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La habana Cuba
Nacemos predestinados para Alfa. Los incontables textos de auto superación nos repiten que podemos ser lo que queramos, siempre que nos dediquemos con ahínco a esa conquista; pero… ¿Qué es lo que queremos hacer con nuestra vida? De eso se encargan los animados infantiles, los videojuegos, las películas, nuestros padres, la escuela. Todo un sistema experto que sustituye nuestra natural tendencia social por el egoísmo triunfalista. Así pasamos de querer ser Supermán al sueño de ser cantantes, o modelos. Después nos basta con dirigir una modesta empresa de marketing. Finalmente nos conformamos con un buen trabajo (quiero decir: con un buen sueldo).

Comprendemos que hemos sido timados, no es tan simple el asunto; y llegamos a creer cándidamente que estamos salvados del engaño. Más, la cansina maquinaria que mueve los engranajes de la vida moderna ha sembrado en nosotros una convicción malsana: La vida humana solo tiene sentido si se alcanza (o al menos se tiende a) la categoría VIP (very important person)
Es la nobleza contemporánea, el pedigrí, la cota alta de la especie. Hay salones VIP en los aeropuertos, en los Hoteles, en la conciencia de los hombres.
Contaminados con esa convicción nos convertimos en portadores de su veneno. Triunfar, en cualquier punto de la geografía social, significa: Ser mejores que los otros, trepar sobre los otros, separarnos de los otros, defendernos de los otros. El egoísmo se pasa a nuestras relaciones de pareja, después a la familia. Tal vez comprendimos la falacia, pero no nos exonera de pretender que nuestros hijos lleguen a ese lugar esquivo y soñado. Ser un amoroso padre solo significa si el hijo es triunfador. Ser buen esposo (o buena esposa) solo significa si la pareja es triunfadora. Entonces todo tiene sentido. La génesis de un VIP irradia y justifica.

En el teatro de la Grecia antigua los personajes más abordados eran reyes, guerreros famosos, también en la época Isabelina. Ahora son los propios actores los personajes más abordados y aplaudidos. Paradójicamente el porciento de actores con respecto al conjunto de la sociedad es muy bajo, y sus dramas son ridículos si los comparamos con los de un pobre minero por ejemplo ¿Qué hace tan atractivo a los primeros? La respuesta es vertical: son los problemas y las peripecias de una casta que la sociedad percibe como “triunfadora”. Es la razón por la que el hecho de que un personaje que sufre porque no le dan los papeles que merece, son más trascendentes que el desamparo de una mujer cuyo esposo quedó sepultado en lo profundo de una mina.

La dinámica del modelo liberal-productivista ha creado un sistema, y ha creado espejos para mimetizarse. Es un modelo profundamente inhumano y segregacionista; pero la crítica rebota en sus espejos.
Si alguien es rechazado por el color de su piel ¿La culpa es del sistema? No, es de los blancos racistas. Si una mujer recibe menos salario del que merece ¿De quién es la culpa? De los machistas. Si alguien es humillado por sus preferencias sexuales ¿A quién atacamos? A los homofóbicos. Pero ante un local que tenga un cartel VIP no hacemos nada. La única discriminación que aceptamos es la valoración de un semejante atendiendo a la cantidad de dinero que posea. Es curioso. Hemos llegado a aceptar que los humanos tenemos dos categorías.

Contaminados con esa convicción nos convertimos en portadores de su veneno. Triunfar, en cualquier punto de la geografía social, significa: Ser mejores que los otros,

Echemos un vistazo al campeón de este modelo irracional, radiografiemos al Macho Alfa, penetremos la categoría VIP, o mejor… MMP (“Much Money Person”. Persona con mucho Dinero)
Primero, frialdad innata de sentimientos que permita concentrarse en el objetivo sin parpadear incluso ante el suicidio de un semejante. Una predisposición especial para el narcicismo y la arrogancia, inteligencia rápida y, por supuesto, que sus intereses estén por encima de todo, también sobre la salud del planeta (esto es rápido pero ya no tan inteligente). Si conocen a alguno que no es exactamente así, es que a su pesar, tampoco son perfectos.
En el argot de las altas esferas, cuando aparece un joven con las características necesarias para “triunfar”, se dice que tiene “Instinto asesino”. Emociona ver palabras con argumentos tan sólidos.
Para la hembra Alfa todo es más complicado. Cada 28 días es sacudida por el redoble hormonal y tiene que sortearlo sin fisuras visibles. No se puede mostrar fragilidad entre fieras. Si queda grávida su posición se debilita drásticamente. No se otorga la categoría VIP por labores menores como: Parir, ser buenas madres, buenas cocineras domésticas, preparar a los hijos. Es la razón por la que las sociedades desarrolladas han visto menguar peligrosamente la tasa de natalidad.

