[imgsize 4487 250×450 class=’alignleft’ alt=’Federico’]Hace unos días salió en el periódico una noticia más de esas que abundan en nuestro momento. Un hombre amaneció muerto en el cuarto de la paupérrima vecindad en donde habitaba. Un hombre solo, que si lo veías no dabas un céntimo por él. Y así lo describieron. ‘’Guachicolero’’ lo llamaron, que se metía de todo, que era una piltrafa humana. Quizá lo era. Estaba solo. Y hacía toda clase de trabajitos para ganarse unos pesos y al menos completar para la caguama de cada día. Federico, ni siquiera conozco su apellido, si algún día lo supe, no lo recuerdo. Era un hombre chaparrito, extremadamente flaco, ya mayor, quizá setenta o al menos así lo parecía, con una facha que daría miedo si te lo toparas en cualquier sitio. Pero esa era la facha. De una manera inconsciente uno trataría de alejarse de una persona con tipo de delincuente. La verdad es que Federico no era un delincuente, más bien era un ser solitario.

La primera vez que supimos de él, fue porque un cliente de Raúl se lo recomendó. Vivíamos en una casa con un patio enorme y con muchas plantas. De repente crecía una selva en ese patio y era cuestión de pasar el machete y recortar esos árboles que en ocasiones parecían querer meterse hasta dentro de la casa. Teníamos dos grandes aguacates, naranjos, palmeras, un árbol de papaya y un limonero; además de otras plantas más pequeñas.
Era un lindo patio de una casa vieja. Y nosotros no sabíamos nada de jardinería y los niños, pues menos. Así que sí aceptamos la ayuda de Federico. Que llegó luciéndose y dándole una forma muy agradable a los árboles, y se encargaba de mantener el patio un poco en orden.

Se notaba que le gustaba mucho hacer ese trabajo y le llenaba de orgullo que le dijéramos algún elogio. Si, tenía esa facha que parecía poco confiable. Pero con el tiempo nos fuimos dando cuenta de que era una persona honesta. No negaba que le encantaba tomar y a veces hasta llegaba medio mareadón. Otras veces que no tenía trabajo llegaba a pedirle a Raúl, que le diera unos cuantos pesos para completar su cerveza. Le dábamos comida de la casa o algo de despensa para que tuviera en su vivienda. A veces hacía trabajos de plomería de albañilería o de cualquier cosa que hiciera falta en cuestión de mantenimiento de la casa.
Era muy curioso que se llevaba su tiempo en cada labor. Es decir era lento para trabajar. Y si tantito le hacíamos caso a su platica uyy! Pues con mayor razón. Por eso nos tratábamos de escabullir si le daba por contar sus aventuras. Cuando nos cambiamos al departamento en el centro, nos siguió, si, nos siguió. Es decir nos ayudó con la mudanza a arreglar detalles. Y ya estando ahí, se daba sus vueltas a ver en que lo empleábamos. Nunca se nos desapareció con dinero, ni nada de la casa se perdió. La gente que lo veía, lo miraba con desconfianza de inmediato, pero cuando comentábamos que era honrado y trabajador, también le confiaban trabajos en sus casas. Durante años fue una figura familiar en nuestra casa. Y en lo que se podía lo apoyábamos, si no había trabajo, cuando menos sabía que la comida la tenía segura y algo para llevar y comer después.

Durante los últimos tiempos, los trabajos en la casa no eran tan frecuentes, y empezó a hacer labores domésticas como lavar la estufa, los trastes, limpiar el baño. Porque los hippies se quedaron sin mamá, que se fue a vivir y trabajar en otra ciudad y el trabajo de la casa se acumulaba. Como era de confianza se le encomendaban esas labores. Porque andaba muy necesitado, le habían robado sus herramientas y además ya muy acabado no lo contrataban, y batallaba para conseguir para sus gastos. Ahora esta muerto. Falleció en su cuarto. Solo como vivió. Y me pareció injusto que se fuera con esa imagen de delincuente, de drogadicto, y de escoria. Cuando las cosas no son tal como parecen. A pesar de haber caído tan bajo, nunca perdió su mejor cualidad, la honradez. Era honesto a pesar de sus vicios. Y hoy ya no tiene toda esa carga que la vida a veces da a los más vulnerables. Descanse en paz Federico.