(CUENTO DOS)

–Mire licenciado ese día la verdad mi jefa se quiso pasar de lista, si tenía lana y pos yo sólo le pedía pal ´pomo y me dio coraje que por pinches diez pesos me echara un sermón y otras tantas cosas sobre mi persona, yo ya no soy un niño, ya entiendo las cosas y pos como le digo me dio coraje y pos le zumbé el botellazo y pos lo hecho, hecho esta.
–Pues Hilario lo que tú hiciste es un delito grave y dale gracias a Dios que sólo fue una descalabrada lo que le causaste a tu madre, también es un atentado en contra de los valores y rasgos morales ante lo que tu madre representa y por el otro lado tu madre no hizo la denuncia, sino yo en lo particular te mandaba a la sombra por buen rato, así que sólo estarás unos días. –No pos si haber si así se me quita lo vicioso y lo tonto y es que pos quiera que no es mi jefecita y pos a mi madre que es digna, lo que sea de cada quien yo la respeto.

Pasaron tres días y Hilario, conocido en el barrio como “el pechugón” ese miércoles a las tres de la tarde salió de la cárcel y raudo fue con el Diente, comprador de cosas chuecas o robadas que para los malandros es lo mismo—Así como te la conté mi Diente y pos quiero que me alivianes con un tostón, ¿como la ve puede?, al cabo al rato le caigo por ahí con algún apañe.—Mira pechugón ya me debes veinte baros del otro día, ¿ así que si te sirve un cuarentón tú me dices ?.
Como siempre para esas horas de la tarde el “Balajú” cantina, billar y de todo, estaba en efervescencia, al abrir las persianas en la entrada de ese templo de Baco, Hilario Sánchez Rendón se mostró haciendo ruido como era su costumbre, los parroquianos en su mayoría lo saludaron, algunos por su nombre, los más por su alias o apelativo del barrio. –Tripa traite tres espumosas, bien frías y cerradas, aquí en mi presencia las abres ¡ he ¡, no vaya a ser que me des de las que llenas de sobras y hasta miados le echas—ordenó Hilario al cantinero y mesero.

Las risas, la plática y las llevaderas se prolongó por varias horas—Pos ya les dije en cuanto junte unos quinientos baros me voy a ver si paso pal otro lado—dijo Jacinto Uribe a quien le apodaban “el tablas” porque donde quiera sacaba un empate. –¿ Y a quien le vas a encargar a tu vieja Tablas ..? le preguntó el Pechugón soltando la carcajada—pos a tu china__da madre guey. —A mi madrecita santa nadie la nombra en estos lugares ni se le falta el respeto—dijo Hilario quien sacando una filosa daga se fue sobre la humanidad de Jacinto a quien en menos de diez segundos coció a puñaladas y lo dejo tendido en un charco de cerveza con sangre derramada en el sucio piso del “Balajú”—Y ya lo saben a mi madrecita santa nadie le falta al respeto, porque ella es digna y se respeta. El “Pechugón” seguía hablando mientras en su mano derecha apretaba el mango del cuchillo, cuya hoja aun destilaba sangre.

Continuará…