A finales del mes de abril,  como todos los años, festejamos el “Día del Niño”; fecha en que los adultos nos desvivimos por atenderlos …pero solo a los nuestros, sean hijos o nietos, alumnos o vástagos de nuestros colaboradores, vecinos o ahijados.
Los demás poco nos interesan y todos los niños de la calle, expósitos, huérfanos o miserables, están muy lejos de nuestra memoria y más aún del bolsillo o la disposición a entregarles parte de nuestro tiempo libre. Y como no va a ser así, cuando en muchos de los casos, aún los infantes cercanos están en el olvido y solo ponemos atención en ellos el día de su cumpleaños, cuando nos visitan o vamos a sus casas y cuando es el “Día del Niño”.
En tales términos, los niños maltratados, en cualquiera de las muchas formas que hemos inventado los humanos, poco o nada son atendidos, al fin y al cabo que “no es nuestra responsabilidad”, es del gobierno, “quién debe ocuparse de ellos”.

Desgraciadamente, los funcionarios responsables hacen poco por ellos, aunque hay honrosas excepciones; sea por incapacidad, falta de recursos o desinterés, no cubren los programas, al menos con la calidad y formalidad que merecen, así que están prácticamente están abandonados a su suerte. ¿ o …no?
También hay otros niños maltratados que si tienen casa y viven con familiares que debieran de quererlos, cuidarlos y atenderlos hasta que puedan valerse por si mismos. Son hijos maltratados por padres biológicos, madrastras o padrastros, familiares de los huérfanos y hasta abuelitos que quedaron al cargo de ellos, por la razón que sea. Pocas veces podemos detectarlos o lo logramos cuando ya han sido severamente dañados.
Muchos de ellos tienen manifestaciones físicas del daño que les hicieron y que pasan desapercibidas, quizá porque no queremos darnos cuenta, como: patrones anormales de crecimiento y desarrollo, niños que se ven mal alimentados y con mala higiene personal, vestimentas sucias y ocasionalmente desgarradas; algunas veces presentan retardo en su desarrollo físico. Revisándolos con atención, encontramos marcas o cicatrices en sus cuerpos sin que preguntemos o investiguemos suficientemente y hasta con una explicación ilógica nos conformamos.

Son esos niños que sufren frecuentemente “accidentes” o faltan a la escuela por “estar enfermos”. Recuerdo el caso de una niña que llegó a Casa Sonrisa, con un brazo fracturado y en vías de consolidación viciosa; ella explicaba con lujos de detalles como se había “caído de una barda”, cuando en realidad había sido lesionada por su madre.
Desde luego que sacan malas calificaciones, faltando frecuentemente  a clases y muestran deficiencia de atención; psicológicamente pueden ser niños deprimidos o auto producirse lesiones; con actitud defensiva ante los adultos, agresivos o por el contrario dóciles en exceso. Otras veces son insistentemente buscadores del afecto de otros mayores, sus maestros o personas conocidas como bondadosas en el vecindario y pueden llegar a “estar muy despiertos sexualmente”, a pesar de su corta edad.
Con el paso del tiempo, el maltrato de esos infantes puede producir consecuencias en su desarrollo, crecimiento y comportamiento; en casos extremos y en niños con menores defensas afectivas y predisposición, puede haber serios desordenes psicológicos y hasta trastornos mentales. Será entonces cuando la sociedad que los desatendió y permitió su maltrato pague el precio.
Curiosamente, entre los animales de orden superior, caso de los mamíferos, los humanos somos los únicos que maltratamos a las crías, haciéndolo en todas las eras de nuestra historia; y eso que nos consideremos racionales.
Además somos “polifacéticos” y los maltratamos de muchas maneras, entre ellas: físicamente: golpeándolos y hasta dañándolos severamente, en extremo, causándoles la muerte; los afectamos emocional, psicológica o mentalmente, por abandono, simple negligencia y/o por abuso sexual.

La crueldad puede ser de muchas formas: desde el simple descuido por negligencia, hasta el daño psicológico, fisiológico o mixto de niños que son depositarios del rencor o desequilibrio emocional de los cercanos, que hacen una “transferencia” del castigo deseado para otros, a esos menores incapaces de defenderse. Actualmente, los profesionales del área médico-psicológica hablan del  “maltrato fetal”, refiriéndose al que sufren los embriones, fetos o productos a término, cuyas madres intentaron abortarlos o les hicieron daño por desnutrición, alcoholismo o drogadicción.
Quise dialogar sobre el tema, pasado el día del niño, pretendiendo no ser “aguafiestas” en esa fecha, pero considerándolo conveniente resaltarlo, para que tomemos medidas en lo particular, observando mejor a los infantes que estén cerca de nosotros y dado el caso de sospechas fundadas, denunciar ante las autoridades, aunque “nos metamos en un problema que no nos corresponde”, que como le escribí párrafos arriba: de no mejorar y atenderlos adecuadamente, pagaremos el precio en el futuro, cuando crezcan; o lo padecerán esos nuestros menores, quienes compartirán con los anteriormente maltratados, ahora adultos, el mismo medio social.
¿Qué decide?