La habana Cuba

«Lamentablemente la historia del hombre hasta nuestros días, es la historia del primate superior que se impone al resto de los animales apoyado en su inteligencia. Erigido en depredador intocable y universal, organizado, con abundante agua y comida; se ha multiplicado descontroladamente”

Imaginemos a un pequeño grupo de hombres primitivos, acurrucados junto a una fogata. Llevan días sin comer. La sequía niega los frutos y los venados son veloces.
Llueve. Los depredadores rondan y esperan.
De pronto una luz zigzagueante y ruidosa corta el aire y calcina un árbol cercano.
Los hombres atemorizados miran hacia arriba buscando a ese ser vigoroso, capaz de ahuyentar a las fieras de un solo candente golpe.

No lo ven; pero han visto su poder. Pudiera matarlos si quisiera… y seguro puede salvarlos.
Es preciso mostrar respeto. Uno del grupo dibuja en el suelo una línea zigzagueante, la enmarca con piedras. Se arrodillan sumisos frente a la insignia y colocan una cornamenta de venado como tributo. De pronto escampa. Los hombres levantan las manos y un alarido de gracia sube a lo alto… Ha nacido la religión.
Ahora, solicitar su amparo, un día más sin comida sería el final. El más avispado del grupo toma una lanza, y cubre con piel reseca de venado a un compañero. El otro comprende y corre alrededor de la fogata. El resto reproduce con sonidos y golpes la algarabía y los pasos de la cacería. Es preciso que eso de arriba entienda, y se esmeran. Si lo hacen bien comerán venado al amanecer. “Eso” se los dará…Ha nacido el teatro.

Teatro y religión nacen de lo inexplicable, lo sobrehumano, lo inmaterial.
Las religiones buscan respuesta en seres superiores e incomprensibles. El teatro indaga en el pedacito de dios que todos tenemos. Eso que llamamos alma, espíritu, que habita en la altamente organizada materia encefálica que llamamos cerebro.
Esta inexplicable y singular encrucijada nos distingue. Somos animales,… y somos divinos. Podemos ser felices como un perro o como un dios.
Lamentablemente la historia del hombre hasta nuestros días, es la historia del primate superior que se impone al resto de los animales apoyado en su inteligencia. Erigido en depredador intocable y universal, organizado, con abundante agua y comida; se ha multiplicado descontroladamente. Había mucho para engullir. Todo un planeta. Incluso planes para comer a otros cuerpos estelares. Nuestro comportamiento en el ecosistema tierra, ha sido el de una especie invasora.

Hemos creado bombas que nos hacen competitivos, en cuanto a poder destructivo, con los dioses. Nuestra inteligencia, puesta al servicio de las necesidades animales, ha sido incapaz de acomodarnos al entorno que nos sostiene.
Al principio teníamos a un Dios que lanzaba rayos. Después descubrimos que no era un Dios, no la mano directa de un Dios, sino un sinfín de artilugios de una construcción mayor. El árbol más alto muere calcinado. Aparece un incendio, un claro en el bosque. La luz llega a la tierra y las plantas rastreras tienen una increíble oportunidad. Muchas especies de animales viven de ellas. Una semilla del gran árbol siente la luz, encaja su raíz y comienza a alzarse por sobre las otras. Todo un concierto de vida y muerte. Comprendimos que Dios no lanza rayos de luz. Entonces derribamos a Dios, y en su caída arrastró también a ese pedacito divino que tenemos dentro.

La ciencia (la curiosidad humana) encuentra respuestas que socaban constantemente la acción de divina. Pero… ¿de qué Dios hablamos? Cuando el hombre comprendió que los rayos son un fenómeno eléctrico comprobable, no desacreditó la acción de Dios sino su propia ignorancia acuñada en la religión.
Nuestra divinidad confirma lo divino. ¿Es acaso la sensibilidad el resultado de mutaciones genéticas evolutivas? ¿De qué le sirvió a la Eva genética, desde el punto de vista evolutivo, ese extraño golpeteo del corazón al sentarse a mirar una puesta de sol o el sonido del agua en el río?
Cuando la mujer (o el hombre) moderno disputa e intenta reproducirse frenéticamente con el débil y enfermizo heredero de una transnacional ¿está garantizando una mejoría de la especie?

Ante cada respuesta aparecen nuevas y más complejas preguntas. La teoría de la relatividad dio respuesta a fenómenos que trascendían a la física newtoniana creando ecuaciones que, al conjugarlas, generaron la teoría del Big Bang, un modelo científico que trata de explicar el desarrollo del universo; pero que es incapaz de explicar su origen y, por supuesto, su final. Otra vez el infinito (espacial o temporal), otra vez la pregunta, otra vez la mano de eso que llamamos: Dios.
Nos fue permitido estudiar a la naturaleza. Comprender muchos que los infinitos engranajes de que se vale. Bastaba con insertarnos en ella con esa ventaja, y aprovecharla.
En cambio decidimos evaluarla y corregirla. Un ego estúpido de mamíferos gordos.
Nos volvemos con horror buscando ese dios de los primeros tiempos. Al grande que lanzaba los rayos, y a esos pequeñitos que teníamos dentro. Y los vemos ahí, amordazados, circunscritos a palabras como amor, o alguna figurilla de barro con excusa de arte. Pero la figura tiene un precio, y el amor también. Así que el hombre moderno tiene que vender algo para comprar un trozo de hojarasca de dios. Vende un árbol, un trozo de playa, su trabajo, su vida. Ha ingresado al negocio divino. El punto más cruel de la maquinaria económica, donde somos capaces de vender a Dios.

Le llamamos industria del arte. Vendido todo lo material, se intenta vender los sueños. Se vende algo material cuyo valor comercial es la ingenua reproducción de lo inmaterial.
Hemos llegado a la aguja.
El placer, la emoción, el dolor, el miedo, que nos provoca un sueño, no se puede vender.
La palabra “vender” debe ser desterrada. Que el hombre tenga que pagar para participar del teatro es tan criminal como hacerle pagar por curarse, o por aprender. Vivir no tiene precio, no se puede pagar.
Al teatro del futuro volveremos para participar de un sueño, de una comunión mística. A ejercitar esa otra parte mágica que nos integra a este inmenso universo en donde jamás encontraremos a un dios;…pero siempre habrá algo que nos hará dudar.