Pi..pi...pi...pí / Diálogo

Así lloraba el Chavo del Ocho, personaje del inolvidable, Chespirito, Roberto Gómez Bolaños. Es un recuerdo que ahora me es útil para homenajear al hombre y sus personajes, hoy gran pérdida para la sana comicidad de habla hispana, que puso el nombre de México en muchas bocas infantiles del mundo y muy por alto nuestra imagen como país, quién por cierto y como curiosidad de su ingenio, a todos ellos los nombraba poniendo la letra «che» en sus nombres. ¿Ya lo había notado?

También me es útil para dialogar con Usted sobre otra enorme pérdida, sin duda más importante y de mayor importancia para nuestra cotidianidad: la casi totalidad de la esperanza de encontrar una solución buena y factible para el grave estado de inseguridad y falta de civilidad de nuestro México.

Con grandes expectativas los mexicanos esperábamos la anunciada declaración de reformas del Estado Mexicano que el presidente Peña Nieto habría de hacer el jueves 27 de noviembre. Todos nosotros, por algún medio de comunicación, estábamos atentos a su mensaje con la esperanza de escuchar verdaderas propuestas de cambio, esas que creíamos pudieran dar luz al país para combatir la grave corrupción, inseguridad, narcotráfico y politiqueras, incluido el abuso de poder.

Las diez propuestas de acción resultaron «pan con lo mismo», generando el desencanto de los intelectuales mexicanos y la de los políticos honestos -especie en franca extinción- y lo triste, la dura crítica del exterior a las políticas nacionales. Considere que en el caso sí importa el desprestigio, al reflejarse en pérdida de inversión para nuestra debilitada economía.

Es curioso que nuestro presidente Peña, resaltó que una de las mayores soluciones propuestas la encontrará en el saneamiento de los municipios y sus sistemas de seguridad preventiva, reconociendo que los milesz de millones de pesos que se han aplicado en capacitar a las policías municipales fueron dineros que se tiraron a la basura.

Crear grupos de trabajo para estudiar posibles soluciones y cambios representa la desesperanza, al menos en el corto plazo, recordando aquel método infalible que aplicaba Porfirio Díaz en sus políticas, cuando le eran necesarios para ganar tiempo y no cambiar las cosas: «si quieres solución da una orden; si no, crea una comisión». Algunos atribuyen esa frase a Perón y algunos más a Napoleón.

Lo cierto es que los mexicanos hemos reaccionado públicamente ante la desesperación por la carencia en la seguridad y falta de justicia social. La evidencia son las permanentes manifestaciones en todo el territorio nacional, contándose por decenas las ciudades en que los ciudadanos se manifiestan, resintiendo el entorpecimiento del tránsito vehicular por las marchas y tolerando incomodidades por la desesperanza.

La desaparición de los estudiantes de Iguala, Guerrero, fue sin lugar a dudas la gota que derramó el vaso.

El entretejido social de la corrupción hace muy difícil encontrar las soluciones viables; los compromisos de grupo, el clientelismo entre partidos y el desorden de todos los mexicanos, nos van llevando poco a poco a la anarquía.

En encuestas y apreciaciones, la impunidad y la corrupción han llegado a niveles intolerables, representando para algunas empresas hasta un 35 % de incremento en sus costos. El cohecho en todos los niveles de servicios municipales, estatales y federales es marcado, al grado de confundir los valores morales y éticos.

Según otras  fuentes, los mexicanos consideramos «normal» pagar en cualquier trámite o proceso una cuota extraordinaria para agilizar o favorecer el resultado. «El que no tranza, no avanza», dice el refrán.

Evadir políticas, normas, reglamentos o leyes, es uso y costumbre del «inteligente», de aquel capaz de sobrevivir y ser triunfador en alguna actividad en la vida social y económica de México. Esa postura es causa importante de la crisis.

El presidente Peña, enfrenta una problemática más profunda y complicada que sólo remediar el quehacer político.

Sume a los anarquistas que tratan de ganar posiciones de poder, quienes conociendo la debilidad del Estado abusan, delinquen y nos agravian. Los delincuentes saben que las autoridades no están en posición de reaccionar con el poder de las leyes y la fuerza que en otros tiempos eran su monopolio.

En ese entorno aparece la aventurada idea de algunos para satisfacer la rabia -justa en muchos casos- pidiendo la renuncia presidencial. Sería una gran posibilidad de desestabilizar al país y de paso reposicionar a los anárquicos en el poder, para servirse de él.

México se merece otro destino y deberemos estar conscientes de nuestra realidad social y nuestra construcción mental, si es que queremos hacer el cambio.

Cierto que a las autoridades les corresponde encontrar y reposicionar valores trascendentes como la verdad, la justicia, la igualdad y el respeto al ser humano, pero como puede comprender, la situación es harto difícil y como decía el Chapulín Colorado: ¿y ahora quién podrá defendernos?