Entonces, una de esas mañanas de clases me acerqué a Álvaro y le pregunte: ¿cómo se llama ella? Y señalé disimuladamente a la niña. ¿Te gusta?, preguntó. No, respondí titubeando porque pensé que me iba a molestar. Ya pe cholo, dime si te gusta, me dijo con una sonrisa de confianza. Sí, contesté seguro porque ya se me había pasado la nostalgia de Vilma, y empecé a sentir el cosquilleo que jamás había sentido antes, porque lo de la chiclayana no fue tan profundo. Luego Álvaro me comentó que era hija del director, que está en la banda de guerra, y cada vez me hacía esperar para responder lo que más me interesaba. Hasta que por fin el resultado llegó: se llama Dercy. Ahí se me grabó su nombre, junto a los cosquilleos cada vez más intensos, ahí sentí lo que es el amor. Sé que fue amor y no ilusión, porque bien he aprendido que ilusión es cuando se piensa, amor es cuando se siente y yo lo he sentido.

Compartimos el salón por tres años y todo ese tiempo la quise exageradamente, pero como estuve subyugado por una timidez más grande que yo, jamás le dije que me habría gustado estar con ella, que deseaba darle un beso y abrazarla, nunca le dije nada a pesar de que tuve oportunidad de hacerlo en la primavera del cuarto año de primaria. La eligieron reina y a mí, su paje. Esa oportunidad hizo florecer la esperanza en mis adentros infantiles, sentí que dentro de mi alma era septiembre de primavera como un Sí sagrado. Pasé más tiempo con ella sin la molestia de los chibolos de clase. Sólo los dos y nuestras madres quienes platicaban sobre el futuro de nosotros y cosas de señoras mientras nos vestían. La amé a toda vida, y ahí su imagen fue a grabarse, intacta, hasta en los ínfimos rincones de mi memoria, para quedarse conmigo todos los segundos que logre mi existencia.

En la primavera del quinto grado me dejó de hablar por una tontería. Se alejó de mí. Nada era igual y tuve la sensación de haberla perdido. Me cayó la nostalgia y no la superé hasta cuando estuvimos en primero de secundaria cuando en un encuentro casual me dijo Hola, y fue todo.

Por ese año me dijeron que ya tenía enamorado en el mismo colegio y que éste era dos años mayor que ella. Supe del fulano y odié tanto al hijo de puta que quise buscarlo para darle punto final a su vida; pero decidí no hacerlo porque me di cuenta que el perdedor sería yo.

Para segundo año de secundaria viajó a Chiclayo, entonces mis esperanzas se agotaban porque durante cuatro años, sólo en dos ocasiones la vi y en esas dos oportunidades extrañé ese Hola de algún tiempo.

Para suerte mía, conseguí el número de teléfono y la dirección de su casa. Cuando le marqué me puse nervioso, temí que rechazara mi llamada, pero contestó y titubeé al principio, luego todo se arregló con el transcurrir de las monedas que introducía al teléfono público. Conversamos tantas cosas y nuevamente mi esperanza volvió. Hablamos tanto que no parecía haberme dejado de hablar, y tanto que ni le pregunté por qué lo había hecho.

La llamé en tres o cuatro ocasiones, una de esas llamadas fue para invitarla a salir y hablar de nosotros pero se negó a mi pedido. Hasta que dejé de verla; después me enteré que viajó a Trujillo y partieron con ella mis esperanzas.

Ahora ya pasaron más de tres años desde la última vez que la vi. Paseaba con mi primo Christian por el centro de Chiclayo, ella iba con su madre. Caminamos por la misma vereda pero en sentido contrario. La imagen de ese momento inexplicable, vive indeleble para nunca dejarme. Aquella imagen es la que me hizo escribir ese poema, el cual me lo aprendí para recitarle al viento a viva voz en la soledad de mi cuarto, haber si éste lo lleva hasta sus oídos y así sienta cuánto amor existe en cada letra.

¿Qué hará por las noches, en qué brazos se apoyarán los suyos? Pero dichoso aquel que la ha besado. Dichoso Huanchaco si sus playas tocaron su piel algún verano.

Terminando de escribir el último verso, me acosté mientras la niña llegaba, ya toda una mujer, a esta ciudad, buscándome para decirme que también me ama como yo. Mi cuarto era una cámara de humo que apenas yo resistía con los ojos rojos, con sed de desierto y un hambre que rugía en mi estómago. Un poco más tarde sonó la puerta de la casa y salí con premura. Sabía que darías conmigo, puta madre, lo sabía. Solté una carcajada de felicidad y al abrir la puerta: Quiúbole. Oye, vengo por lo de la renta. Pero me reí, metido en el corazón, en la profundidad de algo que no puedo darle nombre, y con una desilusión que cosquilleaba mis emociones.