ed85 / NIÑOS
Es difícil como adultos recordar la simplicidad de la niñez, a veces la vorágine de la vida cotidiana nos envuelve entre quehaceres y deberes, que incluso, puede hacernos un poco menos humanos.
Olvidamos la sencillez y magia de una sonrisa, encontrar la felicidad en pequeños detalles como un nuevo día, una lluvia sorpresiva, una lagartija que toma el sol, unas canicas, disfrazarnos de nuestro personaje favorito, comer con voraz hambre un delicioso postre e imaginar fantasiosos mundos al lado de un amigo inseparable que los adultos llaman ‘animal’, pero para nosotros es “Fido”, “Vaca”, “Jabath”, “Firulais” o ese primer nombre que se nos viene a la mente cuando vemos a nuestro cachorro.

“De pequeños solemos tener un gran amigo, algunos corremos la suerte de ser parte de una pandilla de tremendos chiquillos, que igual juegan a las guerritas, que a los quemados, a los muebles, paz y guerra, escondidas y la clásica ‘tráis’.

Con el tiempo todo eso se torna complicado, la lluvia nos provoca molestia, el sol incandescente nos fastidia, los animales nos provocan fastidio, molestia, y el tiempo nos parece que tiene un problema personal con nosotros.
De pequeños solemos tener un gran amigo, algunos corremos la suerte de ser parte de una pandilla de tremendos chiquillos, que igual juegan a las guerritas, que a los quemados, a los muebles, paz y guerra, escondidas y la clásica ‘tráis’. Son confidentes, cómplices y damos la vida por ellos.
De mayores, es difícil poder confiar en alguien, nos volvemos inseguros, indispuestos a compartir lo más temible o lo más admirable de nuestras vidas, por miedo a una traición o simplemente para no provocar ‘envidias’.
Pero si damos una vuelta a nuestro antiguo ‘yo’, nos damos cuenta que pese a errores, dolores, alegrías y sacudidas que da la vida, cada paso que dimos de pequeños nos ha convertido en lo que hoy somos, para bien o para mal.
Si nos damos el tiempo, si detenemos un poco el reloj diario que nos trae y lleva en la vida, podemos recordar y volver a vivir, cada una de esas instancias, el futbol callejero, cuando una portería hecha sólo de piedras, era mucho mejor que cualquier cancha de pasto sintético.
Somos y estamos, aprendamos a disfrutar nuestra vida, cada parte de ella, muchos quizá ya somos padres de familia, una gran oportunidad para enfrascarnos en nuestros hijos, y vivir junto a ellos de vez en cuando, una vez más, esa niñez que aún tenemos dentro y de paso enseñarles a vivir, porque cada día es nuestro y cada día nos llevará a un final, que si sabemos apreciar, será en el momento indicado, sin lamentaciones y sin el ‘hubiera’, que a veces nos duele más, porque es el temor que no nos dejó movernos. Seamos niños… otra vez.