Con la advertencia del calendario Maya y la fecha del 22 de diciembre de 2012 como punto final de la existencia humana, desde el año pasado comenzaron a vivirse algunos episodios de ‘pánico’ a nivel mundial.
Iniciaron los movimientos religiosos y científicos en duros enfrentamientos por confirmar y desmentir que el día del juicio final llegaría en dicha fecha. Algunas personas a quienes llaman ‘locos’ portaron carteles con leyendas como ‘el fin está cerca, arrepiéntanse’ o tan sólo con el número ’22-12-12’.

Por su parte, la comunidad científica, en sus declaraciones en contra de un posible fin mundial, terminaron por retomar su lucha por encontrar ‘la partícula de Dios’, quizá en un intento de tranquilizar a la comunidad mundial y hacerles pensar que nada pasaría, que habría más por hacer después de este diciembre.
Tantos dimes y diretes se encrucijaron y con el “descubrimiento” de un nuevo calendario maya que hacía alusión a fechas más allá del 2012, los ánimos se calmaron y con ello se volvió a la normalidad.

«Algunas personas a quienes llaman ‘locos’ portaron carteles con leyendas como ‘el fin está cerca, arrepiéntanse’ o tan sólo con el número ’22-12-12’»

Esa nueva oportunidad que se nos presenta, no es más que el día a día que ahora vivimos, sólo que al decir una fecha en particular el dramatismo se apodera de nosotros. Es la misma sensación que viven quienes atraviesan por una enfermedad terminal, entonces aprovechar cada segundo, minuto, hora, día, semana, mes, año; se vuelve una lucha constante con nuestros propios miedos, nos obligan a ser valientes y altaneros con la vida, nos hacen aventarnos a hacer esas pequeñas cosas que nos prometemos cumplirnos ‘algún día’ y desplazándolo así a nuestra bandeja de entrada personal.
Esos pendientes que tenemos siempre en la mente como: ”irme de vacaciones con mi familia, pedir ese sueldo que sé que merezco, conseguir el trabajo que me hace feliz, decirle a es@ chic@ especial que me gusta, darle a mis hijos o padres un abrazo y un te quiero que siempre está guardado, cantar en un karaoke o lanzarme a aprender a patinar”.
En general son cosas que no nos cuestan nada, otras quizá un tanto, pero que logran redituarnos la experiencia más importante y quizá la única que vale la pena en todo esto: vivir.