nos bañamos hoy. Eterno retorno del principio.

Desde la esfera de la academia, el estudio de la vida cotidiana permite comprender los procesos de construcción social que se llevan a cabo desde la esfera íntima del individuo en relación con los demás, para tener al alcance el marco cultural de una sociedad. Pero desde esta esfera no se alcanza a comprender la agonía que representa vivir en la cotidianidad, sucesión de hechos que orbitan en circunferencia.
Por esa razón, la gran proeza en la vida es construir una circunstancia que permita desarrollar una existencia lo suficientemente interesante como para despertar la pasión por el nuevo día. Oscar Wilde solía decir que “lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe”; y tiene razón.

La cotidianidad absorbe, y cobra visos obnubilantes cuando más allá de ella, no hay nada que traspase las fronteras de lo inerte. Todo forma parte de su territorio, y el imprevisto del asombro se esconde en el espacio de la utopía.
Mientras escribo estas líneas, termino un café en una cafetería que paradójicamente se llama “Paraíso”, y que por obra de la arquitectura, se ubica en las alturas del cuarto piso. Desde aquí me asomo a la idea, único reducto que nos salva del laberinto de la cotidianidad. Si Edgar Allan Poe intentaba salvarse así mismo a través de la literatura contenida en sus cuentos, algunos pretendemos hacerlo husmeando en las formas que nos contienen en el libreto.
La vía que se ha imaginado para salvar la trampa de la existencia –referida la existencia en el sentido en que lo señala Wilde- es la idea precisamente del Paraíso; pero si el paraíso existiese –esa metáfora metafísica engendrada por Platón-, la cotidianidad fuera la forma inmaculada bajo la cual se enmarcaría la pretensión de existir.

La salida no está en un más allá inventado por el hombre; sino es un más acá sustentado en la voluntad para construir otros mundos dentro de este mismo mundo. Mundos que nos oxigenen la imaginación y nos fortalezcan la convicción de vivir. Cuestión fundamental, porque para vivir se requiere valor, arrojo y valentía.
La simple existencia no implica alteración ni exigencia alguna. Se puede existir en automático, y no correr riesgo alguno. Hoy puede ser lo mismo que ayer, y el ayer puede ser un preludio del mañana. Circularidad.
Al final del día, como diría Nietzsche, “el individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas –nos dice- a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”.

Alcanzar a ser uno mismo significa acariciar el cielo –desde el plano de la estatura de nuestro ser-, sin haber transitado el interrupto de la muerte.
En cierta forma, la disyuntiva Shakesperiana “ser o no ser” es la encrucijada de la vida. Y en resolverla se nos va la existencia o nos ganamos la vida.