¡Oh, seres humanos, cuya única salida a semejantes monstruos que habitan en su alma es la dejar de ser eso, humanos…!

¿Cuáles son aquellas circunstancias que orillan a una persona a desprenderse de ciertos principios morales y convicciones? Son las que surgen a raíz de muy poderosas y soslayadas razones para hacerlo.
La vida pone en el camino de los individuos situaciones o personas inesperadas que nos instalan de manera sorpresiva en esa hechizante bifurcación.
Sólo puede haber un fuerte motivo como para internarse en una escabrosa y sinuosa vereda, buscando lo que no se obtiene cuando se camina por la otra, de trayecto apolíneo, pero muchas de las veces indiferente a los sentimientos y aspiraciones de sus caminantes.
En los seres humanos, inherentemente están la esencia apolínea y la dionisíaca. Esa dicotomía que crea conflictos de conducta y de conciencia y que muchas de las veces pasan por el escrutinio de esa masa aparentemente simbiótica que es la sociedad.

¿Cuántas veces esa masa aparentemente simbiótica no ha influido para que el individuo deje de ser feliz, o lo sea según lo dicte su egoísmo colectivo? Si bien es claro que las normas apolíneas se postularon para preservar el orden ético y por ende moral de una persona, ésta misma lleva dentro de sí un alter ego que podría denominarse como el dionisíaco. Es lo que llamaríamos de manera freudiana el “Id” o el “Ello”. Para lo apolíneo correspondería el “súper-ego” o “súper- yo”. Y en el centro de los dos está el que soporta el embate despiadado de ambos: El “ego” o simplemente el “Yo”.
Para aclarar un poco, las tres denominaciones escritas arriba pertenecen a la nomenclatura de la estructura psíquica postulada por Sigmund Freud; controvertido hombre de ciencia de todos ya conocido que afirmó en su segundo tratado de la psiquis humana que estas tres partes de la mente son las que determinaban e influían de manera general en la conducta de los individuos.

El “ello” correspondería a las pulsiones de tipo natural y fisiológica como el hambre y la líbido. La pulsión irrefrenable de la sexualidad es la función más reprimida en el logos de Freud. También esta constituida por dos tendencias cuyos nombres se le atribuyeron dos sustantivos griegos: Eros (vida) y Tánatos (muerte); basados en dos entidades de la mitología griega, como Freud solía nombrar a sus fenómenos psíquicos.
Los deseos o impulsos autodestructivos provienen de una manifestación del orden tanático; mientras que la voluptuosidad y el deseo carnal son originados por la pulsión denominada Eros. De ahí que el “Ello” concuerda perfectamente con el espíritu dionisiaco, cuya deidad propaga la promiscuidad, la embriaguez y la intoxicación voluntarias; todo en una expresión festiva y de desenfreno.
En cambio lo apolíneo concuerda más con el superego, especie de policía psíquico que fiscaliza cada acto que pudiera trastocar el orden y que creció a la par con el individuo y cuyo engendradora ha sido la “civilidad”.

Friedrich Nietszche (1844-1900), iconoclasta filósofo que revolucionó al mundo con su idea del Überman (superhombre); por aquello de su denostación de la autocompasión fomentada por el cristianismo, publicó en 1872 “El nacimiento de la tragedia, lo apolíneo y lo dionisíaco” cuyo tema central es la tragedia griega como obra estética y de arte que conjuga las cualidades y virtudes de la esencia de Apolo, dios de la belleza, la razón y el orden en alternancia con el arrojo y preservación de la vida representados por Dionisio, numen del despilfarro y la licencia terrenal. A razón de Nietszche, elementos naturales y muy humanos ordenados bellamente por Esquilo y Sófocles en sus tragedias. Eurípides fue descartado por él, pues consideraba su obra una muy lastimosa dilución de ambos grandes contenidos.
Pero nuestro asunto claramente no se ajusta completamente a lo nietszcheano o freudiano; se ajusta a la necesidad de las personas de encontrar en algo o en alguien lo que no se encuentra de manera apolínea; ya que el “Yo” se encuentra en una soledad padecida por la falta de ese algo o por la soledad que provoca otra persona. Y por lo general el agua que se nos ofrece proviene de un etílico oasis elaborado por aquél que representa la otra vereda, el otro camino: El húmedo Dionisio.

En el teatro occidental, sobre todo en el europeo, los personajes del dramaturgo noruego Henrik Ibsen(1828-1906), como Nora en “Casa de muñecas” y el Dr. Stockmann en “El enemigo del pueblo” representan intrínsecamente lo dionisíaco y lo apolíneo respectivamente; ya que Nora decidió dejar de pertenecer a una sociedad machista y utilitaria de la mujer y tomó una postura libertina según el punto de vista masculino de su tiempo; mientras que el Dr. Stockmann de virtudes apolíneas decidió enfrentarse a la voracidad de una sociedad veladamente dionisíaca al oponerse firmemente a la explotación turística de las aguas termales contaminadas de su ciudad.
El abrir la puerta a Dionisio es muchas de las veces dejar entrar una vorágine de riesgos que hasta se puede considerar suicida. A Apolo se le puede sortear pero no deja de mirarnos escrupulosamente, advirtiéndonos siempre lo que se puede desencadenar por habernos soltado de su mano. En el centro estamos nosotros, el “ego”, el asexual pero también el anarquista; el que hace que tanto los deseos de Dionisio o las normas de Apolo tengan un apego con la realidad circundante. Es aquí en las que el ego lucha constantemente para equilibrar los tremendos embates y demandas de uno y de otro. El ego es libre albedrío, la madurez hasta donde exista… es la yoidad que finalmente es seducida por el dios libertino o encarcelada por el dios fiscalizador que tiene todo un tribunal detrás de él que es la sociedad.
¡Oh, seres humanos, cuya única salida a semejantes monstruos que habitan en su alma es la dejar de ser eso, humanos…!
Sólo los que han conocido a Apolo y se habían regido bajo su sombra, al regresar a él, estarán ahora arropados por un manto zurcido por brillantes hilos hechos de reproche y que se ocuparán de rememorar su pasado y licencioso desvío; pero que en lo más profundo de su corazón estará también rememorando una incipiente flama, una flama que a pesar de su concupiscente procedencia, fue la que los hizo desprenderse de su moral, de sus convicciones; la que los hizo tremendamente felices y estar llenos de vida; llenos de eros, de tánatos…de Dionisio.