ed91_p14lamuerte
Nota aclaratoria: El presente texto es un ejercicio de imaginación que se nutre con fuertes dosis de realidad. Dejo al lector que determine dónde se presenta una, dónde se esconde la otra.

I
La muerte tiene sus razones que los demás no entendemos. Pero en ocasiones actúa por necedad, como diría Don Diego, un viejo campesino de la comunidad de “Dolores”. Y si nos atenemos al caso de María –habitante de esa misma comunidad-, le tenemos que dar la razón a Don Diego.
II
María es madre de tres hijas, Juanita, Petra y Guadalupe. María enviudó justo un día después de haber cumplido diez años de matrimonio. Su esposo Julián fue abatido a tiros por un grupo de gavilleros por haberse negado a vender sus tierras. Este grupo de sujetos llegó a la comunidad en busca de las tierras adecuadas para la siembre de amapola. Desde su arribo, la comunidad de “Dolores” empezó a sufrir los estragos de violencia por parte de este grupo armado. Empezaron a quemar las casas de aquellos campesinos ejidatarios que se negaban a vender al precio que ellos establecían. A unos les despojaron completamente de sus propiedades a mano armada, y otros más fueron acribillados en los alrededores de la comunidad.
La gente comenzó a organizarse para hacerle frente a esta gavilla de asesinos, y establecieron guardias comunitarias. Julián era uno de los líderes más visibles de esta organización y por ello mismo, uno de los objetivos clave a eliminar. Esto ocurrió una mañana del 3 de mayo, cuando Julián se encaminaba a su parcela que se encontraba a un costado del arroyo “El Tamarindo”, manto de agua que hacía de sus tierras una joya en el desierto. Sus tierras –que tenían como referencia el mismo nombre del arroyo- no fueron tanto el motivo de su muerte, sino su actividad como líder de la organización comunitaria. Julián representó un peligro para los gavilleros desde que tomó la decisión de hacerle frente a la ignominia de este grupo delictivo. María ya había tenido largas conversaciones con él. Le advertía de los riesgos de andar por ahí armado todo el tiempo, “como queriendo mirar a la muerte a cada rato”.
–Y qué quieres que haga mujer –respondía Julián-, prefieres que agache la cabeza frente a esos cabrones, y permitirles que anden chingando a toda la gente del pueblo, sin decirles ni un carago. Y que si violan a una de nuestras hijas, voltearme para otro lado, como si no pasara nada. No mujer, prefiero morir de pie que vivir cien años de rodillas”.
–Pero Julián, si te pasa algo qué vamos a hacer nosotras.

–Mira mujer, si no hago nada nos va a ir peor, ¡entiéndelo!”.
María pensaba en sus hijas, Julián también, pero ambos veían las cosas radicalmente distintas. Eran tiempos violentos, de temor y de zozobra. Y la situación exigía respuestas igualmente radicales. Pero para María, Julián cometía un error: el punto no era hacerles frente a estos criminales, sino huir de ese infierno para salvar a la familia. ¿Qué importancia tenía pensar en la salvación de todo el pueblo, incluso de la tierra misma, si la vida se ponía en peligro? ¿De qué servía salvar la tierra si se perdía la familia? Para Julián en la salvación del pueblo se encontraba la salvación de la familia, para María la salvación de la familia residía en poner tierra de por medio a ese infierno.
Lamentablemente Julián fue abatido a balazos esa mañana del 3 de mayo. Salió de su casa a las 7 de la mañana, y apenas hubo dado unos cuantos pasos cuando una camioneta de color negro con vidrios polarizados del mismo color, se apostó de forma violenta frente a su casa. La polvareda levantada por el frenar chillante de las llantas de la camioneta, dejó entrever a cuatro sujetos con armas de alto poder. Lo cocieron a tiros.
Tres minutos bastaron para quitarle la vida a Julián. Tres minutos y 120 tiros innecesarios. En esos tres minutos, María y sus hijas quedaron paralizadas al interior de la casa. No salieron hasta que la camioneta hubo partido. María salió corriendo gritando el nombre de su esposo. No lo hubiera hecho. El cuerpo de Julián quedó completamente desfigurado. Al verlo, un grito desgarrador escapó de lo más profundo de su ser. Se desmayó.
Cinco horas duró perdida en el limbo. Despertó al cabo de ese tiempo en un catre en la casa de su comadre “Esperanza”. Al despertar volvió a la realidad. Su esposo había muerto y era necesario hacerle frente a la situación. María pidió que le trajeran a sus hijas. Estas permanecían desde hacía un buen rato rato en el cuarto contiguo de la casa. Al verlas, María rompió en llanto. Un llanto de orfandad. Desesperante. Doloroso. La escena no invitaba al consuelo. Todos los presentes comenzaron a llorar. Era una escena muy, muy dolorosa.
