Millones de personas en el planeta admiran, aplauden y defienden si es posible, hasta la ignominia a uno o a varios diosecillos de barro. Respaldar lo que estos ídolos promotores de las ambiciones humanas predican que son, les confiere una seguridad y un sentido de identidad que sin estos complementos la mayoría como humanidad “civilizada” quedaría huérfana existencialmente.
Paradójicamente alabamos a estas entidades malsanas que según sus preceptos acarrean a los individuos paz social y religiosidad pero que resultan ser los principales focos de corrupción, violación y muerte.

“Cuando dos monstruos como la política y el clero se confabulan para lucrar con la endeble moral humana, no sólo están perpetuando su poder, sino que siguen enraizando en el inconsciente colectivo que así es como se vive y se muere”

¿No es obscenamente verdad? ¿No es extraordinariamente degenerada nuestra situación como seres que buscan constantemente la elevación espiritual y seamos cómplices de una dinámica en la que vociferamos un paraíso celestial mientras que rapiñamos riqueza material en vida, y los que no tienen los medios anidan en su alma los más escalofriantes sentimientos como la envidia y la soberbia engarzados con un arrogante puritanismo rancio?.
Es la escuela que nos imprimen los magnates de la manipulación y del pragmatismo existencial. Estos titanes de la mentira y del comercio espiritual ostentan toda una maquinaria de la apariencia y la simulación, que es la que ha tejido todo un entramado de instituciones de buenas intenciones que actúan de fachada para cubrir de manera eficaz la oscura y siniestra estructura que los mantiene en la cima del principado del poder.

Cuando dos monstruos como la política y el clero se confabulan para lucrar con la endeble moral humana, no sólo están perpetuando su poder, sino que siguen enraizando en el inconsciente colectivo que así es como se vive y se muere. Están deteniendo la evolución de la consciencia humana ofreciendo y vendiendo la idea de una paz social o de un paraíso en los que ellos no creen pero que ofertan con la mayor desfachatez tal como aquél truhan que vendió la torre Eiffel dos veces y con las mismas artimañas. La gran diferencia es que Víctor Lustig defraudaba a unos cuantos ambiciosos y corruptos. Los verdugos en mención lo hacen con las mundiales masas implorantes de un porvenir social y espiritual que aquellos mismos se encargan de postergar igual que aquel tazón de agua le es alejado al sediento cuando está a punto de alcanzarlo renaciendo así la esperanza. Esa es la esencia de su lucro.

Es bien cierto que para las masas mundiales la religión es una prioridad elemental. Para los que no se han dejado estafar, la genuflexión a la gran farsa de lo divino es un mal necesario, pues si no existiera este freno se desataría la maldad irascible en toda su expresión.
La gente ajena al poder en verdad si cree en el engaño y se dispone a seguir los preceptos que por ejemplo un presunto Cristo nos dejó, pero que han sido utilizados para encumbrar a una oligarquía de corte mundial que se mantiene en un oscuro anonimato.
En la política ¿Acaso no se ponderan los avances de programas sociales, la construcción de obra pública y el aumento de las reservas federales, pero que al igual que hace el sistema eclesiástico se difunde como una gran fachada que cubre la gran corrupción que se maquina en las más altas esferas del sistema político del país?.
La prueba está en que las masas incultas siguen siendo las definitorias para que los gigantes del peculado y de la transacción simoniaca dominen a la humanidad. Son el arma más contundente para evitar que haya una transformación social y económica. Son los servidores de “satanás” y ellos no lo saben. En el apocalipsis se hacen simbólicas pero a la vez claras referencias a la sodomía y prostitución institucional y aun así las sociedades no se quieren dar cuenta que les están rindiendo pleitesía.
Uno de los íconos del cual se han servido para la gran estafa milenaria es la imagen del buen Cristo. Para las iglesias, el contar con un testimonio ¿viviente? del pasado les ha redituado a los santos varones de la simulación el mantener su estatus de oropel y de títulos que van dirigidos a individuos con una gran integridad ética, moral y humanista; cualidades muy alejadas de semejantes crápulas palaciegos. El catolicismo se aventura a pronunciar a Cristo como un Dios, lo cual evidencia la necesidad de los infames de negro y púrpura por no soltar la única prueba aparentemente fehaciente con lo que puedan seguir exprimiendo a una masa ávida de creer en alguien superior que existió en la tierra y que cuyo padre celestial se asemeje a su propia podredumbre espiritual, pues es un dios que castiga y perdona para que se siga pecando mediante esa morbosa aduana que fomenta la corrupción espiritual como lo es el confesionario.

La gran farsa de la humanidad es la gran farsa de Dios, de los dirigentes del mundo, de los políticos; de la gran mayoría de los países, de los creyentes, de todos los que creyendo que hacen bien hacen un mal; de los que creyendo que hacen mal producen un bien…nada es definido, todo está supeditado a los grandes poderes religiosos y políticos que conceden un poco de bienestar a la humanidad para mantener una relativa paz ficticia y a la vez depredar a sus anchas.
Claro que existen personas buenas, honestas y con un gran sentido humanitario. De hecho, para un sistema humanicida como el que nos controla, los individuos íntegros son indispensables y parte importante de su maquinaria, pues son los que permiten la credibilidad de que el mal existe y que como buenos simuladores pueden hacerse pasar por ovejas siendo lobos que mienten alimentándose de la ignorancia de las masas crédulas que por una miserable dádiva creen merecer el cielo o el compadrazgo de un político.
La gran farsa en el mundo sólo se puede terminar si cada uno de los individuos deja de creer en esa inútil y desgastada escala de valores que hasta estos días ha sido un placebo. Cuando los seres humanos estén al punto del exterminio surgirá el verdadero propósito de su crecimiento: sobrevivir y evolucionar sin el involucramiento de una institución simoníaca o de un sistema urdido por manipuladores y depredadores de masas. Los dos grandes farsantes de la humanidad.