Una mirada a los rituales antiguos descubre su aplastante poder de convocatoria. Prácticamente todos los miembros de una agrupación humana estaban presentes en ese acto, algo que por mucho no logra el teatro moderno a pesar del despliegue propagandístico, y de que la necesidad espiritual permanece intrínseca e inalterable en el hombre actual, y es la indiscutida esencia de la categoría humana.
Algo ha lastimado la relación hombre-teatro. Hay algo que no funciona. Por supuesto, se pueden enumerar muchas razones; pero hay una que me atrevo a señalar porque tiene que ver directamente con la satisfacción de la necesidad espiritual que, como nada, brinda el teatro: El papel que juega el público dentro del fenómeno teatral.

“El espectador no es parte del espectáculo, aunque una vasta literatura se empeñe en afirmarlo. “Sin espectadores no hay teatro” pero es todo lo contrario. La existencia misma del espectador niega el teatro”

Volvamos a los rituales. Los miembros de la congregación humana participaban del ritual de disímiles formas. En alguna geografía era una celebración colectiva. En la mayoría de los rituales occidentales una parte protagonizaba el evento, podríamos llamarlos: actores, la otra participaba con cantos y sonidos, una especie de público. Pero todos eran parte, incluso los ancianos inmóviles participaban de esa espiritualidad colectiva.

¿Qué voluntad los unía?
Arriesgaré dos posibles respuestas:
Primera: Los actores, con sus potencialidades, logran una efectiva comunicación con el público, que, a través de ellos, logran la conexión con los dioses o el infinito.
Segunda: Los actores son el catalizador de una atmósfera de desprendimiento integrada por la música, las bebidas y el fuego, de la que el público es parte, y logra por sí mismo la conexión.
La primera constituye la práctica más generalizada del teatro moderno. El público asiste al teatro a consumir un servicio para paliar una difusa necesidad. Se establece una comunión de primer orden donde el actor, entrenado y capaz, dinamita la cobertura material del espectador, lo toma de la mano y lo encamina hacia Dios. La segunda expresa el demonio del ritual, el actor, entrenado y capaz, busca su propio camino hacia Dios. No tiene ningún compromiso con elespectador a no ser el que emana de su espiritualidad, que en unión de la música y el resto de los elementos que constituyen la atmósfera, posibilitan que los espectadores transiten por sí mismos su catarsis espiritual.
Después de los rituales, con la aparición de la desigualdad, la división en clases, y el debut histórico del dinero como rasero de la envergadura humana en el contexto social, el teatro devolvió una imagen “dramática”.

El paradigma de felicidad, basado en el egoísmo materialista, que dio origen al teatro dramático, está siendo socavado por la acción misma de esa nociva “felicidad”. El ecosistema planetario muestra ya las grietas de la demencia depredadora.
Un nuevo paradigma de felicidad cimentado en la satisfacción espiritual se impondrá de una forma u otra, y comenzará a escribir la verdadera historia del hombre. De su mano vendrá un nuevo teatro, uno que merezca el calificativo de “Posdramático”, porque el “drama” carecerá de sustentación en ese futuro en donde la palabra “mercado” estará reducida a los museos.
¿Cómo será el espectador en este futuro teatro?
La respuesta es simple: No habrá espectadores. Iremos al teatro a satisfacer nuestras necesidades espirituales, a curar nuestra alma.
¿Acaso vamos como espectadores, o público, a un hospital? ¿Es esa nuestra condición cuando vamos a una escuela?
“Espectador” es una categoría comercial. Presupone que va a consumir algo ¿Arte? Sí, arte a la mesa, arte rápido, arte chatarra. Nos han hecho creer que el teatro es eso: un lugar al que se va a “refrescar”, a divertirse, a pasarla bien, a reír (o llorar) sobre asuntos que, por encima de cualquier abstracción, nos son ajenos.
El espectador no es parte del espectáculo, aunque una vasta literatura se empeñe en afirmarlo. “Sin espectadores no hay teatro” reza en muchos tratados teóricos Pero es todo lo contrario. La existencia misma del espectador niega el teatro.
Si hay un espectador es el otro yo del actor, sólo ese que vigila, recepta, siente y trasciende a su yo físico.

La espiritualidad del hombre moderno ha sido tapiada por objetos materiales. No puede verla en un mundo veloz que le asegura que una perforación llena de agua y pintada de azul puede sustituir al mar. El hombre triunfador, el supremo para este modelo destructivo, es aquel que logra apropiarse de un pedazo de tierra, lo separa con muros y guardias, coloca varias decenas de árboles, un charco y un perro. Mayúscula miopía esa de renunciar a todo un planeta para encerrarse en un incompetente remedo de donde hasta los pájaros huyen buscando libertad.
Lo que no ha podido este armatoste económico es despojar al hombre de su parte divina. Y la siente cuando en las noches mira hacia el cielo, o llega a un lugar inexplorado donde se escucha el canto de las aves y el sonido de una cascada. Pero el mercado lo sigue, hace sus cuentas y construye un hotel. Nos va quedando el sol, la lluvia, la llama secreta que vemos al final de los ojos de un semejante que se despoja de todo artificio y nos brinda su propio cuerpo.

Los recursos materiales se agotarán, es algo irremediable, al menos los más abusados; pero será el agua quien marque el punto de giro. Los humanos que sobrevivan habrán aprendido la lección.
Son pocos los que van al teatro y no son espectadores. Son pocos los que escapan de los tentáculos consumistas y son capaces de explorar su infinita espiritualidad. Infinita porque los hace infinitos.
En Nazaret nació uno de ellos. Lo primero que hizo fue despojarse de todo lo innecesario, lo segundo… echar a los usureros del templo.
Los usureros entonces se apropiaron de todo, hasta de los sueños, sitiaron el templo y lo tomaron.

El verdadero teatro ha huido de esos templos en donde no hay lugar para los sueños. Sigue vivo en las mentes de los que resisten. Florece de forma esporádica lejos de las grandes capitales.
Al final de su vida Grotowzski hizo un teatro sin espectadores, a donde se iba a experimentar la mágica comunión de un sueño.
El teatro guarda la clave de nuestro futuro como especie. Algunos de los que están sentados en las lunetas no son espectadores, no vienen a admirar a los actores, no se fijarán siquiera en sus habilidades. Vienen simplemente a soñar, a entrar en trance, a transitar hacia Dios. El espectáculo sólo debe crear las condiciones para que este fenómeno místico ocurra.
El actor se despoja de todo para entrar a escena, para habitar en primera persona el sueño escénico. El “espectador” del futuro hará lo mismo; por eso, más que espectador será un participante.

El Participante y el actor, hacen; el espectador, no. Es para estos “no espectadores” que debe estar dirigida la magia del teatro.
Si un actor pleno se desnuda en escena hace que en las butacas sientan vergüenza de su propia desnudez. Porque no se muestra, hace que se muestren. Por eso cuando los asistentes se levantan al final de una función y gritan bravo a la habilidad de un actor, a su maestría sobre el escenario, cuando al caer el telón el actor es visible, puede considerarse fracasado. En las lunetas deben aplaudirse a sí mismos, a lo que han sentido, a la desnudez a la que han sido inducidos por ese behique de la escena del que sólo recuerdan algunas palabras distorsionadas y unos movimientos hipnóticos que lo liberan.
Agotado el culto a nuestro cuerpo, a la materia, a nuestra animalidad, regresaremos al templo teatral para ver el reflejo de lo que somos, de ese pequeño Dios que llevamos dentro. Regresaremos para soñar el rastro de nuestra búsqueda eterna de esa dimensión donde el infinito es comprensible, porque somos infinitos.