Es una frase que hoy en día deja de contener lo esencial de su sentido y adquiere un significado según el contexto y según sea el caso, se dice, solo por justificar lo opuesto o sea por insultar, pero sin dar derecho a la molestia.
Como en alguna otra ocasión se ha plasmado en estos textos,  la pregunta sin respuesta es ¿cuándo nos perdimos como sociedad?. Que hizo? que nos sintiéramos  hoy, con el derecho de creer que, con todo el peso de nuestro idioma y con el espíritu del dominio conceptual, que nos da nuestra dinámica social, podemos darnos esa facultad de decir a quien nos interpela, empoderados de la verdad absoluta, dominadores de razón y embriagados de soberbia, los juicios que tal vez ni nos correspondiera.

Entrometernos, opinar y validarnos con frases frívolas, de contenidos más bien despoja
dos de amabilidad o generosidad, nos pone en el extremo opuesto de la permisibilidad o complacencia pasiva, extremo también criticable.
No es cuestión semántica, sino de rudeza léxica que si bien nos parece crítica constructiva o displicencia liberadora. Lo que en conjunto, nuestros pueblos padecen son la falta de empatía social y una rivalidad exacerbada, que pretende ser el disfraz de la envidia y los complejos ante la consumación de las expectativas frustradas.

Quiero traer a colación un rutinario ejemplo, simple y descriptivo:
Cierta mañana Luis, después de levantarse y cumplir sus rituales preparatorios para dirigirse a su oficina donde labora como auxiliar contable, escucha en el noticiero de moda, que el dólar se cotiza 30 centavos más que ayer, el café provoca se queme la lengua y además ve que ya llego el recibo de consumo de luz, con un nada agradable saldo, sin omitir que Lucia, su esposa le recuerda que hay que dar la cuota para la kermesse a la escuela de su único hijo, Luisito de 6 años, antes del viernes.
Al llegar al trabajo con 15 minutos de retraso, igual que ayer, porque el trafico fue peor, su supervisor le refiere con un ademan su molestia por esa impuntualidad, procede a concentrarse en sus ocupaciones cotidianas, así transcurren las tres primeras horas de la jornada sin ninguna distracción, hasta que Arturo su colega se acerca con incierta alegría y preocupación a confesarle que su esposa nuevamente está embarazada, ante ello Luis reacciona con la actitud ufana de : -Arturo, amigo mío, Con Mucho Respeto…

Y ahí entonces se consuma la condición que quiero referir, esto es presagio de un torbellino y andanada de juicios energizados de toda la experiencia personal, desplazando los supuestos afectos, que por supuesto no existen, solo se disimulan, pues en la cruda y paralela dimensión de esas de las que si cuentan,  el tan intimo amigo, solo es un rival en la pista de las competencias solo lo aceptamos, en el foro de ese teatro que nos ubica en la puesta en escena, denominada vida laboral y dentro de la cual a dicho actor a quien pareciera que ansiamos su infortunio para sentirnos un poco mas complacidos con nuestra triste existencia.
Si bien las culpas radican en el modelo aceptado, a la brutal competencia que ha derivado del sistema concebido como estilo de vida urbana  y social, donde la presuntuosidad, junto con la apariencia, son estándares que nos exigen para consagrar medianamente un nivel de aceptación y con ello la posibilidad también mediana de subsistir con expectativas de accesar a escenarios de control, confort y cierto dominio.

Tal vez pudiera parecer muchas letras o mucho texto gastado en el cuestionamiento de un término, pero no quiero referirme exclusivamente de manera limitativa a la expresión sino más bien al fondo de lo que ello representa, me refiero a la concepción general de lo que guía nuestras conductas de convivencia.

Con mucho respeto es pues una frase que de respeto no tiene nada, al igual que sucede con muchas otras expresiones devaluadas por nuestro sub sistema de códigos y mensajes que queremos replicar a las generaciones que nos suceden, en el ánimo de sostener condiciones y falacias de rutina, pero con alto contenido de decepción. Nuestra capacidad de compartir y desbordar gentileza y deferencias es cada vez menor y más escasa, nos empecinamos en orillar a nuestros congéneres que pudieran vivir animosamente y fueran también quizás de los optimistas que aun existen y que están en vías de extinción, a la adopción de la diatriba, la descalificación y el juicio ligero, como hemos oído ahora más frecuentemente, en contra de todo y en favor de nada.

A este país le urge la conciliación, el esfuerzo extraordinario de generación de esperanza, de vernos a los ojos en el afecto de construir y apaciguar. Sin duda que no es fácil, no queremos sugerir que lo sea, pero es la única vía de procesar el pasado y convertirlo en materia de un prometedor futuro, de uno que nos pertenezca a todos por igual, sin dueños, solo así, la patria de oportunidades, de un México de quienes trabajan no masticando las malas noticias, sino el anhelo inspirador, de la oportunidad inconclusa, por esa por la que vale la pena el día a día, el trabajo agotador.
Ojalá en poco veamos, lo que hace falta para socialmente transitar a la alegría que haga brillar nuestras pupilas, no porque alguien venga a proporcionarnos nada, sino porque la población decida y elija rutas, proyectos y voluntades. Que quede claro, no mágicamente ni como producto de personajes mesiánicos, solo por la fuerza sumada de las decisiones, la elección de caminos.