No diré que comenzaré por el comienzo, puesto que no sé cual fue el comienzo y de qué lo fue; aunque casi cualquier dato puede ser comienzo. Miguel Amaranto nace en el distrito de Oyotún, una provincia de Chiclayo en Perú, en abril del año 1983. Hijo de Miguel Quiroz y Marita Torres; segundo de siete hermanos.
Su infancia estuvo llena de sueños guajiros; podría decirse; ya que anhelaba pertenecer a la fuerza aérea sin imaginar siquiera que la mezcla de su facilidad por plasmar en papel dibujos infantiles y esta inquietud por despegar los pies del suelo, lo llevaría a hacer volar almas con su inspiración.
Uno de los primeros escritos que captaron su atención fue “Yo Visité Ganímedes” en los primeros años de su educación primaria, caso por demás extraordinario, puesto que a ese pequeño Miguel le aburría la literatura; no tanto por que le resultara desagradable sino por las interrogantes que le generaba. A la par que crecía se interesaba por la química y la astrología en una búsqueda por obtener respuestas de sus interrogantes sobre el universo y sus misterios. La fascinación por el cielo y los cambios que suceden a diario no pasaban desapercibidos para él, aún y cuando seguía sin descubrir su propia atracción hacia el arte que era en sí el motivo más importante para sentir tal atracción hacia un sencillo y, al mismo tiempo, inspirador crepúsculo o amanecer.

En su infancia un niño entregado a la diversión; lo primero, en su lista de prioridades y después, con bocadillos de inocente amor y uno que otro pincelazo de picardía en su adolescencia.

La necesidad de escribir nace a los 18 años, después de no obtener aprobación de ingresar a la Universidad Nacional Pedro Ruiz Gallo; la angustia generada por esta experiencia lo motiva a plasmar sus emociones en papel y encausado por su madre, se inscribe en un taller literario impartido por el joven poeta Stanley Vega, quien después de ser un magnífico maestro en esa faceta, continúan con una hermosa amistad actualmente.
Llega a la Laguna de Coahuila el 10 de agosto de 2002 atendiendo el llamado de una tía que residía aquí y motivado a continuar sus estudios en esta ciudad. Ingresó a la Escuela de Agronomía (ITA 10) y ahí cursó dos semestres, luego tres semestres más en la Escuela de Ciencias Políticas y aceptando su inclinación por las letras realiza un diplomado en la Escuela de Escritores de la Laguna; para entonces, casi desde su llegada asiste al taller literario que impartía el escritor Lagunero Fernando Martínez, gracias a la recomendación que le hiciera el, también, escritor Jaime Muñoz Vargas.
El arraigo que Miguel siente hacia la región lagunera es principalmente por la calidad humana de la gente que ha compartido espacios en su vida y le ha dejado una huella única y le ha sido inspirador la fuerza para vencer el desierto, que radica en su gente trabajadora e incansablemente amable.