Muchos mamíferos superiores basan su supervivencia en un sentimiento de manada, una especie de egoísmo colectivo. Cada miembro se preocupa por si mismo utilizando a la multitud. Los primeros conglomerados humanos, en su proceso evolutivo, desarrollaron un nuevo sentimiento colectivo: El sentimiento de tribu, tal vez el primer sentimiento que podríamos llamar “humano”. Ya el macho Alfa no comía hasta hartarse y dejaba las sobras al Beta, que hacía lo mismo. Ahora comen todos con independencia de su función en el colectivo.
La especialización del trabajo y progresos de orden técnico sobre todo en la agricultura, la ganadería y la caza, produce los primeros excedentes que se truecan, iniciando el comercio.
Con la aparición del dinero, y la consecuente acumulación de capital, se da el golpe de gracia a ese sentimiento tribal, que solo recordamos en momentos de desastre o guerra. La economía (tal como la conocemos) despierta a la manada. El macho Alfa se alza con el caudal financiero. No se aparta definitivamente porque necesita que los otros consuman y generen ingresos. Es imprescindible crear nuevas necesidades. La economía es un monstruo que no se harta, si no crece, muere. Se impone un modelo de felicidad basado en el consumo. Si consumes más eres más feliz. Si consumes constantemente, la felicidad es constante. A esta demolición asombrosa no le basta con crear necesidades ficticias, requiere que estas no sean cubiertas de forma duradera y surge el más demencial de los engendros: La caducidad programada. Se emplea una cantidad de recursos para crear artículos que de forma programada se convierten en basura.
El patrimonio que la naturaleza ha puesto a nuestra disposición se dilapida y llega ya al estertor. El planeta da señales de alarma que escuchamos impotentes porque estamos a merced de ese monstruo económico que creamos, y que haciéndonos felices, nos mata.
El sentimiento de tribu retornará con el desastre a todas luces inevitable. Tal vez es ese el plan de la aventura humana. Tal vez todo tenía que pasar así para domar definitivamente al animal y sacudir los obsoletos sentimientos de manada.
Dos caminos se abren ante la raza humana, uno: detener la maquinaria destructiva y cambiar definitivamente el necio modelo de felicidad. Tendríamos, para ello, que ser capaces de suprimir la ley de la selva, ese milenario egoísmo. Se induciría un derrumbe económico de alcance catastrófico que generaría un nuevo tipo de economía conciliatoria con los recursos disponibles. La felicidad dependerá de la satisfacción de las necesidades espirituales y la tribu humana tendría así una segunda oportunidad. El otro camino, lamentablemente más probable, nos conduce al agotamiento gradual de los recursos naturales, con las inevitables guerras de despojo y depredación, hasta el colapso.
Los ecosistemas tienen un engañoso comportamiento. Al desaparecer una especie se produce un desequilibrio. El sistema se mueve bajo presión, alcanza un nuevo equilibrio (por supuesto más precario) y se sostiene. Esto ocurre de forma similar ante la desaparición de otras especies dando una elástica sensación de eternidad. En un punto determinado el ecosistema muestra su incapacidad y se derrumba de súbito. Esto puede ocurrir a nivel global y no habrá tiempo para nada.
Es temerario confiar indolentemente en las infinitas capacidades del hombre para sobrevivir. Las grandes transnacionales depredadoras nos hacen creer eso a través de los medios masivos de comunicación que mantienen a su servicio.
No creo que la historia del hombre sea un error evolutivo, sino una etapa necesaria.
Todos los caminos nos regresan a la tribu. Y con la tribu llegará un nuevo ritual en donde los humanos llorarán su dolor y fundarán sus infinitas esperanzas.
El hombre no es solo ese animal egoísta que devora, es también un espíritu que sueña, y la felicidad se apoyará en esa satisfacción espiritual. Ahí, en este punto, aparece la palabra: Teatro.
Desde mediados del siglo pasado los grandes renovadores sintieron que el consumo materialista había colonizado las parcelas espirituales del teatro. En ese momento histórico no podían preveer la envergadura global ni el peligro que entrañaba. No se lanzaron a salvar el mundo, pero sí a su manifestación espiritual.
Cuando no se comprende la naturaleza mística del teatro, se puede caer en el narcisismo y la arrogancia, en la mercadería o la prostitución escénica. No es posible vender los sueños, y el teatro más que un arte, más incluso que una suma de artes, es un territorio exclusivo de los sueños. Una parcela que no podemos arrendar. Por eso negaron los espejos y fueron a mirarse en la superficie de los ríos, bailaron alrededor de la fogata, se volvieron al ritual. De una manera u otra los llamados grupos experimentales, o laboratorios teatrales se aislaron formando pequeñas tribus, renaciendo sentimientos de confraternidad imprescindibles para acercarse a los orígenes del arte escénico. No son hechos casuales. Responden a una necesidad histórica que impulsa al hombre a conciliarse con el planeta que les dio vida. Simultáneamente aparecen los movimientos ecologistas que constituyen una creciente fuerza política y de pensamiento. Las sociedades más desarrolladas indagan en las religiones antiguas que ganan millones de adeptos. El consumismo dio la espalda a la espiritualidad del hombre. Las drogas, los suicidios y otros males, quedarán como testigos de esta espiral demencial y depredadora.
Una nueva sociedad emergerá después de todo y con ella, un nuevo ritual se erigirá como derecho humano, similar a la educación y la salud pública, en busca de una felicidad real, y sostenible.