Con la entrada de la radio, el cine y la televisión, no pocos auguraron una inevitable agonía del teatro en su acepción más simple. A años de distancia es fácil calificar a estos augures de miopes y catastrofistas. Estos calificativos contienen igual pátina de superficialidad. Las predicciones eran el resultado de una lógica casi científica de extrapolación y ajuste de variables. El teatro, ni en su deformación consumista, ni en su papel revolucionario de enfrentamiento a una sociedad exclusivista, podía competir con sus hijastros más jóvenes. Y es que el teatro, visto como una simple comunicación entre los actores y el público, como sustancia de consumo, como espectáculo, está en franca desventaja.

El animal humano es social como mecanismo de sobrevivencia, más esa sociedad que lo perpetua como especie está llena de contradicciones, de (parodiando a Eugenio Barba) malentendidos. La certeza de la muerte los une. Cuando el animal humano emplea su tiempo en algo, ese algo tiene que serle necesario. ¿Qué necesidad humana contiene el fenómeno teatral que lo ha hecho sobrevivir pese a todo?
La respuesta puede ser abarcadora; pero puede resumirse en un puñado de palabras: Es la necesidad de comunicarse con un Dios.

El desarrollo del cerebro dotó a los humanos de razonamiento. La comprensión creciente de la materialidad del universo lo puso al frente de las especies conocidas; pero lo dotó también de sensibilidad que no es otra cosa que la certeza de la incomprensión de lo inmaterial, esto lo lleva irremediablemente a la zaga de los dioses.
La razón dotó al hombre de practicidad, le hizo comprender lo incomprensible de eso que llamamos: infinito, categorizando postulados como: “existió siempre y existirá siempre” al referirse a los límites de la materia tanto espacial como temporal (aceptando que espacio y tiempo son sustantivos difusos), simbolizándolo con una letra del alfabeto griego, o nominándolo con una palabra sin representación lógica como: Infinito. Así que el hombre hubiera olvidado todo este enredo, y se hubiera contentado con su papel de animal superior si esa súper elevación espiritual no se interpusiera con el nombre de: sensibilidad y le diera noticias del infinito. 

Desde los primeros tiempos el hombre ha tenido conciencia de ese mundo inmaterial, y ha sentido la necesidad de comunicarse con él. De ahí los rituales, y de ahí: el teatro.
El teatro contiene la esencia del ritual, por eso, su necesidad, por eso también su supervivencia.
El ritual puro era ajeno a términos como división del trabajo, especialización, sociedad de consumo. Términos que, en el mundo teatral, crearon: autores, compañías, directores, que dependían de un público que pagara, para satisfacer sus necesidades primarias. De esta manera el ritual se transformó en esto que llamamos teatro contemporáneo, y contra el que se han levantado justamente los grandes renovadores del siglo XX y lo que va del XXI.
Transformar el ritual a la medida del desarrollo de la sociedad humana ha fallado y la necesidad insatisfecha de espiritualidad, de conexión con el infinito o con Dios, ha derivado en múltiples problemas que han estremecido, y estremecen la pretendida realización de la felicidad sobre la tierra, al punto de poner en peligro la supervivencia misma del hombre. ¿Sería plausible entonces transformar al humano al punto de que el ritual retorne a su función originaria? Es una fórmula fallida desde cualquier punto de vista, probada y fracasada en modelos tanto políticos como económicos y sociales. Así queda una única salida, un ritual a la medida del hombre moderno, permeado por la cacareada globalización, en un planeta enfermo, dominado por el consumismo desenfrenado; pero eso ya lo hicimos. Tenemos el teatro que nos corresponde, que nos merecemos. No bastaba con conocer el abismo, era necesario llegar al borde.
No es casual que los renovadores del teatro aparecieran casi al unísono con los grandes movimientos ecologistas. No es casual que la crisis del teatro coincida con la crisis profunda del planeta. Cuando Artaud, Grotowski, Meyerhold, Barba y otros muchos se sumergen en las aguas purificadoras del ritual, las estructuras sociales más poderosas regresan y comprenden la sabiduría de las sociedades originarias que fueron capaces, desde esos remotos tiempos, de ver al universo como un organismo vivo en su materialidad y en su espíritu.
El regreso al ritual es imposible, porque imposible es el regreso del hombre a las condiciones que lo sustentaban. Tendría que desaparecer el dinero como ente mediador entre el hombre y sus necesidades, y eso no parece factible a corto o mediano plazo; pero un nuevo ritual se avizora en un mundo nuevo imprescindible si queremos seguir soñando.
Es difícil predecir cómo será este futuro teatro ritual. Lo que parece seguro es que el teatro existirá, porque es necesario, y la comunicación espiritual no será de primer orden, a nivel de lunetas. Los hombres, en ese futuro ritual experimentaran su conexión con el infinito y en esa intangible dimensión se conectarán en un todo indivisible. Solo así podremos dejar detrás la violencia, las drogas y toda la prehistoria materialistica que nos lastima.
La humanidad asistirá al teatro como asiste a una puesta de sol. El sol repite este acto sublime sin reparar en nada, y el hombre lo acepta a la medida de su necesidad espiritual. Entonces tendrán sentido estadísticas como: actor por habitante, o funciones/ hombre/ año.
La aseveración de Artaud de que el teatro no debe ser el doble de la vida, sino que debe presentarse como un mundo posible, adelantaba, con agudeza lo que sobrevendría. Los laboratorios teatrales, experimentales o como se les denomine, han creado en sus modestas capillas los primeros modelos de la arquitectura conciliadora del futuro, donde el espíritu totalitario del universo dé sentido a la actividad humana.