Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001 y vicepresidente senior del Banco Mundial, es uno de los grandes teóricos de la economía que como ave cruzó por el pantano de la globalización y de sus instituciones internacionales depredadoras saliendo ileso, solo con leves raspones y manchas que su razón y sus reflexiones sobre sus vivencias le han ido destiñendo. Desde las primeras filas Stiglits vivió y presencio los efectos nocivos que trajo consigo las orientaciones económicas neoliberales, y su aplicación plasmadas en políticas económicas manipuladas por intereses financieros e ideológicos en el contexto de la crisis y en el marco de la globalización.
El planteamiento básico de Stiglits consiste en señalar que el actual sistema capitalista no está enfermo, enfermos están las instituciones y demás actores que lo administran y manejan. Para Stiglits la reestructuración del sistema podrá crear una nueva administración que atienda a los reclamos de los países desarrollados, y subdesarrollados. Stiglits nos advierte que no es justo que más del 50% de la población mundial viva sumida en la pobreza, la exclusión, el analfabetismo, la enfermedad y la miseria. Es inhumano que actualmente unos 1.200 millones de personas en el mundo vivan con menos de un dólar diario, al mismo tiempo que 2.500 millones de personas vivan con menos de dos dólares diarios. Stiglits nos dice en su célebre libro “Malestar en la globalización” que: “Cuando una nación está en crisis, el FMI toma ventaja y le exprime la última gota de sangre. Prenden fuego, hasta que finalmente la caldera explota. Han condenado pueblos a la muerte. No les preocupa si la gente vive o muere. Las políticas socavan la democracia (…) es un poco como la Edad Media o las Guerras de Opio (La mejor democracia que se puede comprar con dinero)”. Por tanto, para Stiglits la globalización salió vana, no cumplió con lo que prometió. Pospuso nuestro ingreso al reino de la abundancia, la prosperidad y el bienestar social. La globalización no atendió a los desamparados, ni permitió un mayor acceso a la participación ciudadana, a la información, ni al acceso a la salud y a la educación.
Los resultados hasta la fecha han sido deprimentes, las desigualdades sociales se agudizaron, las disparidades económicas regionales y nacionales se han ensanchado, la transparencia y el acceso a la información se ha visto rodeada de innumerables obstáculos, incrementándose los índices de corrupción y disparándose la implementación de políticas injustas. Por lo cual Stiglits se propuso analizar y describir las atrocidades que generan las instituciones financieras internacionales con sus políticas de ajuste y reestructuración, para que la opinión pública tenga conocimiento del fin y del accionar de las organizaciones globales y de los Estados, para poder así reclamar los efectos perversos que sus acciones y omisiones generaron.
Plantea Stiglitz, en su texto “El malestar en la Globalización” que el Fondo Monetario Internacional no ha cumplido los objetivos e ideales que lo fundaron, ya que gracias a su concepción de la perfección y el equilibrio de los mercados, hundió en la pobreza y el caos a aquellos que eran los más pobres dentro de los pobres. Los organismos financieros internacionales recomendaron aplicar políticas que solo permitieron exacerbar las crisis y llevar al mundo al borde de un colapso económico global. Con mucha razón miles de personas alrededor del mundo reclaman por un mundo más justo y equitativo. Y reclaman porque advierten que los mercados y los Estados están lejos de ser perfectos. Pero el FMI está convencido de que los mercados conforman una institución perfecta, y de ahí los grandes errores cometidos. Lo grave es que no se reconozcan dichos errores y se continúe por el mismo camino.
Otras ideas de Stiglits consisten en advertir que el mundo está todavía demasiado lejos de resolver sus problemas, un buen comienzo para su transformación consiste en la supresión de la arquitectura de las estructuras financieras internacionales, al igual que el cambio en la manera de concebir nuestro esquema mental en torno a la globalización. La globalización se ha tornado en una amenaza a la identidad de los pueblos, su historia y sus valores culturales. Stiglits señala que no se necesita de guerras para generar pobreza o malestar: basta con destruir culturas y religiones, al igual que el reconocimiento de que no sólo socavan la democracia los regímenes dictatoriales: la socava también la injusticia social.
