ed91 / El Gran Silencio

“Aquel que pretenda escuchar y comprender la voz del silencio, tiene que saber de la perfecta atención de la mente en asuntos de índole interna”. Proverbio Hindú.

Es por mucho, más contundente, el acto, más que la palabra, o ¿es la palabra el medio del pensamiento originado en el alma?
Si bien, durante más de dos mil años el hombre se ha cuestionado sobre la razón, la fuerza de la palabra, el pensamiento, el habito, el ego y otros aspectos inherentes al mismo, y estos como fundamentos éticos y morales del quehacer, también existe una corriente relacionada al silencio, no menos relevante, es más, talvez, de acuerdo al enfoque resulte de mayor importancia.

La teología se ha olvidado del silencio. Llevada por el afán de convertirse en ciencia, ha relegado a la mística y a la espiritualidad, la realidad esencial de su reflexión, cayendo continuamente en su aceptación con la inexperiencia de su objeto de investigación.
Es fundamental entender y permitir que una reflexión sobre el silencio favorezca la recuperación de una conciencia sobre su esencialidad para el hombre contemporáneo, que se debate entre la existencia frívola, aun con el conocimiento disponible como nunca antes en la historia y la globalidad de la información; con la posibilidad de emprender nuevos estilos de conducta basados en la oportunidad de interiorizar y revitalizar su orden mental y en esa medida ser más sano, feliz y exitoso, en concordancia con su entorno, solo ante la simple atención de elementos básicos de concentración y el ejercicio de su juicio.

Hablar del silencio resulta un intento contradictorio, ya que para ello es preciso romperlo, como lo hacemos en este momento o al menos suspenderlo por algún tiempo. Sin embargo, éste es el único camino que se puede recorrer para que el silencio resulte significativo y para que su relación con el sujeto cree espacios de sentido esencial.
Muchos teóricos han sostenido desde siempre esquemas del simbolismo y el poder de la palabra, mas, su opuesto resulta un principio básico que es, en contraparte, una fuerza igual o mayor que la de la palabra elocuente y seductora.
El intento de este trazado es discurrir sobre el objeto, no sin antes abordar, su contenido místico y simbólico, interpretar y comprender las bases de esta corriente del pensamiento que prevalece y es de enorme valor para muchos que reconocen el influjo de sus secretos.

“Silencio, Hermanos míos, estamos en Logos”, reza el inicio de los trabajos en el taller de la sabiduría, de la reflexión y del estudio de la moral, recordando constantemente la necesidad del imperio del mismo, para armonizar un recinto consagrado a la virtud, donde la discusión debe girar en torno a las razón y la justicia. Para ello el silencio disipador de pasiones, de soberbia y de egos debe ser el punto de quiebre, el inicio del nuevo ritmo, el de la justicia y el argumento rico, que seduzca y se haga certeza.

Guardar silencio; nos lleva a hallar la correcta disposición de entender los legados de una virtud sin par, ello es digno del aula, de la humilde reflexión. Cualquier templo lo exige, su aceptación es la cuota. Es el reconocimiento expreso, de la presencia de ignorancia en nosotros, pero también de una gran voluntad al conocimiento infinito. Principio básico de cualquier superioridad y base de la búsqueda de sabiduría.

Es prudente la definición más elemental para continuar esta reflexión, ella nos refiere que es la privación voluntaria de la facultad de hablar. Y en verdad, casi todos sabemos hablar pero poco sabemos callar, por ello, saber callar la lengua y los sentidos es una virtud.
La leyenda enseña que el príncipe BAHZAM, un día cualquiera salió a cazar cerca de su palacio; en dicha actividad fue sorprendido por la noche, cuando precisamente buscaba una buena presa. Cansado ya, el príncipe se sentó debajo de un frondoso árbol con el propósito de tomar respiro; en ese momento sintió salir de las ramas la voz de un ave; acto seguido Bahzam se colocó de pie y le disparo con su cerbatana al pajarillo, matándolo enseguida. Teniendo el joven a sus pies al ave fallecida, medito, suspiro y dijo: “¡Oh!, cuan hermoso es saber callar y cuidar la lengua! Si esta ave no hubiera hablado, no habría perecido.”

En el entendimiento filosófico, debemos de aceptar que efectivamente nuestro paso por este plano existencial es un preparatorio para acceder al GRAN SILENCIO, de aquel del que no se tiene regreso y es en este punto donde se haya un especial significado, el permitir que nuestros actos acallen nuestras palabras, que los hechos realizados sean de mayor contundencia que las vacías silabas pronunciadas desde el eco de la arrogancia, del pretensioso ego.
Un día seremos recordados por nuestras obras, como reza la cita bíblica “Por sus frutos le conocerás”, no por sus palabras, o por lo menos no eventualmente.
Ahora, sí, damos por sentado, en el mismo análisis que la palabra nace con toda fuerza desde las entrañas del útero bucofaríngeo, garganta (uno de los 7 chakras), somos entonces capaces de engendrar vida pero también muerte (en esa dualidad del ying yang), a partir de la facultad del habla, de la palabra, que alienta y destruye, que bendice pero que también maldice y condena, que juzga y miente, que anima y levanta, que transmite amor, y también odio, desamor y rechazo.

En contraparte el silencio, es más complejo entender y ejercerlo, implica mucho más conocimiento sobre las verdades y principios universales y sobre todo del dominio del ser, el control sobre las pasiones, por ello es que se dice que su empeño es un enorme regalo, no apto para todos.
La teología fundamental puede recuperar el estudio del silencio al menos en un doble plano. Primeramente, como epistemología teológica, al mostrar que el silencio es un método en teología en cuanto expresión última que relaciona al objeto de investigación con el sujeto epistémico. Además, convirtiéndolo en un “tocus theologicus”, para que el creyente y el hombre contemporáneo tengan la posibilidad de encontrarse con un signo que expresa y remite a la presencia de Dios o el todo universal (como guste pretender o interpretar).
El Silencio es y representa el espacio idóneo y la morada precisa para el encuentro con lo eterno, inmutable, justo. Sonido es el silencio, que vibra con la sintonía universal, el que nos integra y fusiona, el que acarrea paz a la Prana, el que revela las verdades, ese que habla más fuerte en el de nuestras mentes.

El Silencio es una realidad; es un hecho que existe así, simplemente; que permite reflexionar y expresarse y volver sobre uno mismo para dar un significado pleno a la propia reflexión y expresión. Así pues, podríamos decir que el silencio es un acontecimiento original, que existe lo mismo que la vida, la muerte, la fe, el amor…; que quizá de alguna forma contiene a todos los demás, porque se identifica con el misterio mismo del propio ser. Sumergiéndonos fuera del tiempo y del espacio, nos insertamos en aquel acto creador original por el que nos relacionamos inmediatamente con lo Divino o Primigenio.

El silencio no es una pausa debida al cansancio del hablar, ni se presenta cuando la palabra ha dejado de existir; al contrario, constituye la esencia de todo lenguaje humano, ya que representa su fuente original y su fin último.