Remigio y Josefa eran una pareja que se habían hundido en la rutina. El domingo, el día en que ambos permanecían en la casa, no se interesaban si quiera en hacer algo juntos. Mientras ella adelantaba sus clases para la siguiente semana, él resolvía problemas de contabilidad de su trabajo.
El amor que los había unido, enfriaba la cerveza que él tomaba e incentivaba la dedicación que ella ponía en sus alumnos, aunque llegaba, en apariencia, cuando acordaban ir a una fiesta con amigos.

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Hoy, mientras todo ocurría con nada nuevo, en la radio se escuchó algo que desvió su atención hacia ellos mismos. El anuncio del terremoto que devastaría la ciudad los sacudió sobremanera y los obligó a buscar juntos un refugio que no tenían; sabían que era inútil pero lo hicieron, y estando juntos en un rincón de la cocina descubrieron estar abrazados; atados entre sí con una intensión poderosa.

Hubo silencio, la espera del momento se convertía en un nudo que apretaba la garganta y raspaba el abdomen; entonces, después de una hora, el locutor anuncia que la noticia había sido un error nefasto, criticando a los meteorólogos por su incapacidad. Pero en la casa donde la soledad danzaba al compás del silencio; en ese lugar donde el sol se perdía en las paredes y el canto de los pájaros rebotaba en las cortinas; hoy le abrieron las puertas a su entrega. Después de haber sentido en sus latidos la voz de la muerte, prometieron volver a dibujar miradas en sus labios.