Afuera de la casa de Doña Esperanza, los compañeros de los guardias comunitarios, ya armaban planes para matar a los gavilleros que le dieron muerte a Julián. Si adentro el sentimiento era de dolor y angustia, afuera era de venganza.
Dos días duraron los sepelios. No había tiempo para los nueve días de rigor. La situación era crítica. Tras el entierro, por el pueblo y sus alrededores se escuchaban balaceras a toda hora. Los asesinatos se multiplicaron y los funerales fueron parte del paisaje. Si un guardia comunitario caía por la mañana en un enfrentamiento, era velado por la noche y enterrado por la mañana. Si caía por la noche, a lo sumo se velaba un rato nada más y se enterraba a primera hora. La muerte tenía carta de naturalización. La comunidad de “Dolores” era toda ella representación de su nombre. No obstante, no solamente era dolor lo que respiraba en el ambiente, era odio, venganza. Ambos bandos jugaban al exterminio. Era un infierno.
María ya había comunicado a los guardias comunitarios su decisión de abandonar el pueblo. Estos trataban de animarla, de generarle un poco de esperanza.
–Vamos a ganar esta guerra María –le llegó a decir, Martín, responsable de las guardias comunitarias tras la muerte de Julián- ¡ten paciencia chingao!
–Mira Martín, desde que empezó todo este infierno, yo le dejé bien en claro a Julián que teníamos que irnos de este lugar.
–Julián era un hombre con “huevos”, que nos enseñó a levantar la cabeza frente a estos hijos de la chingada.
– ¿Y de qué sirvió Martín?, de qué sirvió que tuviera “huevos” como dices, si al final está muerto.
–Mira María, te lo digo con todo respeto, cuida bien lo que vas a decir de Julián, no quisiera salir mal contigo. Es un hombre que todos respetamos, y su memoria es muy importante pa’ nosotros.
–Martín, yo quería mucho a Julián, era mi esposo, el padre de mis hijas, pero frente a mis ojos me falló. Prefirió al pueblo, a ustedes, a ti en todo caso, que a mí, a sus hijas, a su familia, chingao. Para mí lo más importante son mis hijas y por ellas me voy de este pinche pueblo.
–Pero, ¿y las tierras mujer? ¿Las vas a dejar ahí nomás, para que aquéllos cabrones se queden con ellas? Si por esas tierras y las tierras de todos los demás estamos en armas, ¿cómo las vas a dejar abandonadas?
–Pues que las aprovechen, yo prefiero la vida de mis hijas. En todo caso, si me quieres ayudar, ayúdame a salir del pueblo. Me voy pa’ la ciudad.
–¡Pero si allá no conoces a nadie…! ¿Con quién vas a llegar? ¿Y qué te vas a llevar contigo?
–Mira, me llevo lo necesario. Y respecto a dónde llegar, pues ya veré. Soy una mujer de lucha y tú lo sabes. Saldré adelante. Sólo ayúdame a salir del pueblo.
–Está bien mujer. Tú ganas. Te voy a ayudar. ¿Y pa’ cuándo te piensas ir?
–Pos, Si puedes ayudarme a salir mañana mismo, mañana mismo me voy. Cada día que pasa en este lugar, es un infierno.
–Ta’bien pues. Te mando a Ramiro a primera hora para que te acompañe al camino de La Cruz. Ahí te va a estar esperando Nicasio, con su camioneta, para que te baje hasta “Santiaguito”. En ese lugar ya estarás a salvo. Ahí ya no hay problema.
–Muchas gracias Martín. Muchísimas gracias. Dios los cuide y los proteja.
–A ustedes también María. La seguridad de ustedes es lo menos que le podemos ofrecer a la familia de Julián. Un hombre que dio la vida por el pueblo, por su gente.
–Sí, lástima que no pensó en sus hijas; pero igual, muchas gracias por tu apoyo.
María huía de la muerte para salvar a sus hijas, pero ¿se puede escapar de la muerte?
Algunos dicen que sí, pero Don Diego decía en el pueblo que si intestas escapar de ella, la muerte te persigue. En algunos casos decía este viejo, la muerte perdona y la vejez termina matándote, pero en otras, la muerte se empecina y te alcanza”. De la muerte se no puede huir, solía decir el viejo de forma lapidaria.
¿Fue el caso de María y de sus hijas?.