Mi tía Piana. No, no es broma, su nombre es el femenino de Pío. Ella tenía en el bodegón
de la troje un aparato reproductor de discos, pero hablo de hace más de 70 años, antes de que se inventaran las Victrolas, ni que decir de los posteriores tocadiscos y después los estéreos.
Era un hermoso mueble boullé con cristal abombado, maravillosas maderas taraceadas,
y mecanismo de metales plateados, que en 1928 con motivo de la persecución de las iglesias y de los ritos religiosos que trajo consigo la revolución cristera, una su comadre -otra tía- palabra que de su nombre no me acuerdo, y ante la imposibilidad de llevar en su huida todo el menaje de casa, le pidió que le guardara la Regina, mientras volvía.

El aparato estuvo en poder de la tía desde 1928 hasta que allá por 1990 la anciana se encontró en la calle Padre Mier de Monterrey a un señor ya de más de 50 años[imgsize 5794 200x class=’alignleft’ alt=»]

No era exactamente éste el nombre del aparato, pero así le decíamos porque tenía una etiqueta grandota con muchos arabescos y en el centro, con letras grandes el nombre de Regina, y ahora me doy cuenta que era la marca. Los discos medían como 80 centímetros de diámetro, eran de lámina con unas perforaciones que dejaban un ganchito de la misma lámina hacia el reverso
del disco, que al dar vuelta movían unas pequeñas laminitas que producían vibraciones de diferentes tonos al rozar un cilindro en la parte posterior. ¡Vaya una cajota de música!.

Se le daba cuerda con una manivela y era tan maravillosa que al terminar de tocar un disco, éste descendía, se colocaba en orden en la parte de abajo y con una cadena como de bicicleta subía el siguiente disco. Ahí conocí y amé el Ave María de Schubert, la Barcarola de Offenbach, y muchas más. El aparato estuvo en poder de la tía desde 1928 hasta que allá por 1990 la anciana se encontró en la calle Padre Mier de Monterrey a un señor ya de más de 50 años y sin más le dijo en plena banqueta: “¡Tú has de ser hijo de Eusebio Rodríguez, porque el parecido es asombroso!”.
El buen hombre se identificó como tal y mi tía sin más le dijo: “hace 60 años tu madre me dejó encargado un mueble, por favor ve a Villa de García a recogerlo porque ella nunca regresó por él”.
Un mueble similar lo vi en un museo de Estados Unidos hace pocos años y me dijeron
que estaba valuado en más de 80 mil dólares. ¡Ah qué mi tía!.

La misma tía, cuando en Saltillo hacía mucho frío, se metía a la cama y acostada recibía a las visitas que llegaban a saludarla, envuelta de las piernas con su abrigo de mink, ingenuamente nos decía: “¡Ya ves como es tu tío!, como no me lleva al Casino a bailar, las pieles me sirven para quitarme el frío”.