El ser humano nace con hambre, y a lo largo de su vida experimenta variadas clases de hambre. Existen algunos cuantos que conocen el hambre del teatro, hambre de escenario, ganas de comérselo completamente.
Un actor debe trabajar toda su vida, cultivar su mente, desarrollar su talento sistemáticamente, ampliar su personalidad; nunca debe desesperar, ni olvidar este propósito fundamental: amar su arte con todas sus fuerzas y amarlo sin egoísmo.
Lamentablemente existen actores que confunden el hambre de teatro con ganas de fama. Se corrompen de tal manera que denigran el arte y lo ven como una plataforma para obtener las mieles de la gloria.

El alimento del artista es en aplausos del público, no en la cantidad económica que este gane por funciones. Un artista es un creador de cosas bellas. Revelar el arte ocultando al artista; ese es el objeto del arte.
El teatro debe ser libre, debe disfrutarse, no debe etiquetarse. No podemos ir por la vida dictando reglas que digan cómo debe ser el teatro, recordemos que el teatro es un gran medio de educar al público; pero el que hace un teatro educativo, se encuentra siempre sin público al que poder educar.
Comer o ser comido… Esa es la cuestión. En el mundo del teatro se es depredador o presa, los actores generalmente inician en su papel de depredador queriendo devorarse el escenario pero cuando pierden piso, y los deseos de fama y reconocimiento nublan su visión, no se dan cuenta que terminan siendo victimados por un monstruo más grande que ellos llamado: Escenario.
Los auténticos actores son esa raza indomable que interpreta los anhelos y fantasmas del inconsciente colectivo.