La helada llegó de madrugada, el hielo prieto que con la salida del sol, las escuálidas cañitas del maicito se fueron doblando, las delgadas matas ya con algunas vainas tiernas del frijol seguía aferrado a la caña, también se desdibujaban su color, las pequeñas plantitas, la llamada yerba se tornaron de color negro. A media mañana Demetrio y sus dos hijos sólo veían el horizonte teñido de añil, como buscando culpables. –La cosecha del verano se la chupó la seca, pinche vida la de nosotros, cuando no te jode el banco, es el tiempo ¿Y ahora qué chingaos?, vayan con gume y díganle que si quiere la milpa helada para que pasten sus chivitas y borregas—les dijo a sus hijos.

Nadie quiso las plantas heladas—No sirven porque empanzan a los animales y la leche la dan amarga. Las desgracias para el pobre no vienen solas. Demetrio Quiróz, viudo desde hacía tres años, no pudo con el invierno, frío, que ni el viejo jorongo tejido de lana y los pálidos rayos del lagañoso sol le pudo quitar, el hombre seguía sentado en su silla mecedora de madera tallada, con asiento de tule, el frío consumía su alma. Quesque murió de tristeza decían algunos. Los más comentaban que de cansado y viejo. De los hijos sólo Julián el mayor era casado, el otro de nombre Domitilo con 30 años no tenía pareja, su vida era el campo y la milpa, además de su jacal junto al corral vacío, un perro flaco completaban su familia.

–No “pos” en el campo cada día esta pior, se necesitan como diez kilos de maíz pa´completar una soda y unos kilos más pa´completar los cigarros—era la plática obligada en la tienda del pueblo por parte de los campesinos que acudían a ese lugar a ver si alguien los ocupaba en alguna faena o labor de campo —No pos yo y mi hermano Domitilo nos vamos pal´ norte a ver si pasamos y pos a ver cómo nos va.

–¿Y yo ?-preguntó timorata la esposa de Julián –No, pos tú te esperas aquí con los niños o te vas con tus tatas por mientras, alcabo vamos a vender hasta el jacal, con todo y corral, aquí los nopales ya no dan ni espinas, hasta la pinche leña está muy lejos y ora la vigilan los policías, quesque porque nos estamos acabando el monte, cabrones los que se están chingando los árboles grandes son los de las trocotas que andan buscando el petróleo y los del casco amarillo, esos de la luz que ponen sus torresotas de puro fierro y pos a ellos nadie los toca, y….no pos esto está muy jodido y si nadie quiere el jacal y el corral pos, se lo dejamos encargado al primo Chon- platicaban los hermanos, mientras alumbrados con una famélica flama de un quinqué de apestoso aceite, daban por terminada la cena servida en un plato descarapelado de peltre, que para variar la cena era igual al almuerzo de la media mañana de ese día y consistía en frijoles boludos muy aguados y tortilla de maíz recalentada en el rescoldo de la chimenea.

Una densa neblina que se podía palpar cobijaba todo el lomerío de esa parte de Tlaxcala, las estampas esqueléticas y fantasmagóricas de Domitilo y Julián pasaban de un lugar a otro ofreciendo su propiedad, perdiéndose sus figuras entre cercas de piedras y caminos culebreros—No pos yo pa´que la quiero muchachos, ya tengo un pie en el estribo pa´irme con mi ‘hija Concha pa´Apizaco—les contesto Gumersindo.

-Don Emigio le vendemos todo –¿Y qué es todo muchachos? –Pos el jacal, el terreno de la milpa que es buena tierrita y fácil de trabajar, con sus doce magueyes que le dan harta aguamiel, el potrero de la falda del cerro prieto y arreos para un burro, la carreta está descompuesta de una rueda, pero por ahí están otros instrumentos, como un machete viejo, dos palas, una tarueca que le falta el cabo y una buena hacha, pos es todo lo que hay. –¿Y los bueyes muchachos no los venden ?—No los gueyes semos nosotros por creerle todas las tarugadas al pinche gobierno jijo de la chingada y, no estamos en venta, tampoco está en venta el rebozo de mi mujer, ese es para secarse las lagrimas, aunque todavía no comienza a llorar, dijo Julián con un rictus de impotencia dibujado en su afilado rostro con ojos de águila clavados en el vil suelo…

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