COLOQUIOS

6 Mi vida es un espacio de aquí a él, un lugar curioso donde soy libre si lo permite.

De él a aquí es su vida; una intersección que nos mantiene asidos, ¡pero qué lejos andamos de nosotros mismos!

Precisamente lo que nos une es un punto tan distante que a la vista se percibe, pero tan cerca que la atención no asimila.

7 Él se dice “guapo” y lo es; me ha enamorado con sólo mirarme; él me habla y su voz despierta el sol para mis ojos.

Cuando él ríe la mañana se pone frente a mí y por la ventana entra el calor con que me abraza.

Él también me ama lo siento cuando pide que le alcance todo, cuando me hace creer que el mundo soy yo y que está en mis manos.

Camina de un lado a otro dentro de la casa, Yo voy tras él como loco, Idiotizado a su existencia.

Ven- le pido- y se detiene y el hombre al que amo, muestra en sus ojos una humanidad que no se niega a existir.

8 A Miguel Ángel López Torres

En el centro, un chofer detiene su camión; frente a él dos hombres reducen la vida de un tercero: por la cara, por la espalda, contra el piso.

Los transeúntes se detienen a satisfacer su morbo; nadie se atreve a detener el acto.

Son las tres de la muerte con cuarenta centígrados, policías y ladrones se confunden entre sí trocando seguridad y comida.

A esa hora el centro es un lugar de nadie para todos.

Los ojos del chofer se clavaron en algún punto, a golpes, con esos martillazos que el miedo da en la cabeza, rebota en el estómago y vuelve.

El tercero tiene los ojos en la llanta delantera

¡Arranca!

Le ordena una voz trémula que le oscurece el cielo.

¡Arranca!

El chofer no tiene fuerzas ni para levantar su mirada del infierno.

¡Arranca!

Tarda en reaccionar; y entre matar o morir encomienda su espíritu a Dios o al destino que está más próximo que el cielo


9 A Sergio Uribe

En un país lejano, tan lejos, casi en el olvido; millones de personas juntaron sus brazos y la conciencia del poder frunció los ceños.

Caminaron por encima del miedo hasta dejarlo en el entierro y continuaron. Cientos de hombres usaron armas para detener la multitud y hacer de ellos sus esclavos.

Dispararon, murieron cien, doscientos, mil; los hombres seguían disparando, otros cien ofrecieron sus cuerpos para dejar su vida con honor. Con ellos se fueron las balas pero no el orgullo.

En ese país lejano los cientos de hombres quedaron sin armas, pero nadie murió de ese bando. Simplemente la conciencia del poder adquirido les quitó la fuerza y el fusil.

10 Mi mujer camina cerca de mí por donde vamos, no desprende sus dedos de los míos.

Soy su hombre, su protector, quien la va a defender de cualquier acontecimiento, cualquiera que sea, cual fuese su causa.

Me lo ha dicho siempre, incluso cuando no la veo (se multiplica un millón al cúbico lo que ella pronuncia en un susurro).

Estoy convencido que puedo, tanto que mi héroe de infancia entra en mí; Adquiero el poder de Jiban y la protejo hasta el destello.

Caminamos juntos por las veredas del centro, ella se distrae sin soltarme, cada beso que me da la vuelve más segura.

En esta ciudad mi mujer está a salvo conmigo; yo estoy en peligro aunque la infancia me haga fuerte, aunque Jiban me haya poseído.