Con motivo de la subida a las redes sociales, de algunas fotografías que tomé, las cuales mostraban las «lluvias» simultáneas de polvo y agua (fenómeno nada raro en Torreón) del pasado lunes, recibí un mensaje. Éste lo firmaba mi buen amigo, el doctor en Historia Mikael Wolfe, de la Universidad de Stanford. Me comentaba, medio en serio, medio en broma, que seguramente, este fenómeno se debía al cambio climático global.

Ante el comentario, solamente pude sonreír. Mikael -pensé- debería haber efectuado una estancia mucho más larga en la Comarca Lagunera, como para que se diera cuenta de que a los laguneros no nos sorprende un fenómeno así. El doctor Wolfe hizo una visita académica de tres semanas, máximo. No tuvo mayor oportunidad de familiarizarse con nuestro clima.
Sin embargo, su comentario caló hondo. Recordé nuestro viejo mito lagunero, y particularmente torreonense: «Vencimos al desierto». En el fondo, eso es lo que queremos creer como colectividad. Pero ¿es científicamente cierto? ¿Realmente transformamos un desierto en un vergel?.

Se puede decir que en doscientos años, los comarcanos perdimos las grandes masas de agua superficial que nos daban apellido de “laguneros”.

A mi mente vinieron, antes que nada, las grandes lagunas, las cuales existen ya solamente en los mapas de los Siglos XVIII y XIX. ¿Dónde están? ¿Por qué fueron perdiendo sus grandes dimensiones, tornándose cada vez más pequeñas, hasta desaparecer por completo? La historia hidrológica nos explica, sólo la parte más reciente del fenómeno: la construcción de las represas sobre el Río Nazas detuvo el flujo que alimentaba a las lagunas. Así que éstas, simplemente dejaron de existir. Se puede decir que en doscientos años, los comarcanos perdimos las grandes masas de agua superficial que nos daban apellido de «laguneros».

Por diversos testigos de los Siglos XVIII y XIX, sabemos que los terrenos del suroeste de Coahuila, en lo que ahora son los municipios de Torreón, Matamoros, Viesca, San Pedro y Francisco I. Madero, constituían el «derramadero» de los Ríos Nazas y «Buenaval» (Actualmente llamado Aguanaval) y que en estos espacios florecían los grandes mezquitales. Es decir, la superficie de estas tierras estaba cubierta de espesos bosques de mezquites, a veces tan densos y grandes, que impedían el paso. Cuando, en el Siglo XVIII, los agrimensores deslindaban las tierras más occidentales de la Hacienda de San Lorenzo de La Laguna (de los marqueses de Aguayo) hubo límites que tuvieron que ser calculados «a lo lejos» porque los bosques de mezquite literalmente, impedían acercarse.

En «Los hombres del mezquite», el doctor en Historia Carlos Manuel Valdés Dávila nos muestra con claridad la importancia que tenían estos árboles en la vida cotidiana de los aborígenes que habitaban los «desiertos» de Coahuila.
Podemos suponer que había una relación muy particular entre la existencia de estos inmensos mezquitales, las grandes masas de agua, y el clima de la Comarca Lagunera de Coahuila, en tiempos pasados. Pero esto es materia de estudio de futuras investigaciones.
¿Cómo saber cómo era el clima de La Laguna en épocas pasadas? Existen algunas formas de registro natural, que se consideran fuentes históricas. Tenemos el caso de la dendrología, disciplina botánica que permite saber, no solamente cuántos años tiene un árbol vivo a partir de los anillos de su tronco; sino también cómo ha sido el clima durante la vida de ese árbol: períodos de lluvia y de sequía, por ejemplo. Y lo mismo se puede hacer con troncos de árboles muertos, como podría ser el caso de las vigas y morillos de viejos techos coloniales.

Para La Laguna de Coahuila, tenemos un registro escrito, probablemente el más antiguo que puede ser calificado de «científico». Se trata del «Censo y estadística de Parras» -que en su época incluía la parte coahuilense de la Comarca Lagunera hasta la boca o Cerro de Calabazas al poniente de Torreón- y que fue levantado por el Ayuntamiento de la Villa de Parras en el año de 1825 y rubricado el 25 de enero de 1826, cuando era presidente de la jurisdicción política el señor José Ignacio de Mijares, notario y vecino de la villa desde finales del Siglo XVIII.

El texto completo de este «Censo», que incluye observaciones climatológicas del período 1797-1825, lo transcribí y publiqué, con una introducción crítica, hace doce años, bajo los auspicios del Ayuntamiento de Saltillo y la Universidad Iberoamericana Torreón. Es el número dos de la colección «Lobo Rampante» y puede leerse vía Internet.
Pues bien, en la segunda parte del manuscrito, a partir de la Sección 19 y hasta la 27, encontramos la descripción física del partido de Parras (medidas y puntos limítrofes). Las secciones 27 a la 30 corresponden a la «climatura» o descripción de las temperaturas del área, máximas y mínimas por estaciones del año y lugares. Estas mediciones precisas se registraron con termómetro y utilizaron la escala francesa Reamur. La Sección 31 se refiere a las diversas lecturas barométricas del Partido. La Sección 32 establece algunas mediciones de radiación solar con el dioptrómetro. La Sección 33 presenta lecturas precisas de higrómetro, y se puntualiza que las observaciones se habían efectuado a partir de 1797.

Ya hecha la conversión de la escala Reamur a Celsius, veamos cómo estaban las temperaturas locales a finales del Siglo XVIII y primer cuarto del XIX: Para Parras, una máxima de 22.91 grados Celsius durante el verano (21 junio-21 septiembre).
El «Charco de la Vaca» en el centro de «Las Salinas del Álamo» (Viesca) era considerado en 1825 el punto más cálido de todo el suroeste de Coahuila, y en su momento más caluroso del año, la temperatura subía hasta los 25.36 grados Celsius, según los registros de termómetro de este censo.
Si estas lecturas y afirmaciones son correctas, las temperaturas máximas han subido significativamente en La Laguna de Coahuila. Tanto, que cuesta mucho creer que alguna vez la máxima temperatura de verano fue de 25 ó 26 grados Celsius, cuando las máximas de nuestro Siglo XXI llegan a 44 grados. Veinte grados de diferencia, es una variación colosal en términos climatológicos.

La pregunta lógica salta a la vista: ¿La desaparición del agua superficial y de los grandes mezquitales, están correlacionados con el alza de las temperaturas del verano en La Laguna de Coahuila? ¿Es posible alterar de manera tal un ecosistema? Porque si es así, nunca vencimos al desierto. Más bien, desertificamos un área de gran riqueza forestal. Destruimos un equilibrio natural de miles, quizá millones de años de antigüedad. Se habla de un cambio climático global. Lamentablemente, nosotros, los laguneros, tenemos nuestro propio cambio climático regional «para presumir».