“Ningún proyecto humano ha tenido en cuenta
el hecho de que el sol se va a apagar. Es algo
que sabemos; pero tan distante que preferimos ignorarlo”.

Las sociedades humanas posteriores a la comunidad primitiva basaron su desarrollo en una suposición temeraria: “Los recursos materiales del planeta son inagotables”. La posibilidad de agotar los recursos de la tierra era tan lejana que también la ignoramos. La situación actual es bien distinta. La población mundial supera ya los 7 mil millones de habitantes, y cada uno de ellos consume decenas de veces más recursos no renovables que un señor feudal de la edad media.
La ecuación que se deriva de la necesidad creciente, frente a recursos finitos, arroja un resultado simple, casi infantil: El planeta va a sucumbir ante la voracidad de su criatura más perfecta.
El petróleo se agota, las aguas se contaminan, los rayos ultravioletas se apoderan de nuestros más caros sueños. La suposición ha llegado a su fin.
Increíblemente hemos escogido poner al espíritu humano en función de la satisfacción de las necesidades primarias del animal humano. Del diapasón infinito de estímulos de que nos dotaron, solo respondemos de forma efectiva ante el hambre, el deseo de reproducción, de defecación, de cansancio, sueño, frío…
Nos han hecho creer que la felicidad depende del grado de satisfacción de esa parte animal que nos sustenta, eso nos llevó al desacierto básico de pretender transformar a la naturaleza para ponerla a nuestro servicio. La naturaleza no es nuestra. En esa nefasta empresa hemos quedado sin tiempo para disfrutar de la armonía de la creación, de ese mecanismo perfecto.
En los albores del siglo XXI se ve ya nítidamente los bordes grises del futuro a que nos arrastran la miopía de estos modelos económicos, que sitúan al hombre y a sus egoístas pasiones por encima del resto del universo.
Los fundamentos de una nueva sociedad están grabados en las cavernas del hombre primitivo. Tal vez era ese el plan secreto de la aventura humana: llegar al borde del abismo. Es el momento de decidir si nos precipitamos o regresamos al modelo ancestral donde la felicidad no se conjuga con el verbo “tener”.
Por fuerte que sea el león no puede extinguir al venado. Los herrajes de la naturaleza tienen sus mañas.
Nosotros si podemos.
¿Fue para eso que nos dotaron de inteligencia? ¿Somos acaso un error de la creación?
Hemos equivocado el camino. Estamos destruyendo la tierra y sus animales. A pesar de todo seguimos, confiamos negligentemente en que el hombre del futuro resolverá en problema, hará clones, plantas de purificación… El hombre del futuro no será mejor, ¡también fuimos futuro de otros!
El espíritu nos diferencia del resto de las criaturas. Ahí está la clave de la caja de música de la felicidad.
Es imprescindible un amor ilimitado por el universo que nos da vida. Es imprescindible que el espíritu humano se concilie con la naturaleza. Es imprescindible que comprendamos qué somos, por qué y para qué.
Nuestro animal se observa en el espejo, nuestra alma, en el teatro. En el teatro nos reconocernos, encontramos nuestro lugar y nuestro papel como espécimen singular.
Por medio de la ciencia hemos logrado explicar mucho del mundo material que nos rodea. Para eso creamos medidas, fórmulas, aparatos.
Pero Dios (cualquier dios), llamémoslo tal vez: Infinito, no se puede medir, formular, ver. Para describir este mundo inmaterial utilizamos símbolos, gestos, palabras. El hombre es un ser de símbolos. Estos conectan sus dos partes. El hombre es, por tanto, un animal teatral.
Una nueva sociedad que maneje la variable finita de los recursos naturales se avecina. La creciente necesidad material del hombre está negada, basta una sencilla operación matemática. Tiene que ser sustituida por necesidades espirituales.
La célula de este mundo espiritual, el sacerdote que ha de guiarnos a la verdadera libertad es un artista muy especial que con su arte se transforma a sí mismo.
El verdadero actor no sube al escenario buscando aplausos. Sueña, abre las puertas de un sueño, y nos dice al oído que está bien, todo está bien, incluso tener miedo, porque todos tenemos miedo.
El teatro, este mundo real y singular donde la materia se libera, es un sueño mágico donde todos estamos soñando.
Si tenemos esperanza como especie, si aún podemos darnos el lujo de tener esperanza, es por una razón simple: Existe un tipo raro de humanos que vive a través de los símbolos, que a base de amor y tesón logra domeñar los sueños, y es capaz de iluminar con su tránsito el camino hacia dios.