Mucho se ha dicho al respecto de la desintegración del tejido social y como consecuencia de ello, la realidad social que hoy tenemos. Poco se dice también, que hubo siempre latente entre nosotros un fenómeno que lo llevamos a estados de verdadera preocupación, sin embargo nada, verdaderamente relevante hicimos para abatirlo, me refiero al flagelo de la Corrupción, mismo que ha prevalecido y se ha enquistado como todo un estilo de vida de un modo tan evidente y público en México desde inicios de la segunda mitad del siglo pasado.

La relación existente entre la primera desviación moral referida y las condiciones complejas y lacerantes que nos aquejan, no es muy difícil de explicar o hilar, en función de que, una vez expresadas queda de claro manifiesto, como fuimos adoptando conductas decadentes, me parece,  para ser sincero y a título personal que incluso, tarde fueron expresándose las primeras derivaciones consecuentes y prevalentes.

No obstante, algunos analistas, estudiosos y gobiernos, aun se preguntan ¿En qué momento nos perdimos como sociedad?.  Para vernos como personajes extraños, indolentes, apáticos, tan desenfadados de nuestro futuro y expectativas colectivas, que nuestros propios hijos hoy son tan «libres» que no importa, mientras no nos ocupen tanto, porque también compramos nuestra propia libertad en esta metamorfosis.

Dejamos de exigirnos y pedir más de los que nos rodean, y aceptamos, y toleramos «Que importa si no es tan sincer@, yo tampoco lo soy» toleramos vernos un poco cuanto deshonestos, al fin todos los somos y pareciera que quien responsable y sincero, fuera calificado de tonto, ya que progresar no requería tanto esfuerzo en este país.

No es tanto el Marketing, ni los modelos consumista, tampoco la vorágine intelectual de nuevas tendencias conducta les, no lo es la proliferación de leyes y emancipación de derechos, tampoco lo fueron la globalización, ni las nuevas tecnologías, todas estas en su conjunto solo se amalgamaron con los hábitos e idiosincrasias, en el campo fértil.

Somos un solo ente, plural, diverso pero cohesionado por factores histórico-culturales, una masa social indivisible, y que fallamos; que no es culpa de variables externas sino única y exclusivamente de nosotros la responsabilidad.

Permitimos en aras de la modernidad darnos mayores permisos y derechos aunque no nos correspondieran, llegar mas o menos tarde al trabajo, pasarnos una luz roja, entrar sin reservar o sin pagar, obtener una mejor calificación, conducir en estado inconveniente, fue solo el principio de una corriente de hábitos que hicimos permisibles solo para los más hábiles e inteligentes, a los ojos de todos incluso de nuestros hijos, al fin, justificamos en nuestro imaginario colectivo «Quien no tranza no avanza» y nos lo hemos creído al extremo que damos por hecho que quien vive fuera de este precepto es un inadaptado, ingenuo y débil.

Tanto asumimos este rol, que era imposible subsistir sin pensar en el chantaje, el cohecho y la mordida como una manera aceptada de rutina. Y así nos dispusimos a traspasar el umbral de nuestras existencias, evitando, si se podía, las filas y los turnos, agilizando como fuera nuestros tramites, evitar la multa de tránsito y recibir favores que se pagaron con nuestra degradación, relexionamos y aun asi nos justificamos, bien vale la pena, nuestra astucia y ego debían ser reconocidos.

Hoy en nuestra intima angustia, aceptamos todo tipo de explicaciones que nos liberen, que si bien no dejan del todo también de ser determinantes, como que si, los gobiernos intransigentes e insensibles, si los políticos, los derechos humanos y de los niños…, pero no nos exime del más básico y más crucial de los compromisos que es el de la educación y formación de ciudadanía, en torno al seno familiar, pues es la célula fundamental de la sociedad.

La corrupción, práctica generalizada durante varias generaciones nos ha catapultado en el ranking mundial de las naciones con mayores índices de corrupción, en los primeros deshonrosos lugares de una lista a la que no quisiéramos pertenecer, pero así, dada nuestra realidad, dimos paso a un nuevo y distinto nivel de deterioro, en el que este lenguaje se fue incorporando hasta adueñarse de nuestro quehacer en todos los niveles y ámbitos y así como en algún momento nos permitimos corromper nuestros valores, ahora nos inclinamos ante las conductas ilícitas, al dinero fácil, el engaño, el fraude y muchos y mas graves, somos cómplices o testigos pasivos con culpa.

La única esperanza, sin ánimos del fatalismo es el rescate de los valores, no como una frase modal, sino como un esfuerzo compartido del que los primeros convencidos deberemos ser todos, nadie en menor proporción, en la escuela, los maestros y directivos desde el gobierno los funcionarios y políticos, desde el hogar, las madres formadoras,  los empresarios y en los mismos niños y jóvenes la ideología de un mejor mañana en función de su propia conducción sobre las bases hoy olvidadas.

El trabajo compartido, nos traerá un poco de luz, si bien nuestra imagen en el extranjero no es la más deseable, en el sube y baja de la valoración de transparencia internacional, podemos dar espacio a una nueva generación de esperanza y construcción sincera como sociedad con identidad, la del nuevo mexicano que emerge de entre las cenizas, como la mítica ave Fénix.