Matías llegó del pueblo con muy escasos recursos. Ahora busca un empleo sin encontrarlo y pareciera que está al punto de la desesperación. Nunca pensó que de veras fuera tan difícil encontrar un trabajo en la capital. Todo le parece tan diferente. Esos ríos de gente que de pronto se dejan venir sobre él, casi arrastrándolo hacia el camino que ya recorrió, lo asustan.

Se lo dijeron muchas veces—ni te vayas, allá está la cosa más jodida que aquí ¿No ves que aquí de perdido somos menos?…Allá parecen perros peleándose por los huesos y los pellejos.—
Pero él no iba a correr con la misma suerte. Encontraría un trabajo para poder juntar algún dinero, volver a sembrar su milpita y poder casarse con su Juana. Nada es tan difícil cuando se tiene un objetivo y sobre todo: voluntad.

Además cuando menos está aquí, en su tierra, no es como muchos otros aventureros de su pueblo que se decidieron por lo más canijo, que es irse al otro lado y que ahora ellos y sus familias están pagando las consecuencias. Algunos con lágrimas de tristeza por la lejanía, y otros con lágrimas de velorio, porque se van arriesgando todo y lo único que poseen es la vida.

Por eso Matías se hace fuerte y aunque sea como cargador en el mercado, saca por ahora unos cuantos pesos para comer. Total el sitio para dormir es lo de menos, cualquier rincón es bueno. Porque ya todo esto pasará, porque para eso se hizo la vida, para luchar y nunca perder la esperanza.
A diario se convence de que tiene mucho de su lado. El amor de una mujer buena que lo espera. Y que allá en su pueblo reza, y en cada palabra que sale de sus labios envía una bendición a su hombre, para que Dios le ilumine el camino y le regrese todo aquello que ancestralmente le pertenece: la tierra y la dignidad.
Matías parece que es una más de las personas que deambulan por la capital en la búsqueda diaria. Pero en realidad no es como cualquiera. Es un Indio. Es un príncipe que transita por el suelo que le pertenece, mirando a todos a su alrededor con el mismo orgullo que sus ancestros. Y los antiguos árboles le lanzan murmullos de reconocimiento, que èl sabe entender muy bien. Y el sol que lo baña, lo ilumina de manera distinta, porque los otros seres a su alrededor son opacos y no reflejan la grandiosidad del astro rey.
Ahí va, transitando soberano entre muertos, entre espíritus descarnados que solamente obedecen a la ciega lisonja de la liviandad, perdidos en laberintos de senderos falsos y espejismos. Sin comprender en toda su extensión la razón de la existencia y dejándose absorber por los mundanos placeres que se ofrecen como caminos de miel.