ed83 / Olores de la infancia

En alguna ocasión leí un pensamiento de una ciudadana cubana que lejos de su tierra, la añoraba refiriéndose a sus «olores de la infancia»; escribía sus recuerdos de los aromas del café, los fermentados de caña de azúcar y los efluvios de las barricas humedecidas por el ron en reposo.

Se debe a los relevos cerebrales entre la percepción del mundo exterior y las áreas neuronales donde depositamos la memoria, que nos permiten evocar olores, sonidos y sensaciones propias de nuestra vida, relacionándolos con otros más estructurados, tales como hechos familiares, vivencias de todo tipo y, sobre todo, personas que han sido importantes en nuestras vidas.

Con tal estímulo, vinieron a mi memoria recuerdos de aquel Torreón del siglo anterior, recordando a los mayores sentados en sillas a las afueras de sus casas, dialogando con los vecinos y transeúntes, en una ciudad que aún permitía la relación social estrecha.

Los que vivimos en el «centro» -yo en la Presidente Carranza, casi esquina con Calle Blanco- recordamos los aromas del pan árabe recién horneado por Don Abraham, elaborado por las tardes en su panadería; o el bullicio provocado en las calles por los «pizcadores», que antes del amanecer esperaban las camionetas que los transportarían a los algodonales y claro, aquel olor molesto, cuando decíamos ofuscados: «¡está pegando la meta!».

Vaya que es verdad ese mensaje; quienes vivimos en el centro, en el barrio que algunos llamaban «las casas de los “arabitos», pudimos disfrutar del aroma del “kipe” horneándose o las hojas de parra cocinándose y algunos, como yo, reconocer el mole o guisados mexicanos elaborados por Tencha, mi mamá, famosa por sus habilidades de cocinera.

Los mayores, seguramente recordarán los domingos de «misa de una de la tarde», para luego acudir a la Alameda, donde los restaurantes y bares ofrecían «la botana» y en plena banqueta, quizá sentados en el interior de los coches, recibían sus «tanques» con cerveza y los bocadillos que servían de alimento antes de acudir al futbol, fueran aficionados del Laguna o Torreón. ¿Ya llegaron a su memoria aquellos sabores o la música de tríos y mariachis que alegraban la tarde?

Y que me dice de los ruidos de la Feria del Algodón y de la Uva, con sus exposiciones ganadera e industrial y sus sonidos musicales enviados desde los variados puestos, o el ruido de los juegos mecánicos y los gritos de «regalado…regalado…regalado» de los “riferos”. Siempre me pregunté porqué gritar si tenían un micrófono amarrado para que les quedara lo más cerca de la boca y anunciar sus sorteos.

Seguramente Usted tendrá sus propios «olores de la infancia», como aquellos percibidos en los «días de campo», cuando acudíamos los laguneros a la Rivera del Nazas y disfrutábamos de mañanas y tardes de convivencia, montar a caballo y comer taqueando. No pocos ligamos novia en esos paseos y varios amigos terminaron casándose con ellas; ¿verdad Pablo Guzmán o Salvador Flores?

Jesús Sánchez Adalid, escribió una bellísima historia costumbrista que llamó «Mozárabe». En ella, hace una hermosa descripción de la ciudad, atribuyéndosela a uno de sus personajes:

“Todo hombre lleva una ciudad inscrita en el corazón; la de los recuerdos de la infancia, la que guarda en su seno una casa, una calle, con rumores de niños jugando, olores de comida recién hecha escapando por las chimeneas, el martilleo de lluvia en los tejados, el calor del hogar en el invierno, el refugio del fuego exterior en los veranos; pregoneros mañaneros, parloteos de vecinas, riñas, canturreos y carcajadas. Una ciudad que en cada esquina, en cada plaza, guarda el misterio del pasado y el presente; en un aroma, en un sonido, en el sol de la tarde sobre una pared; en el raro espacio del tiempo detenido, capaz de evocar el recuerdo más dulce. Para cada uno, su ciudad reserva una atmósfera cálida y hospitalaria que no podrá hallar en ninguna otra parte”.

Vaya que es verdad ese mensaje; quienes vivimos en el centro, en el barrio que algunos llamaban «las casas de los “arabitos», pudimos disfrutar del aroma del “kipe” horneándose o las hojas de parra cocinándose y algunos, como yo, reconocer el mole o guisados mexicanos elaborados por Tencha, mi mamá, famosa por sus habilidades de cocinera.

Igual sucedía con quienes vivían «por la Alameda» o al oriente de la ciudad y ni que decir de las sensaciones de frescura de las tardes veraniegas de Lerdo, Durango, con sus helados de la plaza o las nieves del «mangas mochas» de Gómez Palacio.

Qué tiempos aquellos, en que disfrutábamos de nuestras ciudades, algunos regresando de fiestas o bailes a pie y platicadores, a eso de las dos o tres de la mañana y si contábamos con vehículo, hacer un alto en las “menuderías” que tenían abiertas sus puertas a esas horas de la madrugada.

Cuando leí la frase «olores de la infancia», luego de pasar un buen rato abstraído con los recuerdos, no pude evitar pensar en todo lo que han perdido nuestros jóvenes, que prefieren dejar a la hermosa Laguna que nosotros vivimos y que no hemos podido recuperarles. ¿Recuerda?