Una máxima del lejano oeste rezaba:

“Si no puedes engañar al dueño de las tierras, seduce a sus hijos”

Los hijos del danzarín primitivo han sucumbido a la seducción del mercado. Los golpes del tambor se han podido atrapar en discos. El ritmo de los cuerpos recorre, vía digital, los infinitos abrevaderos a donde los internautas van a consumir de forma rápida raciones concentradas de arte. La raya zigzagueante del altar prehistórico es fotografiada, reproducida y vendida de múltiples formas.
El padre teatro ha resistido un poco más. No se puede grabar, imprimir, reproducir de forma masiva sin que pierda atractivo. Es casi imposible apretar fortuna en las tablas. Por eso se ha hablado tanto de su senectud y hasta de su inminente muerte a la luz de una modernidad necesitada de vender hasta los eructos volcánicos. Es el patito feo del negocio de la inmaterialidad, del lucro divino.

No quiere decir esto que ha permanecido incorrupto a las dentelladas del mercado. Si no se puede vender como figurilla en las ferias, hay que prostituir al propio templo. Si no se puede llevar un trozo de teatro a los consumidores rápidos, hay que llevarlos a consumir de forma rápida al propio teatro. El mercado es tenaz… y tiene maña de siglos.
Las necesidades espirituales, peligrosas desde una óptica de control social y lo que es mucho peor, de lenta rotación mercantil, se intentan sustituir por necesidades morfinómanas sustentadas por fastuosos escenarios que amontonan tejidos, colores, luces, palabras y sonidos que nos paralizan de manera adictiva. Los medios masivos de difusión, combustible destructivo de una realidad globalizada, nos convencen por repetición que ese abarrote es pura cultura, que son buenos espectáculos porque son caros, que los altos precios de las papeletas nos dotan de un valor cultural agregado aumentando nuestro precio de venta en el mercado social.

Ante desmedro semejante, se alzaron los grandes renovadores del teatro. Se volvieron a los orígenes, a la tribu que se comunicaba con lo desconocido mediante rugidos, gestos, percusión, bajo la luz agusanada de la fogata. Por simple comparación emergió un culpable: la palabra.
Dos argumentos fundamentales se han erigido en esta cruzada contra el texto dramático: Uno, al principio fue solo el gesto. Dos, una imagen vale por mil palabras. Pero al principio caminamos también en cuatro patas y nadie ha culpado a nuestra condición bípeda por los errores del presente. Por otro lado la aseveración de la superioridad de la imagen es solo parcialmente verídica en el mundo comercial (un cartel de McDonald’s, por ejemplo). De hecho los que consideran disminuido el papel comunicador del lenguaje, se ven obligados a explicar sus puntos de vista utilizando la palabra.

El colombiano Gabriel escribió: “Olía a multitud” y El gran Pablo, en su canción desesperada, escribió: “Interminablemente exterminados”. Mil imágenes no pueden decir eso.
La palabra es víctima de este camino materialista y no culpable.

Ante un mundo cada vez más peligroso en términos de supervivencia, el hombre ha regresado a las antiguas doctrinas de liberación que propugnaban la emancipación de ideas y sentimientos provocados por los condicionamientos sociales. Según estas doctrinas el mundo que concebimos está falsamente dividido, diferenciado, por el uso de la palabra y el pensamiento que la enmarca. Creamos y usamos la palabra “Perro” para denominar a un mamífero colmilludo y amistoso, y creamos por similares motivos las palabras: “Cobre”, y “Lluvia”. Esta cómoda particularización nos facilitó la comprensión y comunicación de acontecimientos de forma desvinculada, creando una errada percepción del universo donde los acontecimientos y los elementos constitutivos pueden ser separables entre sí; pueden suceder de forma aislada.

Este error básico nos hizo creer que debíamos preocuparnos por el destino de esto que denominamos con la palabra “Humano” independientemente de lo que ocurra con “Cobre”, “Lluvia” o “Perro”.
Vivimos bajo un bombardeo indiscriminado de imágenes, con un mensaje comercial rápido, que no valen nada. Su único fin es engañar, drogar, compulsar al consumo. Hay imágenes que valen por un millón de palabras; pero están en los museos, en la naturaleza, y hay de disfrutarlas lentamente, el tiempo necesario para que nuestro espíritu las habite. Esas imágenes y las buenas palabras conviven en igualdad en esa dimensión que llamamos: Poesía.
¿Cuántas imágenes se agolpan cuando miramos detrás de una palabra simple como: Dios?
El leguaje hizo al hombre, no es un mero instrumento. Que lo usemos mal es otra cosa. Mil palabras no valen nada si su intención es convencernos de comprar diez huevos al precio de tres.

El lenguaje aparece como el mejor sistema de comunicación no solo para el hombre, sino entre todos los seres vivos. No tiene sentido rebajar su función artística y comunicadora. Aun hoy la palabra Audi es más comunicacional que el logo de los aritos.
“La mente humana ha sido rigidizada por las palabras”, dicen los detractores del texto dramático, y con ello se está negando la existencia de la poesía. El pensamiento poético da significado infinito a las palabras. Pero nos han dejado sin tiempo. La ley del mercado es imparable. Exige que trabajes más para producir más, para tener más dinero para comprar más cosas que no necesitas y se deterioran rápidamente; así que tendrás que trabajar más para…
Nos han dejado sin tiempo para la espiritualidad. No es un problema de las palabras.
“El comportamiento humano ha sido rigidizado por el mercado”, es el enunciado correcto para definir nuestra endeble realidad.

La palabra es: significado, no materia opaca. La palabra es transparente.
Miremos detrás de las palabras, Mostremos a esa maquinaria destructiva y materialista que no somos marionetas del mercado.
Busquemos las palabras íntimas y mortales, esas que exponen nuestra esencia creativa, mística… y divina.
Experimenten el amor, el golpeteo extraño, la sangre bajo la piel. Olviden la palabra.
Dejen a sus labios temblorosos, entrecortados, balbuceantes; descubrirla.