Por otra parte, Sigmund Freud el creador del psicoanálisis, que revolucionó el mundo de la psicología y del entendimiento del inconsciente, en su célebre texto el “Malestar en la Cultura”, nos explica las salidas que tenemos los simples mortales para sobrellevar la carga de existir en un mundo inhumano; Freud nos dice: “Tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla, no podemos pasarnos sin lenitivos («No se puede prescindir de las muletas», nos ha dicho Theodor Fontane). Los hay quizá de tres especies: distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas que la reducen; narcóticos que nos tornan insensibles a ella. Alguno cualquiera de estos remedios nos es indispensable. Voltaire alude a las distracciones cuando en Candide formula a manera de envío el consejo de cultivar nuestro jardín; también la actividad científica es una diversión semejante. Las satisfacciones sustitutivas como nos la ofrece el arte son, frente a la realidad, ilusiones, pero no por ello menos eficaces psíquicamente, gracias al papel que la imaginación mantiene en la vida anímica. En cuanto a los narcóticos, influyen sobre nuestros órganos y modifican su quimismo.
No es fácil indicar el lugar que en esta serie corresponde a la religión. Tendremos que buscar, pues, un acceso más amplio al asunto”. (Sigmund Freud, El malestar en la cultura)
“Satisfacciones sustitutivas”, las llama Freud: La jardinería, el arte, los narcóticos, la religión, y en la globalización actual tenemos sin duda al Internet y demás medios masivos de comunicación; en México preponderantemente la televisión como medio de poder capaz de influir en los procesos electorales y en las decisiones trascendentales de las políticas gubernamentales. Niklas Luhmann en su texto “La Sociología del Riesgo”, nos introduce al carácter sistémico de los movimientos sociales y de la potencial fuerza de la protesta como elemento comunicacional, aunque toda protesta encierra en sí una paradoja, Luhmann nos dice: “Las protestas son comunicaciones que se dirigen a otros y que reclaman la responsabilidad de éstos. Critican las prácticas o situaciones de quien debería garantizar el orden, pero no se comprometen a reemplazarlo. No se trata de un cambio de posiciones, no se trata de una oposición política que quisiera asumir el gobierno y así disciplinarse de antemano, pues lo tiene que hacer y ha de ser capaz de hacerlo. Se trata más bien de expresar la insatisfacción, de manifestar las ofensas y los perjuicios y frecuentemente el deseo violento Puede que haya razones y buenas razones y faltas obvias del otro lado. Pero la forma de la protesta es precisamente una forma que presupone el otro lado que puede reaccionar frente a la protesta. Con el colapso de esta diferencia, la protesta se viene abajo. Por un momento se tiene la impresión de que la sociedad protesta contra sí misma. Sería, sin embargo, una situación inestable y paradójica y, aunque inmediatamente después fuera descrita como revolución, uno de nuevo se encontraría en el camino de las condiciones normales y de nuevas protestas. Una protesta, dijimos, es comunicación, y por lo pronto nada más que eso. (Niklas Luhmann, “La Sociología del Riesgo”).
Sygmunt Bauman, uno de los nuevos filósofos irreverentes de nuestro tiempo, en una entrevista reciente nos advierte sobre las transformaciones que se han operado a nivel de las respuestas sociales en contra de las calamidades sistémicas que padecemos, la “modernidad líquida” como la llama Bauman, ha suscitado cambios contra-sistémicos que han aprendido y puesto en práctica la juventud globalizada. Bauman nos responde a pregunta de Héctor Pavón: “¿Hay futuro? ¿Se puede pensarlo? ¿Existe en el imaginario de los jóvenes? El filósofo británico John Gray destacó que “los gobiernos de los estados soberanos no saben de antemano cómo van a reaccionar los mercados (…) Los gobiernos nacionales en la década de 1990 vuelan a ciegas.” Gray no estima que el futuro suponga una situación muy diferente. Al igual que en el pasado, podemos esperar “una sucesión de contingencias, catástrofes y pasos ocasionales por la paz y la civilización”, todos ellos, permítame agregar, inesperados, imprevisibles y por lo general con víctimas y beneficiarios sin conciencia ni preparación. Hay muchos indicios de que, a diferencia de sus padres y abuelos, los jóvenes tienden a abandonar la concepción “cíclica” y “lineal” del tiempo y a volver a un modelo “puntillista”: el tiempo se pulveriza en una serie desordenada de “momentos”, cada uno de los cuales se vive solo, tiene un valor que puede desvanecerse con la llegada del momento siguiente y tiene poca relación con el pasado y con el futuro. Como la fluidez endémica de las condiciones tiene la mala costumbre de cambiar sin previo aviso, la atención tiende a concentrarse en aprovechar al máximo el momento actual en lugar de preocuparse por sus posibles consecuencias a largo plazo. Cada punto del tiempo, por más efímero que sea, puede resultar otro “big bang”, pero no hay forma de saber qué punto con anticipación, de modo que, por las dudas, hay que explorar cada uno a fondo”. (Sygmunt Bauman: modernidad “liquida”, cultura e incertidumbre en el nuevo capitalismo, entrevista a Sygmunt Bauman, por Héctor Pavón).