«Una manifestación tan arraigada en el inconsciente colectivo como lo son el rito y la representación, es lo que nos autentifica como especie. Al igual que la risa o el llanto, cualidades que sólo los seres humanos podemos ser capaces de poseer, la ritualidad y la representación de algo imaginario o no, han formado parte de la evolución intelectual y cultural del hombre».

Desde la aparición del animismo en el neolítico, el hombre en su desesperado y angustiante dilema de explicarse el mundo misterioso y de peligro que le rodeaba, comenzó a darle forma a sus tormentos: La figura de un hombre. Como la de él mismo.

Esta figura de dimensiones gigantescas, poseía, poderes incomprensibles para la naciente inteligencia del homo sapiens que, sin embargo, era capaz de conjeturar que “alguien” en vez de “algo” originaba todos aquellos sucesos ambientales que los asustaba en su diario existir.
¿Podría haber sido el primer indicio del encuentro con una efigie divina que se asemejaba a la suya? ¿O por lo contrario, pudo haber nacido la idea que la efigie misma de los primitivos haya sido producto de una concepción de ese ser poderoso e invisible -por lo menos hasta ese momento- y naciera con ello la idea de un padre celestial?
Lo más seguro es que sí. 30,000 años antes de la etapa neolítica, solo se dedicaban a sortear los avatares de su ríspida vida sin detenerse a pensar qué había en el aire o en la oscuridad. La lucha por el sustento impedía el desarrollo de la reflexión y los planes a futuro. El instinto de supervivencia, dio lugar a la representación. Todo el potencial de ese nuevo cerebro estaba ocupado en cómo conseguir el alimento diario sin perder la vida en el intento; pues hay que recordar que la muerte era uno de los más atroces misterios que aplazaban encontrar. La imaginación fue la chispa para que empezaran a desdoblarse en otro ser vivo; así como el fuego lo fue para que la masa cerebral creciera como consecuencia de la cocción de los alimentos.
Para cazar ciertos animales, el hombre se ceñía en pieles de animales desollados exprofeso para eso; y con tal camuflaje engañar a su presa y consumar la caza. Una muestra incipiente del arte del fingir que, hasta nuestros días, es un remanente primitivo que seguimos practicando en esa lucha perenne por la supervivencia. < ver el artículo “¿Si en vez de fingir, actuamos?; Edúkt no. 56>
La representación en esos tiempos estaba encaminada a desdoblarse en distintos animales, bien para atrapar otros de igual tamaño, bien para atraer a otros más gigantescos a manera de carnada. Es por esa razón por la que el culto a deidades zooformas se ha quedado indeleble en diferentes culturas y civilizaciones en el mundo entero.
Volviendo al neolítico, el descubrimiento y práctica de la agricultura permitió que el hombre contara con un sustento seguro y sin peligros para su vida. Ahora podía dar tiempo a la reflexión y a tratar de explicarse los fenómenos que referimos al comienzo. El animismo es un producto mental y cultural del hombre de tal tiempo que pensaba que en derredor suyo de manera invisible pero perceptible, existían otras entidades que compartían espacio pero no tiempo ni lugar. Se generó así una mentalidad que dio lugar al nacimiento de lo mágico.
Lo mágico era lo que se podía extraer de esa dimensión concomitante a la realidad y que de alguna manera se utilizara e incidiera como conjuro en los hechos que determinaban los destinos de todo un asentamiento. Se asegura que junto a la práctica de la magia nació el arte.
El arte, dicho de forma simple, era la manera como se expresaba una actividad psíquica; ya que con la ayuda de materiales y utensilios, daba lugar a una exposición de índole mágica. Actualmente esa índole mágica se ha transformado en índole poética, la aspiración que todo artista actual desea lograr.
Las pinturas rupestres de Altamira y Lascaux muestran una forma mágica de predisponer y vaticinar una exitosa caza con la representación gráfica de un bisonte atrapado y vencido ante sus cazadores. No sabían que al mismo tiempo estaban siendo artistas al usar materiales que representaban una realidad que aun no acontecía, con una composición y cromaticidad excepcionales. Seguramente la creencia en lo mágico debía ser la causante; como lo debería ser para el artista de hoy en día la creencia en lo poético.
La máscara es en sí, la materialización de lo metafísico; lo divino poseyendo a un mortal; el espíritu o ánima que a través de un médium podía encarnar y ayudar a la atribulada tribu que seguía cimentando sus explicaciones en las entidades de forma humana y también de forma animal. Y con la máscara nace la danza y con la danza nace el rito.
Hablar del rito y de la representación es como hablar de lo sagrado y lo terrenal, de lo psíquico y lo físico; del subconsciente colectivo y del esfuerzo por sobrevivir. El rito tiene que ver con nuestra relación con nuestro yo como receptor impaciente de una dádiva divina, y que al mismo tiempo nos enfila a manera del mito de Sísifo a soportar monásticamente la rutina adulterada de nuestro existir.
Tanto la representación como el rito, -médula espinal del teatro también- son acciones comúnmente desapercibidas pero realizadas en nuestras vidas cotidianas. Los ciclos a los que estamos sujetos: los 60 segundos, la hora, el día, la noche, el mes, el año, la vigilia, para luego continuar en el sueño. La vida y luego la muerte… Todo lo esencialmente importante tiene forma circular; ciclo de energía infinita que como émbolo cósmico nos mantiene en esta inercia existencial en un comienzo y fin interminables.
Todo es representación; los comerciales televisivos, la fotografía, los espectaculares, los reality shows, los roles que asumimos, la publicidad; los artefactos soslayados con características humanas como los automóviles y todo aquello que se asemeje a la biología humana como los modernos ordenadores; además de por supuesto, la tecnología robótica. Y es su máxima efigie a representar: El hombre.
La efigie humana en el teatro se debe rescatar, pues la cultura hedonista ha desvirtuado su esencia ritual. En el teatro, no sólo la representación debe de explotarse hasta el desgaste; no solo el rito debe de impresionar hasta tornarse en manipulación. Desafortunadamente por lo general se hace o una u otra cosa; pero casi nunca se lleva a cabo su sincretismo; cuya fusión produzca la poesis escénica que tanto es necesario alcanzar.
Un hecho escénico cuyo contenido esté colmado además del hecho físico de la representación, con la esencia espiritual del rito, incidirá en ese inconsciente colectivo que a la postre propiciará la unión espiritual del público igual que, como reminiscencia de aquellos tiempos remotos, se unían solidariamente para preservarse la vida; o como cuando todos, alrededor de una hoguera, trataban de descifrar los misterios provocados por un “alguien” o efigie superior, que fue lo que provocó el nacimiento cultural del rito y de la representación hace casi 10,000 años.