El sueño por tener mucha plata en mis manos se convirtió en un fantasmita que, en secreto, me contaba las bondades de cargar con muchos soles en el bolsillo y me encantaba; pensar en cómo se adquiere no me fue grato.

En algún momento estuve entusiasmado en trabajar. Ver a mis primos trasplantando arroz llamó mi atención y quise ir con ellos, pero mi papá se negó. Con mis nueve años no haría ni media tarea, decía; quizá por eso empezó a darme un sol diario; pero con tal cantidad no pude comprar una idea mejor que la del fantasmita.

Para entonces mis padres estaban separados y todos los días, como a las dos de la tarde, antes del almuerzo, mi padre pasaba en bicicleta por la casa y después de escuchar a su ex esposa el crónico “dile que se porte bien”, me hacía llamar para entregarme mi propina, mi abrazo y mi “hazle caso a tu mamá”

Con mi plata compré un álbum de los Súper Campeones y un par de sobres con fichas para pegar; y ver que apenas iniciaba se me hizo eterno poder llenarlo. Cuando mis amigos me mostraban los suyos, sin afanes de sacarme cachita, el fantasmita alimentaba mi emoción de envidia y me alejaba de ellos con el pretexto de que tenía muchas tareas. Tener un sol me puso en calidad de pobre frente a los demás; desaparecía casi todo en el recreo y casi dos veces a la semana me sobraban los veinte céntimos para comprar un sobre de fichas.

Una noche, mientras hacía mi tarea en el cuarto, entró mi madre y de su saco que tenía colgado en la pared, tomó cinco soles y me mandó a comprar un sol de pan.
Yo fui educado con principios y valores, sentenciado a que toda actitud inmoral que realizara, sería motivo para recibir el castigo de Dios; y cuando iba con el panadero, quien todas las noches vendía pan y dulces de harina, con su triciclo, en la esquina de la cuadra; en mi cabeza volaron cualquier cantidad de pensamientos malos; el fantasmita los creaba; entonces me invadió un sentimiento de culpa; tuve miedo porque sentí los ojos divinos observando mi complicidad con los actos impuros.

Regresé a casa con el pan y cuatro soles en la mano; mi sentido del tacto adquirió gusto y mis dedos sintieron placer saboreando el dinero. Ahora mi madre estaba en el cuarto revisando mi tarea; le di el vuelto y lo guardó en su saco; luego me abrazó para decirme que estaba orgullosa de mí, que con mis buenas notas seré grande en la vida; sus ojos brillaban, su sonrisa era fresca y sus mejillas prendían su emoción. Yo no hice caso a sus palabras; clavé mis ojos en el bolsillo que guardaba el dinero y el saco fue una curiosidad que aspiré descubrir y se apoderó de mi mano.

Al día siguiente, después de tomar desayuno, mi madre salió recomendándome que cerrara bien la puerta, que me apure para llegar temprano al colegio y que a la salida no me quedara jugando. Entré al cuarto para coger mi mochila y el fantasmita llevó mi mano al bolsillo. No calculé cuánta plata había, pero mis dedos tocaron muchas monedas y al tacto, sentí placer en todo el cuerpo. Agarré un sol.

Desde entonces, antes de ir al colegio tomaba una moneda y lo gastaba en fichas. Mi madre no se dio cuenta pero mostró sorpresa una vez que me vio con el álbum casi lleno y con un paquete de fichas repetidas. Preguntó que de dónde había sacado tantas y para eso, mi fantasmita había preparado una mentira desde hacía mucho:

  • He ahorrado mi propina.
  • Hijo, tu papá no te da mucha plata; dime que no robaste.
  • No mami; es que en el cole jugamos fulbito o bolitas a la apuesta de fichas.
  •  Te voy a creer, papito, sé que no me vas a mentir.
  • Ya, mami. Ah y también mis amigos me han regalado fichas repetidas que les han salido.

La convencí y no me volvió a cuestionar hasta que mis excesos me delataron. Una vez le agarré cinco soles y salí con mis amigos al parque, en la noche. En Oyotún todos se conocen y los que tienen tienda, saben que un niño nunca carga en el bolsillo más de un sol; así que para no llamar la atención repartí el dinero y en diferentes tiendas compramos gaseosas, galletas y dulces. Pero la última vez, el fantasmita me llevó al descaro: metí la mano al bolsillo del saco y agarré un billete de diez soles; en el instante dudé; observé largo rato el billete y mientras dos emociones peleaban dentro de mí, escondí la plata en mi media.

En la noche pedí permiso a mi madre para ir al parque con mis amigos; yo me sentía el platudo del grupo y los invité a comprar. Fuimos a la tienda más grande de Oyotún, la del Segundo Becerra. Su tienda exhibía muchas cosas; desde comida, bebidas, dulces; hasta juguetes, libros y útiles escolares. Don Segundo conocía a todo Oyotún y era muy amigo de mis padres. Un hombre carismático, conversador, atento con la gente y fue esa forma de ser que lo llevó a ser alcalde.
–         ¿Qué vas a llevar, cumpita?- me dijo.
–         Una gaseosa de dos litros, unos sublimes, unas galletas y cinco sobres de los Súper Campeones.
Se sorprendió, miró a mis amigos y al momento que recibía los diez soles preguntó:
–         ¿Te mandó tu mamá?
–         Sí- respondí seguro.

Me despachó y me dio tres soles de vuelto. Yo estaba un tanto nervioso y quizá eso mantuvo en él cierto grado de sorpresa.
Al día siguiente, cuando regresé del colegio, mi madre esperó a que nos sentemos a almorzar para decirme indignada: “hijo, ¿cuántas veces te he dicho que robar es malo?, ¿por qué no me pides si necesitas algo? Si yo tengo te doy y si no, te lo hago saber. Esa plata que me haz agarrado no es mía, es un ahorro que me han estado dando para guardar, hijo. ¿Todavía tienes el vuelto?

Me paré, metí la mano al bolsillo y saqué los tres soles. Mis ojos cayeron al suelo, mis lágrimas pesaban a la orilla de mis párpados y no pude levantar la cerviz. Las palabras se atoraron en mi garganta y dolía tanto que sentí ahogarme. El fantasmita huyó expulsado por un poder divino, entonces mi madre levantó mi cara y triste me hizo prometer que nunca lo volviera a hacer. Moví con esfuerzo la cabeza con un sí que no podía pronunciar; entonces comprendí que Dios no estaba vigilándome siempre, sino que todo el tiempo, en casa me decía cuánto orgullo siente de mí.

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