Es aterrador un sistema que valore la capacidad que tiene la mujer de producir ganancias económicas por encima de la rareza maravillosa de portar el arcano de la creación ¿Cuánto dinero vale el asombro?
Leí de joven una anécdota que involucraba al extraordinario ajedrecista José Raúl Capablanca. He olvidado donde, y los detalles, así que lo contaré como fábula:
En un prestigioso torneo se enfrentaban el invicto campeón mundial y un modesto maestro. La partida fue sellada con ventaja determinante para el primero que decidió no presentarse al otro día a la reanudación, seguro de que los asesores de su contrario lo convencerían para que enviara la rendición por escrito. Dicen que el campeón tenía cita con una bella y enigmática mujer; pero ese no es el asunto.
El asunto es que el maestro se presentó en la sala para vender cara su derrota, hizo su jugada y activó el reloj. Con cada minuto aumentaba el nerviosismo entre los presentes. A pesar de la ventaja el campeón estaba a punto de perder por tiempo. Sería su primera derrota en muchos años. El nombre del oscuro maestro sentado frente al tablero llenaría los titulares de la mañana.

Mas, ocurrió algo insólito, cuando estaba al caer la bandera del campeón, el maestro detuvo el reloj, inclinó su rey, y salió de la sala bajo un aplauso unánime. Por supuesto que los periódicos solo reseñaron un triunfo más del líder; pero ese olvidado maestro durmió feliz (algo simple que Michael Jackson no pudo hacer por muchos años) porque valoraba más su honestidad que una victoria inmerecida.
Imaginen ahora un partido de fútbol entre el Real Madrid y El Barcelona. Imaginen que el árbitro se equivoca y decreta injustamente un penal a favor del primero. Imaginen que el director del Madrid quisiera ganar en buena lid y no por la involuntaria ayuda de un error arbitral. Imaginen que ordena a su artillero que patee el balón hacia el público para continuar el partido en igualdad…
Les dejo la tarea de imaginar (porque no lo verán en la realidad) qué sería de ese entrenador si pusiera en acción su honestidad y perdiera finalmente el partido.

Groucho Marx calificó el libre-productivismo triunfalista con un cinismo brillante:
“El secreto del éxito, es la honestidad… si puedes evitarla… ¡éxito seguro!”
No hay dudas: Hemos sido engañados. Todo comenzó con una máxima dolosa: “Crecer, para después igualar”, que determinó el rumbo de esto que llamamos economía y posibilitó la falacia de los Alfa.
Esta máxima, en palabras simples, dice que los aventajados deben ir al frente, producir en abundancia (cueste lo que cueste) para después repartir entre los débiles e incapaces…. Se ve bien, es lo que hacen los lobos. Su inhumanidad radica en la pretendida aceptación de que existen dos tipos de humanos, y en que la acentuada ventaja de unos sobre otros radica en la habilidad para la creación de materialidades, por encima de lo que nos hace verdaderamente humanos y no lobos: La espiritualidad.
“Igualar, para después crecer” es la máxima que separó a los primeros humanos de los animales, la de los pueblos originarios, la del futuro.
Es lo que intentan varios países de nuestra patria americana cuando proclaman servicios médicos, alimentos y educación para todos. No es extraño que el monstruo financiero perciba esa política como un fracaso económico.
Es de hecho un fracaso económico atendiendo a los patrones triunfalistas. Es también el único remedio a los estertores del planeta, y tal vez la única esperanza de perpetuidad del nuestra especie… y de nuestros sueños.