Cuando hablamos sobre la construcción social de la masculinidad, nos referimos a cómo nos constituimos como hombres y mujeres. Como parte de esta sociedad, somos “producto y productores”, es una relación dialéctica de ida y venida, nacemos en el margen de una sociedad, en la cual aprendemos valores, significados, normas, pautas, conductas; y al mismo tiempo transformamos nuestro entorno social.

Para comenzar a hablar de masculinidades y femineidades, se tiene que hacer diferencia entre los conceptos de sexo y género. Sexo, hace referencia a la parte física y biológica de los seres humano, se es hombre o mujer dependiendo de los genitales. Género, se pueden tomar como “expectativas sociales”, es decir, los comportamientos que las personas esperan que tengan los individuos dependiendo del sexo.

La construcción del género es un proceso que comienza incluso antes de que el infante nazca, en cuanto los padres saben el sexo del hijo que esperan, sus “expectativas” se ajustan según el sexo del bebé, o mejor dicho será el bebé quien deba ajustarse a las expectativas.

Es durante las primeras etapas del infante donde se da la socialización en el género que es el aprendizaje de los roles de género mediante factores sociales como la familia y los medios de comunicación. Según Guiddens, el aprendizaje del género por parte de los niños es inconsciente.

Antes de que el niño pueda identificarse con uno u otro género, recibe una serie de claves “pre-verbales” por parte de los padres y de la familia. Dichas claves pre-verbales tienen que ver con el trato que reciben de los varones y las mujeres, ambos son diferentes. Se asocian aromas distintos según el sexo de las personas, y otras como la vestimenta, el uso de cosméticos, el cabello, etc.

Es alrededor de los 2 años, cuando el niño tiene construidos los cimientos de su género, ya sabe lo que es y ciertas actitudes correspondientes según el mismo, y puede clasificar correctamente a los demás. Pero no es hasta los 6 años que aprende que el género de las personas no cambia y será siempre el mismo, que todas las personas tienen género y que las diferencias entre niño y niña tienen fundamentos biológicos.1

La socialización es muy fuerte pues no solo se da por parte de los padres, que son la principal fuente socializadora, sino que es reforzada por distintas partes: medios de comunicación, libros, la escuela, relaciones entre parientes, los juguetes a temprana edad refuerzan el género. No obstante el género no solo se aprende en la niñez, sino que se practica constantemente cuando se es adulto.

Así, de los hombres se “esperan” ciertos comportamientos, actitudes, habilidades, posiciones frente a la vida, roles. Todos estos basados en términos de poder y competitividad, por lo que se tiende a bloquear los rasgos, supuestamente pasivos, (temor, externar sentimientos) que se adjudican con la identidad femenina.

Este modelo tan rígido no nos permite funcionar como seres humanos completos, ya que sólo podernos desarrollar una parte de nuestras potencialidades para ser “socialmente productivo”. Tendiendo a suprimir comportamientos que no estén de acuerdo al género al que pertenezcamos

Es por esto que se debe proponer una transformación de la masculinidad, y por consiguiente de la femineidad, vista desde los términos actuales, para derrumbar el constructo de los “grandes hombres”, para sustituirlo por hombres y mujeres, simples, libres, conscientes, iguales.