ed91 / De las “calaveras”, muertos y ritos
“El mexicano frecuenta a la muerte, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor permanente”
Octavio Paz
El laberinto de la soledad.

Dicen que los mexicanos no le tienen miedo a la muerte, pero la respetan y la festejan, aunque también se mofan de ella y le han puesto a lo largo del tiempo múltiples apodos, entre los que destacan algunos por demás ingeniosos como la Calaca, la Catrina, la Huesuda, la Parca, la Dientona, la Flaca, la Pálida, la Pelona.

También nuestra transición al otro mundo puede ser descrita con una jocosa diversidad de frases, tales como: ya nos cargó la chingada, se lo cargo el payaso, ya colgó los tenis, se lo llevo la tía de las muchachas, le dieron piso, chupo faros, ya marcho, le dieron cran, y otras ideas mortuorias.

Los muertos mexicanos tienen su día, en el cual celebramos su partida y los recordamos invariablemente mediante todo un rito, entendido este como “…un acto religioso o ceremonial repetido invariablemente, con arreglo a unas normas estrictas. Los ritos son las celebraciones de los mitos, por tanto no se pueden entender separadamente de ellos. Tienen un carácter simbólico, expresión del contenido de los mitos. La celebración de los ritos (ritual) puede consistir en fiestas y ceremonias, de carácter más o menos solemne, según pautas que establece la tradición o la autoridad religiosa.” (http://es.Wikipedia.org/wiki/Rito).

En México, el rito de la celebración del Día de los Muertos –de orígenes prehispánicos- se celebra el 2 de noviembre, fecha en la cual, las familias acuden a los panteones a visitar a los “santos difuntos”, les llevan flores, limpian sus tumbas, pintan sus lápidas, encienden velas, rezan por ellos. También en los hogares mexicanos el Día de los Muertos se elaboran altares especiales dedicados a los difuntos, llenos de objetos que agradaban en vida a las personas muertas, desde alimentos y bebidas favoritas, hasta dulces y mercancías de uso cotidiano de los ausentes.

“El mexicano frecuenta a la muerte, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor permanente”

Uno de los elementos fundamentales de la cultura popular mexicana es el culto a la muerte, la cual se remonta a la época prehispánica; existen vestigios de dichos cultos en restos arquitectónicos, utensilios, pinturas y cerámica hallados en diversos centros ceremoniales. En el periodo prehispánico, la muerte era considerada como un tránsito inevitable, a otro estado donde cesaban las penas y sufrimientos, por ello la muerte no inspiraba temor. Esta concepción ha permeado la cultura mexicana y ha estado presente en la historia de México, y está representada en su literatura.

En este período, la muerte era considerada como un tránsito inevitable, a otro estado donde cesaban las penas y sufrimientos, por ello la muerte no inspiraba temor. Así, pensaban que en realidad, los muertos no mueren, sino que están en tránsito permanente, y pueden recorrer el camino de regreso si tienen los alimentos y objetos útiles para el retorno. Por eso se ponen los altares y ofrendas en las casas.

Los antiguos mexicanos consideraban que el espíritu de los hombres era inmortal, y que existía un lugar donde iban a parar las almas de los muertos. Sitio al que denominaban Mictlán. Pero llegar a Mictlán no era sencillo, más bien era bastante peligroso para los muertos, que tenían que afrontar una larga travesía con múltiple obstáculos y esfuerzos, desde atravesar profundos ríos, escalar inmensas montañas, enfrentarse a fieras salvajes, razón por la cual habría que tomar las debidas precauciones para aligerar el viaje a los difuntos.

En sus tumbas, los antiguos mexicas depositaban en las ofrendas toda clase de alimentos y bebidas, así como objetos útiles para el viaje, como cuchillos de obsidiana, sirvientes y perros guías. Hábiles para transformar los rituales paganos prehispánicos, los antiguos misioneros intentaron erradicar esas costumbres. No pudieron del todo, sin embargo la hicieron coincidir con la fiesta religiosa de “Todos los Santos”. Pero en el espíritu y en la conciencia de los antiguos mexicanos quedaron restos de su tradición original.

Los muertos son nuestros muertos, son seres que amamos y esperamos que compartan nuestro pan, nuestras penas y nuestras alegrías. Nuestros muertos jamás podrán lastimarnos y hacernos daño, y los recordamos invitándolos a comer sus alimentos predilectos, compartiendo con ellos en este día tan especial, el día de muertos.

Esta concepción ha permeado la cultura mexicana y ha estado presente en la Historia de México, donde se guarda un fervor y sentimiento especial ante la muerte. La cual se constituye como un espejo que refleja nuestra forma de vida. Nuestro paso por el mundo. De ahí la existencia de un viejo dicho mexicano que nos ilustra esta transición inevitable: “dime como mueres y te diré como eres”.