ed93 / El Gran Silencio: Fundamento teólogo  3 de 3

Estos elementos permiten verificar que el lenguaje constituye al hombre, pero solamente cuando se toma al silencio como uno de sus elementos, pero no el absoluto.

EL SILENCIO Y LA ESCRITURA. La Biblia ha hecho del silencio una obra central de su hablar de Dios. «El silencio constituye el paisaje de la Biblia», ha dicho ingeniosamente el atributo judío, pero quizá se podría llevar más allá la incoherencia, diciendo que la Biblia es el libro del silencio de Dios.

Se ha introducido demasiado la razón para comprender lo que expresa de verdad. Nos lo recuerda con claridad Ignacio de Antioquía en su carta Ad Ephesios: «Una palabra pronunció el Padre, y fue su Hijo; esa palabra habla siempre en el eterno silencio y en que esté tiene que ser escuchada por el alma».
La Escritura expresa el silencio original, que es la primera expresión de amor del Padre, que se hace luego Palabra obediencial del Hijo y Espíritu de amor como nuevo silencio que llega «más allá del Verbo» y que encierra en sí el misterio trinitario. De este silencio nace la revelación, que se hace luego palabra histórica y profética, y finalmente palabra definitiva en la encarnación del Hijo, pero que desemboca en un nuevo silencio como contemplación y respuesta de fe.

La Biblia es el primer testigo de la grandeza del silencio ya que no lo califica sólo como realidad para el hombre y para la creación, sino que lo convierte en el horizonte privilegiado sobre el cual hay que poner el misterio de la revelación de Dios. El AT (tal entendido), en la pluralidad de sus formas terminológicas, expresa preferentemente los estados que se relacionan con el silencio más que con la realidad en sí. En su relatoría indica el escondimiento-silencio de Dios.

En efecto, desde el punto de vista histórico destaca el tema del silencio de Dios. El pueblo pide que Dios que no se aleje de él, pues en ese caso se acabaría la historia y dejaría de ser un pueblo, los Salmos indican esta misma realidad y ponen de manifiesto este sentido de temor como una oración de invocación (Sal 30,8; 104,28; 143,7; 27,9; 102,3; 69,18).

Hay un texto de Isaías que puede considerarse como el intento de dar cuerpo al tema del silencio del hombre ante el misterio de Dios: «Sí, en ti hay un Dios escondido» indica al mismo tiempo la realidad del misterio y la esperanza que suscita en el creyente la idea de un Dios en silencio, de un silencio Divino. El silencio se designa igualmente como el lugar privilegiado de la revelación de Dios. La permanencia en el desierto y el que naturalmente recuerda esta imagen marca todas las relaciones entre Israel y Yahvé. Pero es la misma experiencia de los profetas la que nos orienta en este mismo horizonte. De forma más directa, el relato incomparable de Elías que siente en la cueva un viento impetuoso; pero Dios no estaba en el viento, ni tampoco en el terremoto ni en el fuego; sólo cuando llegó «un ligero susurro de aire» o como más bien leen algunos, «en la voz del silencio», sólo entonces se cubrió Elías el rostro por saber que estaba en la presencia de Dios.

Igualmente, Ezequiel propone una expresiva simbología en este sentido: su silencio se convierte en signo del reproche de Yahvé contra un pueblo que no quiere escuchar. El que quiera escuchar, como el que no quiera, tendrá que referirse al silencio del profeta, ya que éste se convierte en Contenido de revelación y en signo de discernimiento.
A menudo se confunde con el descanso y la falta de movimiento, el silencio de Dios es más bien fuente dinámica de diversas reacciones. Cuando Dios se revela, hay que postrarse ante él en el silencio de la adoración: «A ti se debe el silencio de la alabanza». El silencio de Dios se abre a una palabra definitiva sobre la vida. Él es la palabra de Dios, en la que parece cesar; sin embargo, hay en los evangelios varias expresiones que demuestran cómo en esta palabra sigue estando el silencio de la revelación.

Otro texto de Ignacio de Antioquía ilustra la idea: «Es mejor callarse y ser a no ser. Es bueno enseñar si el que enseña actúa. Hay pues, un solo maestro que habló, haciéndose todo lo que dijo; pero las cosas que él hizo callando son dignas del Padre. El que posee la palabra de Jesús puede escuchar también su silencio, para que sea perfecto, para que actúe a través de las cosas que dice y sea conocido por medio de las cosas que calla».

Para ser palabra definitiva del Padre, Jesús tuvo que poder expresar ante todo, su silencio, el que da pasó al amor trinitario. El silencio de Cristo se basa en la obediencia que acepta ser pronunciado primordialmente por el Padre. En esta perspectiva podemos leer los diferentes momentos de la vida de Jesús, en donde el elemento del silencio parece ser el más auténtico para indicar su relación con el Padre: «Se fue a un lugar solitario, y allí estuvo rezando».

La noche y la soledad evocan el concepto y la realidad del silencio; la oración, en esa intimidad, sólo puede ser la del silencio de la adoración. De todas formas, otros textos permiten ver la actitud de Jesús ante el silencio. La teología de Marcos prefirió precisamente esa actitud histórica de Jesús; en varias ocasiones dice, exigía, incluso con energía, el silencio a sus discípulos e interlocutores, especialmente sobre los hechos que más señalaban su mesianismo. De igual forma encontramos un silencio de fondo en los relatos Lucanos de la infancia, o bien el silencio de los procesos, sin olvidar el del juicio que al mismo tiempo pone fin a las acusaciones de los malvados y revela la misericordia del perdón.

Pero más que cualquier silencio, el que empieza con el «grito» en la cruz y se prolonga durante todo el sábado santo es el mejor índice de revelación. Este silencio, en el que sólo aparentemente, parece como si Dios no hablara ya a través de la palabra del Hijo, es por el contrario, el silencio que se hace lenguaje de revelación más eminente, que califica al mismo acontecimiento. El silencio de la muerte y del sepulcro revela la profundidad del amor. El Hijo comparte la condición humana hasta el extremo momento del silencio. El Dios que calla es realmente el que grita su cántico de victoria sobre la muerte.
El amor trinitario, que había salido del silencio del dinamismo entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, se expresa ahora como silencio que comparte la condición de muerte. El Dios que muere en Jesús es el Dios que ama; pero su silencio indica hasta qué punto ama: hasta darlo todo, hasta hacerse muerto entre los muertos, para que se exprese así el límite, el punto extremo, que es luego el punto original, del amor de Dios.

Después del silencio absoluto, ya que es el único que puso Dios en el mundo, cualquier otro silencio del sufrimiento, incluso el silencio extremo de Auschwitz o de los campos de exterminio, tiene que referirse, para ser plenamente comprensible, al silencio del Gólgota y del sábado santo, ya que sólo aquí el silencio de Dios sobre sí mismo se hace palabra clarificadora sobre el dolor, el sufrimiento y el drama de la existencia humana.

En consecuencia, también el silencio habla y expresa la revelación de Dios. No estamos ante una lectura apática que tienda a la inefabilidad de Dios, sino más bien ante la asunción positiva del silencio, que se convierte así en el instrumento y el lenguaje que mejor expresa la revelación.

Pero no se trata del silencio como falta de palabra, como si fuese una imposición del silencio para obedecer al mandato de no hacerse ninguna imagen de Dios, sino más bien del silencio como lenguaje que se asume para hacer comprender en plenitud los signos y las palabras expresadas. En una palabra, se ve realizada la dialéctica expresada por Agustín: «Verbo crecente, verba deficiunt».