“Hay hombres que una vez hacen el bien los llaman héroes,
existen hombres que toda su vida hacen el bien: a ellos
se les llama Apóstoles.”

Mientras algunas personas quisieran llamar a todos apóstoles, como si fueran seres comunes que brotan en la corriente de la descendencia humana y que sin distinción alguna pueden adquirir tan preciado título, jerarquía y autoridad, reduciendo así un oficio divino instituído por Jesucristo pero recibido de Dios, a un simple hablar cual palabras de un Orador elocuente, pero carentes de poder alguno, resonando con persuasión humana superficial y sin valor alguno. De los cuales el mundo está lleno y no son dignos de ostentar tan hermoso nombre (mensajero enviado a llevar nuevas lejos) Apóstol.

Otros dicen; «ya no existen», su mente no les ayuda para comprender el poder del que los envía haciendo con esto comparación con una especie en extinción que sólo queda en los libros y en museos religiosos, tan difícil se les hizo a sus antecesores como a ellos aceptar tal gloria y potestad, que no sólo los desconocieron, sino los despreciaron y por desgracia buscaron su muerte, estos hombres incomprendidos por la mayoría, menospreciados por muchos, desconocidos para otros y valorados por quienes aman la luz y la verdad, existieron y existen sólo según al tiempo y voluntad del que los escoge.

Para los que desconocen, la Biblia le llama apóstol a nuestro Señor Jesucristo, benefactor de la humanidad, quien toda su vida la dedicó a los demás, siempre haciendo el bien, a diferencia de aquel que cuando se presenta la necesidad expone aún su vida por salvar a otra, y es reconocido por la sociedad como un héroe digno de honor y gloria. Su servicio temporal es bien aceptado, y nadie toma a mal las coronas y laureles que se les ofrecen en vida y en homenaje póstumo. En cambio a los que entregaron sus vidas íntegras, los expatriaron a islas y calabozos tratando de acallar la voz que por su virtud penetraba a sus conciencias despertando en ellas el trabajo de amonestar la mala conducta y sus malas obras y de proponer una mejor forma de vida, a la cual no estando dispuestos renunciaron prefiriendo lo amargo en vez de lo dulce.

En cambio a los héroes que son pocos en la historia, y dignos de admiración y de ser emulados en el desprendimiento momentáneo de sus intereses personales, se les edifican monumentos y se les dedica alguna fecha para su recuerdo y honra y quedan inscritos en los libros escolares, para que los alumnos tomen ejemplo.
Cuanto mayor honor es digno el que teniendo esa misión, encomendada, no lo sólo la cumple sino que de voluntad propia dedica sus fuerzas y todo lo que posee por amor.
A usted estimado lector le dejo la tarea de escoger ¿Tendrá Dios a alguien así en la actualidad? ¿O el mundo está en este tiempo a la deriva sin guía ni luz que le muestre el ejemplo? Para mí si lo hay.