Nos han convertido en limosneros de las migajas que dejan caer de la mesa donde se encuentra el banquete del erario nacional. Un recurso público cuyos legítimos dueños somos también el 95 % de los mexicanos. Es onírico cómo miles de personas se pelean y hacen trámites burocráticos de varios días para recibir una despensa del tamaño de una caja de zapatos.

A menudo, cuando observamos el comportamiento de nuestros políticos ante las catástrofes económicas, sociales y políticas que ellos mismos originan, no queda más que sorprendernos de manera dolorosa cómo es que aún son una clase privilegiada en nuestro increíble país; ese paraíso de la impunidad y del enriquecimiento ilícito.

Traición. No se viene otra impresión a la mente cuando estos emergen de alguna información mediática o de conversaciones cotidianas en las que la existencialidad mexicana sale a relucir. Traición, porque la política no se inventó en las modernas civilizaciones para lo que se usa hoy: Traicionar a todo un pueblo.
Puede ser ya tan “normal” para nosotros que las cosas son así, pero esa ceguera hábilmente tejida desde hace décadas por nuestros rectores políticos, no nos deja descubrir que en otros países del mundo como los escandinavos, el manejo y control de las finanzas y programas sociales son respetados de manera religiosa y escrupulosa. Claro, son países en los que la educación es la base de su sociedad.
Nos han convertido en limosneros de las migajas que dejan caer de la mesa donde se encuentra el banquete del erario nacional. Un recurso público cuyos legítimos dueños somos también el 95 % de los mexicanos. Es onírico cómo miles de personas se pelean y hacen trámites burocráticos de varios días para recibir una despensa del tamaño de una caja de zapatos.
La alienación es la verdadera religión que domina a nuestro país. El mexicano se ha hecho un máximo y bizarro exponente del desfile de situaciones absurdas reveladas por Kafka. Este país es un paraíso de tipo kafkiano, una realidad aparte en donde los extranjeros ven bonanza y opulencia, con ciudades que son ya metrópolis cercanamente comparables a las de nivel mundial, pero en las que aparecen de pronto lavacoches y payasitos maltrechos en los cruceros de avenidas emuladoras del estilo gringo pidiendo unos centavos; que como ya está comprobado, logran acopiar una buena suma en sus bolsillos, pero con un gran vacío en su corazón.
La traición en la literatura de Kafka, no es un tema sino el núcleo principal de la sentimentalidad de sus personajes; empezando por la traición a uno mismo, voluntaria o involuntaria. Traición del padre, de la madre, de nuestro patrón, del sistema gubernamental… una traición que por sentido común no debe de existir y sin embargo dolorosamente se hace realidad como un virus que nos infecta y nos muta en un bicho enorme de incontables y nerviosas patitas cuya realidad se ha transformado en una pesadilla.
Vivir en México es como vivir en un sueño… y en una pesadilla. Pasan las cosas más absurdas y contradictorias con las que un ciudadano extranjero pudiera asombrarse. Vivimos una permisividad que intriga a los que, teniendo una cultura más avanzada, nos observan.
Pero tal vez lo más onírico de nuestra sociedad es la respuesta del mexicano ante las constantes traiciones de las que ha sido depositario. Como una mujer golpeada cuya reconciliación con su abusivo consorte ha sido recurrente, es nuestra sociedad; que a pesar de las omisiones, descuidos y latrocinios sufridos, vuelve a perdonar al regalársele un gran ramo de discursos portentosos pletóricos de promesas y bienestar económico.
Somos un pueblo que no ha podido hacerse responsable de su democracia; incluidos políticos y ciudadanos. Somos un país que se queja pero a la vez es cómplice de la impunidad y corrupción que a niveles sociales es un monstruoso círculo vicioso del cual jamás saldremos. Jamás. No en vano los cataclismos universales han desintegrado estos niveles de maldad e inconciencia humana y así originar nuevas eras.
A diferencia de los personajes de Kafka del siglo XIX en que las situaciones a las que se enfrentaban y que eran totalmente surgidas de la nada, los personajes méxico-kafkianos se refocilan y solazan en su propio absurdo, en su propio “lumpenaje” espiritual. Permiten que los vituperen y los engañen y los roben; pero no hacen nada y no pueden hacer nada. La falta de estudio y cultura es lo que los tiene a merced ante los depredadores demagogos que irónicamente para llegar al poder requieren del tinglado y farsa de una democracia ultrajada una y otra vez.
Si Franz Kafka viviera, vería con horror que sus locuras y visiones tremebundas de la condición humana, han llegado a tal punto que sus monstruos, esos personajes representantes del poder que oprimían al ciudadano de una realidad absurda, ahora se han tornado en los oprimidos; en los que al no tener una salida se han convertido en la grotesca combinación de timados y timadores a la vez. Lo que tal vez intrigaría a Kafka si viviera, es cómo teniendo un país tan hermoso y tan privilegiado, nos demos a la tarea de hundirlo de manera vergonzante: por medio de la traición.
Nos hemos convertido en un esperpento de tipo Kafkiano.