ed85 / MORALEJACuando tus horas transcurren en un hospital, ya sea como paciente o como acompañante, definitivamente es el más incómodo (por no decir terrorífico), es el área de urgencias.
La amarga experiencia es difícil de digerir cuando una servidora está en tal circunstancia y cuando sé que al otro lado del “bando” también pertenezco. Dan unas ganas de sacar mi libreta de apuntes y anotar todas las fayas y horrores…perdón, errores a los que comúnmente estamos acostumbradas muchas de nosotras, como si fuera una obligación; me cuento entre ellas por el simple hecho de llevar la camiseta.
La semana pasada, a mi capítulo existencial le llegó esa pausa que me dejó tan fría…

“Te diriges al baño donde lo mejor es salir huyendo antes que el olor te aniquile los sesos, no quedando otra, más que hacer “cobachita” …”

Sin querer mencionar nombres, pues no es una queja. Ni mucho menos hacer alarde, pero agaché mi cabeza cargando con la vergüenza de ver el desnudo comunal de personas y muros (literalmente hablando).
Es tan impotente llegar a la ventanilla (que pareciera de los acusados) y pedir de favor a la señorita asistente que te anote para pasar a la que insulta…perdón a la consulta, y que a esta señorita le conozcamos solo el mechón mal peinado y el ritmo desganado de “¿Qué le pasa a su paciente?”, cuando éste está de color de infarto y con la diaforesis inundando toda la fachada, pidiendo que tomemos asiento y esperar a que se nos nombre por el altavoz. En fin, no es lo peor, lo peor es cuando te dan la bata y que vistas a tu familiar con ella… ¿Cómo?, arréglatela como puedas.
Te diriges al baño donde lo mejor es salir huyendo antes que el olor te aniquile los sesos, no quedando otra, más que hacer “cobachita” protegiendo las “partes íntimas” de tu familiar en calidad de enfermo, solo que éstas quedan al descubierto ante la mansedumbre interrumpida de nuestras miradas al llegar el médico y destapar las carnes tratándolas como despojos…
¡Ay si no lo hubiera vivido!.
Montan al paciente en una camilla altísima (sin bancos de altura a la mira), si bien le va, pues de otra manera quedaría sentado en una silla por el resto de la noche, aunque, viéndolo bien, es mucho mejor que acostar a mi familiar en un colchón con brochazos de sangre y que derrite el cuerpo al transcurrir las horas con el calor insoportable. La verdad…ya ni sé.
Estás con el dolor compartido y la seriedad correspondiente que pudiera conmover ante la agonía al mismísimo…mmm, pájaro trinando en primavera (no se me ocurre otro). Pero el refresco de cola y los doritos con salsa roja le dan energía suficiente a mis compañeras nocturnas (no hablo de murciélagos, aunque pareciera), y se arma el mitote desunido a mis afectos; Y me apeno.
Pareciera una batalla oscura, en la que las carcajadas le ganaran a los quejidos y llantos. Y los calzoncillos de Sodoma y Gomorra se hubiesen equivocado de época.
No todas somos así, (también me cuento entre las “otras”). Soy enfermera a la antigua, y como tal me comporto, no niego chuparme los dedos al terminarme esa bolsa de churritos con salsa entre jornada y jornada, y mis encajes (que no uso por cierto), no traspasan mi uniforme. Las risas exageradas las guardo para puestas teatrales. Y las carnes las desnudo ante unos tijerazos entre la vida y la muerte.
Qué difícil es darse cuenta de lo mal que andamos y lo que hacemos; ver la realidad cuando estás del otro lado del partido.
Qué difícil es meterme a la mentalidad de las personas que piensan que nunca estarán del lado oscuro de la noche, y que como a mí, pudieran avergonzarse, ya que pertenecemos al mismo segundo hogar…es mejor pensar que un día estarás ahí.
No es una queja, solo una moraleja.