El término Cultura es uno de esos conceptos gelatinosos, difíciles de asir, de atrapar y definir. Existe toda una diversidad de variantes para concretarlo, todas ellas en función del enfoque teórico en que se desarrollan. Así podemos encontrar una inmensidad de definiciones desde la perspectiva de los culturalistas, del estructural funcionalismo, del marxismo, del evolucionismo, del antropologismo y de tantas otras vertientes teóricas.

En sus orígenes, el concepto cultura nos remitía a la idea de crecimiento y mejoramiento personal y espiritual, en analogía al proceso de desarrollo de las plantas, de ahí su derivación del latín “cultura”: cultivo. La evolución del concepto permitió la síntesis de dos procesos que engloba este concepto “liquido” como diría Bauman: por un lado la idea de la “alta cultura” manifestada en el gusto por las bellas artes y las humanidades. Y por otro lado como el conjunto de saberes, creencias y conductas de los grupos sociales, manifestado en la creación de los medios materiales necesarios para subsistir.

“Este primer concepto de cultura continúa vigente. La cultura como libertad que crece, gracias a las grandes obras literarias, musicales, visuales, no es la cultura de los etólogos, ni de los antropólogos.

Es decir la cultura como la acción de cultivar la literatura, historia, música, bellas artes y otros conocimientos, necesario para el crecimiento espiritual humano, sumado a la necesaria generación social de instrumentos y herramientas (tecnología), para la producción de satisfactores materiales.

José Vasconcelos señalaba: “La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral.» Mientras que José Martí nos advertía sobre la importancia de la cultura como elemento libertario y de cohesión social. Martí decía “La madre del decoro, la savia de la libertad, el mantenimiento de la República y el remedio de sus males es, sobre todo lo demás, la propagación de la cultura.»

Gabriel Zaid, nos refuerza la idea de la cultura como espacio de libertad, y como elemento de contacto y retroalimentación entre los creadores y los receptores de las obras artísticas, como elemento necesario para el logro de una mejor y mayor comunicación social tendiente a incrementar nuestra felicidad. Zaid nos dice: “Este primer concepto de cultura continúa vigente. La cultura como libertad que crece, gracias a las grandes obras literarias, musicales, visuales, no es la cultura de los etólogos, ni de los antropólogos. Es la cultura que se hace personalmente, tanto en el momento de creación de los clásicos, como en el momento de recrearlos y recrearse leyéndolos (escuchándolos, viéndolos). Tampoco es el saber de los especialistas, ni la mundanidad de los mundanos. Es la cultura de lectores y autores que se hacen y rehacen en las obras, y que leyendo crecen como personas. Una cultura libre, independiente de la edad, las aulas y los créditos curriculares, independiente de la posición social y de la disciplina monástica. Una cultura afortunada, que depende de la buena suerte: de encontrar un texto que es una revelación, y de encontrar con quienes compartir la animación por ese encuentro feliz. Si la cultura fuese medible, se mediría por la animación que despierta una obra en la conversación. La cultura no depende de la cantidad de libros leídos, sino del nivel de la conversación que comparte la felicidad de leer, escuchar, contemplar. (Gabriel Zaid, El primer concepto de cultura, Letras Libres, Noviembre de 2006)
Otra forma de abordar el concepto de cultura tiene que ver con la comprensión de las condiciones sociales en que se producen las ideas y representaciones de la realidad mediante la expresión artística y la producción cultural. Donde necesariamente tienen que incluirse la perspectiva espacial y territorial. Felipe Espinoza, profundiza sobre esta perspectiva, donde las ciudades y sus transformaciones inciden en nuestra concepción del arte y la cultura.
Espinoza nos señala: “A partir de estos cambios de la ciudad, la cultura emerge como un campo de estudio capaz de organizar la crítica y la resistencia. No sólo a partir del orden social de la arquitectura es posible caracterizar las transformaciones significativas sobre las cuales se produce la comunicación entre cultura y territorio. También en la transformación de la luz, del clima, del color y la forma natural se van a producir los quiebres y discontinuidades. El edificio o la edificación moderna capitalista, interrumpe estos procesos que conectan e interrelacionan los componentes, agente, persona, artista, producción cultural, expresividad, entorno y mediación. En las nuevas condiciones de la ciudad aparece el arte y la cultura, la percepción y significación del entorno, los fragmentos cognitivos que articulan la vida social. Pero al mismo tiempo es en la ciudad donde aparece un nuevo tipo de cultura, una cultura crítica y política, de percepciones nuevas que pueden ser exploradas e interpretadas. Los lugares de encuentro, las instalaciones de la cultura institucional, los espacios urbanos y la vida social de las ciudades aparecen como elemento articulador de la investigación y estudio de la cultura en la actualidad”. (Felipe Espinoza P: «El Espacio de la Cultura o la Cultura Como Espacio: Elementos para el Estudio de las Ciudades» Recuperado el 20/02/2013 del sitio web de Revista El Topo http://www.eltopo.cl/el-espacio-de-la-cultura-o-la-cultura-como-espacio-elementos-para-el-estudio-de-las-ciudades.)
Nos encontramos pues en presencia de un concepto complejo, con relaciones igualmente diversas entre los creadores sociales de la cultura con sus prácticas de producción y expresión cultural en espacios históricamente determinados, y su influencia constructiva en la vida cotidiana de las personas.
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