Juárez fue un estadista, un visionario. Su legado perdura. Es objeto de embates pero se mantiene. Intentan deshacer su obra desde hace más de un siglo pero aún quedan cimientos de su fortaleza. Han pasado más de ciento cincuenta años y la visión de los liberales de la época de Juárez, sigue con nosotros: es el laicismo en su concepción más correcta, en sus principios más puros, en sus postulados más profundos, el legado de Juárez que más le reconocemos.

Juárez y los liberales, como ningún otro grupo de mexicanos después de ellos, tuvieron la convicción de separar el Estado de las iglesias y de reconocer la necesidad de pluralidad de las últimas como condición necesaria para la libertad del ciudadano. En pleno México postindependentista, la lucha entre conservadores y liberales terminó por devastar a un país en ruinas. Los liberales, impulsados por la propia convicción pero también por las noticias que del exterior llegaban, combatían con ahínco y certeza su causa. Los conservadores, por su parte, fueron el brazo político del clero, defendieron sus intereses, velaron por la causa eclesiástica y alargaron el conflicto y diferencias entre ambos partidos poco más de 50 años.

La lucha entre ambos partidos no impidió el surgimiento de caudillos en diversas zonas del país. Uno a uno, desde el norte y hasta el sur, los líderes políticos, los intelectuales en México y los hombres creídos y autollamados letrados en el país, proclamaban el federalismo como causa para legitimar sus propios anuncios. La democracia para aquellos años era un concepto inimaginable en términos reales, aunque intelectualmente hablando, era conocido por esa generación de ilustres pensadores, quizá la más grande que ha habido en toda la historia de nuestro país.

Además de lo anterior, los medios de comunicación jugaban un papel importantísimo en la lucha por la libertad y la democracia, enarbolada por los liberales de México. Gracias a diarios como “La República”, conocemos el ir y venir del desenlace de los acontecimientos, los procesos, la toma de decisiones, las acusaciones y los hechos en sí mismos. Por supuesto que también estaban los diarios que apoyaban a los conservadores y defendían a Santa Ana al tiempo que contrarrestaban los avances de los liberales.

Otros factores que también contaban para inclinar la lucha hacia un partido político u otro eran los diplomáticos de otros países en México. Ahí estaban los embajadores de varios países quienes, normalmente, coincidían con los liberales en su lucha por acabar con la dictadura, por imponer un sistema democrático que trajera paz al país y por sentar las bases legales para un sistema jurídico que garantizara la soberanía de los mexicanos.

Pero más allá de lo anterior, es innegable en toda nuestra historia en general y, en esta etapa histórica en particular, que el factor determinante para entender la Reforma es, sin duda alguna, la presencia, influencia, poderío y fueros constitucionales de la iglesia católica en nuestro país. Como lo afirma Francisco Martín Moreno en su libro México ante Dios, el clero católico mexicano del siglo XIX,

“… detentaba más del cincuenta por ciento de la propiedad inmobiliaria del país, sin permitir que dicha riqueza circulara en beneficio de una sociedad empobrecida e ignorante. ¿Qué tal recordar que la iglesia católica contaba con cárceles clandestinas, como las administradas por la Santa Inquisición, con policía secreta, ejércitos privados, fueros constitucionales para que los sacerdotes pudieran escapar de la jurisdicción civil? ¿Por qué no traer a colación que el controlaba los Juzgados de Testamentos, Capellanías y Obras Pías, auténticas financieras camufladas para colocar empréstitos públicos y privados recaudando obviamente los intereses del caso, a falta de un sistema bancario, o bien pensar en una autoridad espiritual que cobraba impuestos como el odiado diezmo, aun a aquellas personas que escasamente eran dueñas de su hambre y de su esperanza, o que extorsionaba con cargos desproporcionados a los creyentes al imponer las tarifas por servicios religiosos como la extremaunción y el matrimonio, y además por toda clase de bendiciones y administraciones de sacramentos?” 1

Frente a este panorama, la difícil tarea del México posindependentista se antojaba más que complicada y, quizá, hasta imposible.

Por eso Juárez es grande, es un héroe, un reconocido. Por mexicanos y extranjeros; por liberales y aún por conservadores; por los que conocen su obra y por los que únicamente ven su fotografía. No importa si únicamente lo conocer por una fotografía, Juárez es y ha sido, el más grande presidente que hemos tenido. Nadie ha igualado su legado y, sinceramente, no vemos a ningún político de los actuales capaz de hacerle sombra.

Juárez y su obra cobra importancia por la reforma al artículo 24 constitucional, aprobada en la Cámara de Diputados el pasado 15 de diciembre. Esta reforma se encuentra a discusión en el Senado de la República.

La intención de reforma es imponernos una visión de estado laico que no fue la que Juárez instauró. La visión corrompida de estado laico que pretende imponer (entre otros, vaya usted a saber qué oscuros intereses) esta legislatura, consiste en vendernos “espejos” a cambio de “ampliación de libertades”. La versión y conceptualización del Estado laico que intentan imponernos es la que el investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, Pedro Salazar, llama “Estado Tolerante”.

El Estado Tolerante exige el reconocimiento de la religión como un valor social, que enraiza a la religión con la historia y le otorga calidad de “legitimadora” (no la historia, sino a la religión) de la identidad nacional. El Estado Tolerante sugiere y pelea por el reconocimiento “sin límites” de la “libertad de religión”. El Estado Tolerante apela a las libertades sin cortapizas, pero impone la discriminación porque se privilegia a la iglesia dominante. El Estado Tolerante exige derechos pero obtiene privilegios.

Por lo tanto, esta versión de Estado laico llamada estado tolerante, es el disfraz perfecto para la implantación del Estado confesional.

Por eso la obra de Juárez está vigente. Porque hoy como nunca antes, se pretende imponer una concepción corrompida, podrida del estado laico, reventando el legado de Benito Juárez.
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