ed92 / El Gran Silencio: Fundamento teólogo  2 de 3

“Si no existiese como divino recurso, no existiría la palabra que llena, no porque el silencio sea vacío, sino que es la base y el espacio elemental. Inicio y fin, el todo que otorga frecuencia al entendimiento”.

Es paradójica la situación que se tiene al hablar o escribir sobre el silencio. Por un lado, resulta poco agradable hablar de él, ya que siente uno sobre sí, la espada de Damocles, la sentencia de Heidegger: “No hay peor conversación que la que se basa en reflexionar o en escribir sobre el silencio” por otro lado, se siente con fuerza el deseo de hablar de él para explicar lo que creemos no poder transmitir.

FENOMENOLOGIA. ¿Qué es silencio? Todos tienen experiencia al respecto. Conocemos uno que divide y otro que niega; uno que crea angustia y otro que expresa amor; uno que nos hace sospechosos y otro que es la base de una amistad y de una comprensión, porque existe el entendimiento de complicidad. Conocemos momentos de silencio que son fríos y rígidos, y otros que nos gustaría que no se terminaran nunca pues resisten serenidad y paz. Éstos no son más que significados de un silencio que los engloba, que garantiza al hombre que es él mismo y que se crea como un ser libre.

Así pues, es hacer de nuestro silencio que sea útil, reflexivo, que transmita y nos proyecte, no el que es muy común, el que está privado todavía de toda determinación emotiva, que sin embargo, constituye la condición de posibilidad misma de lo que se está escribiendo.

Existe principalmente el silencio que crea la reflexión y la sostiene. Como cuando se busca con este fin. No es sólo objeto de reflexión teórica, sino lo que hace que la meditación sea lo que es. Es la condición previa para que la mente pueda reflexionar; es el conocimiento original que se presenta visualmente a la inteligencia, y por tanto ha sido ya puesta en la existencia, aun cuando no tenga la posibilidad de hacerse palabra dialogada. La palabra y el silencio no pueden considerarse como términos opuestos, como si la presencia del uno determinase la huida del otro; son dos aspectos que forman el lenguaje humano como dato constitutivo del ser. Por tanto, no existe conflictividad entre silencio y palabra, sino unidad e integración, en la que el silencio tiene una prioridad temporal y real.
No se daría palabra sin silencio; pero tampoco se daría un verdadero silencio más que como suspensión de la palabra. La primera tarea que habría que desarrollar es de los principios del silencio. En efecto, no basta con mostrar su existencia ni tampoco con reclamar su valor; ante todo es preciso destacar que el silencio pertenece constitutivamente al sujeto humano y que sin él no se da humanidad.

Si se acepta la expresión de que “el hombre es hombre en cuanto que habla” hay que estar dispuesto a no detenerse en esta etapa de reflexión, y es preciso avanzar en la búsqueda de un principio todavía más fundamental: el lenguaje está sostenido por el silencio. Por tanto, es preciso dominar el silencio al silencio, para ser capaces de comprender cómo es en sí y de qué manera se relaciona el sujeto con él.

SILENCIO Y PALABRA. El primer acto de reconocimiento del silencio es su relación con la palabra. Como se ha dicho, representan el binomio constitutivo del lenguaje humano y del mismo hombre. La palabra llega a encontrar en el silencio su forma más genuina. El acto mediante el cual se actúa, la palabra pone en pausa al silencio, no al revés; pero la palabra pronunciada, casi por encanto, retorna y permanece en él, porque éste es el que le da sentido.

Precisamente en el momento en que surge la palabra del silencio de la mente refleja y en el momento en que la palabra acaba proponiendo otra vez un nuevo silencio, es cuando adquiere el sentido pleno de su ser. Una palabra no completa, es decir, interrumpida y bajo la aplicación de otra, no podría ser nunca sensata, ya que se encontraría constantemente bajo diversas interpretaciones y se haría inevitablemente dudosa. Estaríamos en presencia tan sólo del “rumor”, esto es, de una palabra anónima e impersonal, privada de un referente y por tanto irresponsable. Una palabra completa, en relación con el silencio que la origina y que la contiene, es plenamente significativa, ya que recuerda el silencio que la origina y que le ilustra fuerzas siempre nuevas.

La palabra interviene a su vez para sacar al silencio de la indecisión, de lo indefinido, aunque de nuevo el silencio restablece a la palabra su precisión. Así, la expresión se quedaría huérfana sin su referente silencio, carecería de profundidad. En cada palabra hay un sentido original, que es el que remite inmediatamente al pensamiento que la genera. Creo que es aquí donde la palabra asume su significado puro, ya que se constituye aquella relación con el silencio que se convierte en espacio, en lugar donde se relacionan el pensamiento que engendra, la palabra que se expresa y el significado que asume.

SILENCIO Y PERSONA. La relación silencio-persona remite necesariamente a aquel que parece ser creador del uno y de la otra. Parece ser el creador, ya que en el fondo es precisamente en esta relación con el lenguaje donde cada uno descubre tanto el límite de sí mismo como la propia trascendencia. Es verdad que el hombre crea su palabra, pero nunca como en este caso realiza la experiencia de la utilidad. No es el que crea; es más bien el que pertenece al lenguaje. En todo caso, es deudor, ya que recibe la palabra del otro. Si habla, es sólo porque naturalmente se ha visto obligado; si quiere comprender, sólo podrá hacerlo creando el silencio.

En el silencio el hombre aguarda la palabra y la oculta; en ciertos aspectos la crea, porque la hace ser “suya” sin embargo, es este, que le permite la intuición y la reflexión, descubre también la imposibilidad de poder pronunciarlo todo. Una gran parte de él mismo permanece en el silencio, ya que la intimidad del pensamiento y del corazón no se expresa con palabras.

El silencio constituye además para el hombre la condición para expresar su propia libertad y para experimentarse como persona libre. En efecto, esté causa en el sujeto reacciones contradictorias: no sabe el porqué del silencio ni tampoco qué habrá después de esté. Su estar conectado, el silencio le obliga a tener que elegir. Situación dramática, ya que podría realizarse o aniquilarse a sí mismo. Solamente su libertad le permite al silencio hacerse movimiento hacia la palabra o en la inmovilidad cerrada en sí misma. Si es verdad que el silencio realiza al hombre en la palabra, también es verdad que se le puede aniquilar si permanece siempre y sólo en él.